Viaje al país de los Tehuelches
Advertencia al lector
Este folleto es simplemente una relación sucinta de mis exploraciones en la Patagonia austral.
En el mes de julio próximo publicaré los resultados científicos de mi último viaje.
R.L.
29 de marzo de 1879.
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Antecedentes
Los viajes de Cox, Musters y Moreno hicieron nacer en mi espíritu el ardiente deseo de visitar la Patagonia, esa tierra misteriosa de los gigantes y las ciudades encantadas.
El buen éxito de la exploración del río Santa Cruz, efectuada en 1877 por Francisco Moreno y Carlos Moyano, y el regreso a Buenos Aires de los valientes exploradores, con quienes me puse en contacto; estos dos sucesos, y las palabras de aliento de mi maestro y paternal amigo, el Dr. don Germán Burmeister, me decidieron a llevar a cabo mi proyectado viaje.
Habiendo adoptado un plan y marcado de antemano el itinerario que debía seguir en mis exploraciones, determiné solicitar la cooperación de la Sociedad Científica Argentina, y en consecuencia presenté el siguiente proyecto de viaje:
Buenos Aires, 22 de octubre de 1877.
Señor don Guillermo White, presidente de la Sociedad Científica Argentina:
Hace ya un tiempo había pensado efectuar un viaje científico al interior de la Patagonia, entre los 43° y los 49° de latitud sud, donde como es sabido, no ha penetrado hasta el día ningún viajero exceptuando el capitán Musters que ha visitado la parte occidental (1869-1870).
Pero un viaje de esa naturaleza, para que dé buenos resultados, requiere en el viajero conocimientos muy variados de tas ciencias naturales que yo no poseía entonces. A partir, pues, de aquel momento me impuse la tarea de adquirirlos, consultando al mismo tiempo todos aquellos trabajos más notables que se refieren a la historia, geología, etnología, fauna y flora del inmenso territorio que me proponía explorar algún día.
He seguido igualmente, con verdadero interés, las recientes exploraciones en el extremo sur de Patagonia por mi distinguido compatriota señor Moreno, y debo decirlo aquí para que sirva como testimonio de mi profundo agradecimiento, a él soy deudor de datos importantes y de consejos que aprecio en alto grado.
Hoy pues, señor Presidente, habiendo llenado convenientemente la tarea que me impusiera entonces, vengo a comunicar a la Sociedad Científica Argentina que estoy dispuesto a llevar a cabo dicho viaje, siempre que ella, mirando por su propio crédito y por la gloria del nombre argentino, quiera contribuir con la pequeña suma de 10.000 $ m/c, solicitando igual cantidad, o mayor si es posible, del Gobierno Nacional.
Es indiscutible la importancia de un viaje en una zona tan dilatada de territorio casi totalmente desconocido, y la Sociedad que cooperó tan generosamente para la exploración de la Patagonia Septentrional, debe echar una mirada sobre ese país misterioso destinado quizás a resolver muchos problemas importantes que ocupan la atención de los sabios.
La geología de la Patagonia presenta un interés muy notable, y a pesar de las investigaciones de Darwin, D'Orbigny, Bravard y Burmeister, queda aún mucho que estudiar, y no poco que descubrir en esa tierra fantástica en donde la imaginación poética de los conquistadores españoles, colocó la ciudad de los Césares.
La formación terciaria inferior o guaranítica, aun no ha sido observada allí, y se ignora igualmente la extensión geográfica de la formación superior o Patagónica.
Por otra parte, es sabido que allí abundan minerales de mucha utilidad, como el cobre, el estaño y el plomo. El carbón fósil se encuentra en abundancia en la península de Brunswick, y no me parece difícil el hallarlo en el interior del país.
Sí he de dar crédito a la noticia dada últimamente por un diario de esta ciudad, el Departamento de Agricultura ha recibido una muestra de hulla proveniente del norte del río Santa Cruz.
También la antropología tiene en la Patagonia un campo muy vasto para la investigación.
El origen del hombre americano se pierde en la oscuridad de los tiempos, y aquellos que se dedican a restaurar las costumbres, las creencias y la fisonomía física de las razas prehistóricas, tienen su vista fija en ese territorio que guarda en las entrañas de la tierra los restos de una raza autóctona dolicocéfala.
Además, existen algunos ríos cuyas nacientes se ignoran, tales como el río Deseado y el río Chico, que algunos suponen que tienen su nacimiento en una laguna llamada Coluguapé. Conocer sus nacientes y la dirección en que corren dichos ríos hasta lanzarse en el Atlántico, es de una importancia inmensa para la geografía.
Ahora bien, yo me propongo remontar por tierra el río Chico hasta el pie de la cordillera, dirigiendo en seguida mi exploración hacia el paralelo 45° donde supongo que tiene su nacimiento el río Deseado, a la vez que el Sengel que Musters considera como un brazo del Chubut: de allí encaminarme a la Bahía de los Camarones y de este último punto, sin apartarme mucho de la costa, hasta dar con la Colonia Calesa del Chubut.
Este viaje durará cinco meses aproximadamente, y abrigo la firme convicción de no encontrar obstáculo insuperable que detenga mi marcha o haga modificar el itinerario que dejo trazado, pues para el buen resultado de la expedición cuento con el carácter generoso y dócil de los indios tehuelches. Comprendiendo que es muy justo hacer partícipe a la Sociedad de los resultados de mi exploración, dado el caso que ella acceda a mi petición, me obligo a escribir para ella la relación de mi viaje, y entregar a su museo la mitad de los objetos que haya coleccionado.
Esperando que los miembros de la Sociedad Científica Argentina se presten a dar vida a mi proyecto, tengo el honor de saludar al señor Presidente, quedando desde ya a sus órdenes para dar todos aquellos informes que considere necesarios.
Ramón Lista.
La comisión directiva de la Sociedad aprobó por unanimidad el pensamiento de mi nota, y la asamblea votó, el 3 de noviembre, la suma solicitada, autorizando al propio tiempo al presidente de la Sociedad para solicitar por escrito la importante cooperación del ministro de Instrucción Pública. He aquí el texto de la nota que se pasó al ministro:
Buenos Aires, 6 de noviembre de 1877.
Señor ministro de Justicia, Culto e instrucción Pública de la Nación.
La Sociedad Científica Argentina que tengo el honor de presidir, ha resuelto en su Asamblea del 3 del corriente ayudar con la suma de 10.000 $ m/c. al joven argentino don Ramón Lista, que partirá el 11 del corriente con destino a la Patagonia, en la cual proyecta realizar un viaje científico de importancia.
Saldrá del Estrecho de Magallanes y explorará el interior del país, sus ríos y accidentes notables, dirigiéndose de allí a la Bahía de los Camarones, desde la cual se internará de nuevo hasta llegar a la Colonia Calesa del Chubut.
El joven Lista se propone sacar de este viaje el mayor partido posible, estudiando el hombre y la naturaleza y practicando las observaciones que permitan las condiciones en que sea posible practicar la expedición.
La Sociedad cree que conviene al país estimular esta clase de expediciones, porque su resultado completo o mediano, aprovecha siempre de una manera al estudio de los territorios argentinos australes, fomenta y provoca su exploración abriendo nuevos rumbos a los viajeros del porvenir.
Por otra parte estas empresas atrevidas influyen vivamente en el ánimo de la juventud a abrazar con ardor estudios de importancia a los que poco se ha dedicado todavía.
Por estas razones la Sociedad que tengo el honor de presidir, accede al pedido del señor Lista de solicitar la cooperación del Gobierno de la Nación, en la forma de un subsidio de diez mil pesos moneda corriente para ayudar a costear los gastos del viaje y de recomendaciones oficiales para el caso de que el señor Lista pudiera hacer uso de ellas ante autoridades dependientes de la Nación.
No dudando de que V. E. apreciará merecidamente el proyecto de viaje, me abstengo de entrar en otras explicaciones que se darán verbal-mente a V.E. si fuere necesario.
Esperando del patriotismo e ilustración de V. E. una resolución favorable, tengo el honor de saludar a V. E. con las seguridades de mi consideración más distinguida.
Guillermo White, presidente.
Estanislao S. Zeballos, secretario.
La resolución del ministro fue favorable, y habiendo concluido mis preparativos de viaje, me trasladé a Montevideo para tomar allí uno de los vapores de la compañía inglesa del Pacífico.
El 14 de noviembre tomaba pasaje a bordo del Valparaíso, y seis días después desembarcaba en la colonia chilena de Punta Arenas.
Los resultados de ese viaje, y de otro que hice poco tiempo después, los encontrará el lector en la Memoria que sigue, y que tuve el honor de leer, ante los miembros de la Sociedad Científica Argentina:
| Señores:
De regreso de mi último viaje a la Patagonia austral, cumplo con el deber de dar cuenta a la honorable Sociedad de los resultados de mis excursiones, de las que, por ahora, sólo me ocuparé sustancialmente, dejando para más adelante la relación completa que prometí escribir para la Sociedad en el proyecto de viaje que tuve el honor de presentarle en el mes de noviembre último. Los señores socios no ignoran el mal resultado de mi primer viaje a la Patagonia, por motivo del sangriento motín de Punta Arenas. En ese viaje sólo alcancé hasta río Gallegos, de donde regresé en tres días a Punta Arenas. Era entonces el 10 de diciembre, y como el vapor que debía conducirme a Montevideo no debía llegar sino el 19, pensé en sacar todo el provecho posible de los pocos días que aun me quedaban de permanencia en Magallanes. Empleé los días 11 y 12 en formar colecciones para servir al estudio de la fauna y flora del Estrecho, habiendo recogido muchos moluscos del género Venus y porción de ejemplares de la Voluta magellánica. Recogí también algunos crustáceos muy abundantes en la parte occidental del Estrecho, y entre otros, una especie de Serolis no descrita hasta la fecha. La vegetación submarina es sumamente interesante, y entre los vegetales útiles figura, en primera línea, el Fucus antárctica, cuyas hojas machacadas constituyen un alimento muy agradable. El 13 hice una excursión hasta la aldea Agua Fresca, observando en el camino las siguientes aves: Spheniscus magellanicus, Theristicus melanopis y el Haliaeus carunculatus que vive en el Estrecho y en la Tierra del Fuego. Es muy común en Santa Cruz y otros puntos de la Patagonia oriental hasta Puerto Deseado, donde lo vi recientemente. El teru-teru (Vanellus cayenensis) habita también esas regiones. En algunas lagunas que hay cerca de Punta Arenas, se ven muchos flamencos y avutardas. En los bosques abundan los loros bullangueros que cuelgan sus nidos entre las verdes hojas de los coigües (Fagus betuloides). De Punta Arenas a Agua Fresca, el paisaje es encantador. De un lado el bosque de aspecto severo; de otro lado las aguas agitadas del estrecho, la isla Dawson, y la cima nevada del monte Sarmiento, que se confunde con las nubes. Hay en el trayecto muchos arroyos que arrastran arenas auríferas, tales como el río De la Mano, De los Ciervos, y Leñadura. Luego de haber regresado a Punta Arenas, resolví ir a visitar las minas de carbón de la colonia, que han sido poco explotadas hasta ahora por la Sociedad Carbonífera, administrada por don Joaquín Gómez. Para facilitar el transporte del combustible, dicha sociedad hizo construir una vía férrea hasta las minas, que distan como unas cinco millas de la población, en un paraje delicioso, rodeado de árboles y cruzado por un arroyo cristalino que suele convertirse en torrente impetuoso. Pero los trabajos fueron mal dirigidos desde el principio y fue menester abandonarlos. Una mañana, pues, me hice acompañar con un "campañista", y siguiendo la vía férrea llegué a las minas, después de tres horas de marcha a pie, sumamente penosa, a causa de algunos derrumbes de barrancos que obstruían la vía, teniendo que hundirme en la arena hasta la rodilla o saltar por encima de los árboles que dichos derrumbes habían arrojado sobre el camino. La formación carbonífera se presenta allí en capas alternadas de la manera siguiente: 1o. Esquista y arena (con fósiles algunas veces). 2°. Lignita y arena menuda. 3°. Arcilla plástica (capa muy delgada). Gracias a los derrumbes a que acabo de referirme pude estudiar algunos bancos de ostras (Ostrea Patagónica) aglutinadas con otros moluscos fósiles de los géneros Pectens y Venus. Generalmente las ostras se presentan completas, es decir con sus dos valvas, lo que prueba hasta la evidencia que debieron de vivir allí mismo donde se las encuentra en el día. Y si atendemos a esta observación, el levantamiento de la península de Brunswick debió de efectuarse lenta y gradualmente, cuando después de haberse elevado la cordillera de los Andes, los agentes que contribuyeron entonces para aquel fenómeno continuaron en lenta actividad hasta fines de la época terciaria en que la Patagonia tomó ya sus relieves actuales. Observando la vegetación arborescente, tan espléndida en aquellos parajes, recogí sobre los robles unos insectos muy curiosos del género Rhyephenes. El Dr. Burmeister, que tuvo a bien examinarlos recientemente, me ha comunicado los datos siguientes: "Los insectos que me presentó usted el otro día pertenecen a una especie del género Rhyephenes ya descrita por Solier [Ann. d. Soc. ent. de France, t. viii, 24, 1839) bajo el nombre de Rh. Mailleii. Blanchard en la fauna chilena de la obra de Gay, tom. v, pág. 406, describe esta especie de nuevo y a su lado otra llamada Rh. laevirostris. Esos insectos que tomó usted en cópula, prueban que la nueva especie de Blanchard, el laevirostris, es la hembra de la otra y las dos pertenecen a una sola especie verdadera". Ya con esta ligera reseña sobre mis primeras excursiones, paso a la relación sucinta de mi segundo viaje. * * * El 16 de enero último fondeaba la cañonera Paraná, en la boca del río Santa Cruz. Ese mismo día se mandó alistar un bote para remontar el río al siguiente hasta la isla Pavón. El oficial que iba en comisión había recibido orden de conducirme a dicha isla, donde suponía encontrar al subteniente Moyano. El 17, a las tres de la mañana, aprovechando la marea ascendente, abandonamos el costado del buque en una de las mejores embarcaciones, tripulada por cinco hombres, un oficial y el que suscribe. A poco andar pasamos por el lado norte de la isla Leones, donde vimos miles de cormoranes (Haliaeus) y pingüinos (Spheniscus) que anidan en sus orillas. Esta isla es sumamente baja y queda casi sumergida en las grandes mareas de sizijias que suben hasta 50 pies. En sus inmediaciones hay varaderos naturales de primer orden, y los buques que necesiten reparar sus fondos pueden hacerlo sin gasto ni peligro. A las 5 de la mañana enfrentamos a las casas de madera, de Mr. Rouqueaud, conocidas también con el nombre de Los Misioneros, por haber estado allí, ahora años, los misioneros ingleses Schmid y Hart que trataron de convertir a los indios al cristianismo, pero sin obtener resultado, debido al carácter inconstante de los tehuelches. Como a las 9 principió a bajar la marea y siendo el viento contrario determinamos atracar a la costa para dar descanso a los marineros ya fatigados de luchar contra el viento y una corriente de seis millas por hora. A las 3 de la tarde se levantó viento favorable, aprovechándolo para continuar nuestro viaje. Una hora después llegamos a un paraje llamado Los Pescadores. Allí las aguas son completamente dulces a media marea. Un poco más tarde nos bajamos en Las Salinas, donde se recoge sal en abundancia. Hay en ese punto algunos ranchos en cuyas cercanías crecen pastos altísimos. Observé entre otros vegetales el Erodium cicutarium (alfilerillo) y el Rumux crispus (lengua de vaca). Contraria a la opinión del Dr. Berg, creo que el Erodium es indígena de aquellas regiones, pues no sólo lo he observado allí sino también en Río Chico. De Las Salinas a la isla Pavón hay apenas una legua, y esa misma tarde fuimos a dormir a quinientos metros de ella, sobre la margen izquierda del río, donde nos encontramos con Moyano. Al día siguiente hice una excursión en busca de objetos arqueológicos consistentes en puntas de flechas, rascadores, bolas perdidas y fragmentos de alfarería. Después de haber formado una bonita colección de armas de piedra, me trasladé a la isla, donde permanecí algunos días ocupado en recoger insectos y vegetales. La isla Pavón o Middle Island tiene como una milla de largo por 200 metros de ancho, término medio. Es sumamente fértil, y los ensayos agrícolas que se han hecho en ella han dado resultados muy satisfactorios. El subteniente don Carlos Moyano, que hace algún tiempo reside en ella, trabaja con empeño para poblarla con algunas familias tehuelches. Para que sea efectivo nuestro dominio sobre aquellos territorios, es menester que el Gobierno Argentino promueva la colonización de Santa Cruz por todos los medios a su alcance, auxiliando generosamente a todos aquellos inmigrantes que deseen ir allí. Estos encontrarían en Los Misioneros y Las Salinas, parajes apropiados como para la agricultura en pequeña escala y buenos campos para el pastoreo. El clima de Santa Cruz es seco y sano y la temperatura media del invierno muy soportable. El verano es poco caluroso, según puede verse por el siguiente cuadro de observaciones meteorológicas hechas durante mi permanencia en la isla Pavón.
Después de encajonar mis primeras colecciones, emprendí en compañía del señor Moyano la exploración del río Santa Cruz. Los resultados fueron muy satisfactorios, habiendo estudiado detenidamente esa importante vía fluvial. El río Santa Cruz nace en la cordillera, y corriendo de oeste a este, desemboca en el Atlántico por los 50° 10' de latitud. Su profundidad es considerable, y la velocidad de la corriente alcanza hasta 7 millas por hora. En esa exploración llegué hasta Chicrook'aiken, paradero de los tehuelches distante como veinte millas al oeste de la isla Pavón. Cerca de allí coloca Fitzroy el pretendido paso de los indios (Indians pass). En el informe que, sobre mi último viaje, tuve el honor de dirigir al señor ministro de Instrucción Pública, decía más o menos lo siguiente: "Puedo asegurar a V. E., sin temor de equivocarme, que no existe tal paso, siendo muy profundo el río en ese punto". Pero el señor don Francisco Moreno publicó entonces una carta en el diario La Tribuna, asegurando que yo me había equivocado, y que los indios le habían dicho que, antes de que se poblara la isla Pavón, cruzaban siempre por allí en balsas que construían para el efecto, agregando lo que trascribo textualmente: "Los indios cruzaban el río y aún hoy a veces lo hacen, en balsas hechas de ramas y troncos de árboles que el río arrastra hasta algunas millas de su salida del lago (Santa Cruz) y cuando los troncos faltan como sucede en Chicrook'aiken, los tehuelches construían dichas balsas, aunque más pequeñas, con los palos de los toldos". El naturalista Darwin, en su Viaje alrededor del Mundo, se expresa de esta manera al hablar del paso: "Poco tiempo después llegamos a un paraje donde, a juzgar por las huellas todavía frescas de pisadas de hombres, niños y caballos, es evidente que los indios habían pasado el río". Esto no prueba de ninguna manera que los indios cruzaban el río en Chicrook'aiken, ni mucho menos que lo efectuaran en balsas, como pretende el señor Moreno. Con respecto a lo primero, supongo que no ignora el señor Moreno, que los indios tuvieron y aún tienen sus paraderos en las orillas de los ríos, donde el pasto es mas abundante que fuera de ellas. Yo creo que las huellas que vieron los exploradores ingleses fueron hechas por alguna tribu de tehuelches que acampaba entonces en Chicrook'aiken, y que al sentirlos se alejó rápidamente. Tocante a lo segundo, cuando afirma el señor Moreno que los indios suelen cruzar el río "aún hoy" en balsas hechas de ramas y troncos de árboles, incurre probablemente en un error involuntario, pues desde que se pobló la isla Pavón cruzan siempre en bote. Observaré finalmente al señor Moreno, que los palos de los toldos, relativamente pequeños, no bastarían para hacer balsas destinadas a soportar el peso de los bagajes y niños de una tribu. Lo que hay de cierto es que los indios pasaban a nado en distintos puntos del río, pero de ninguna manera en Chicrook'aiken, donde por lo mismo de ser más angosto el río, adquiere más velocidad la corriente. De regreso de Chicrook'aiken permanecí en la isla Pavón, hasta el día 12, que salí para Los Manantiales acompañado por el subteniente Moyano y Cipriano García, argentino nacido en Patagones, que iba encargado de la caza y cuidado de los caballos. Los Manantiales es paradero de los indios sobre el río Chico, y distante como 36 millas al noroeste de la isla. Había allí un Kau (toldo) de la indiada del cacique Gunelto, habitado por Hauke, dos chinas y el indio Juan Caballero. Hauke es uno de los indios más altos y corpulentos que habitan la Patagonia. Manuel Coronel, gaucho argentino, tenía su toldo en el mismo paraje. Vive con la tehuelche Rosa, que se dice parienta del cacique Papón. Manuel es muy querido de los indios y gracias a él conseguí que me acompañara Juan hasta Mawaish. Supe por Coronel que los indios de Gunelto se habían separado poco tiempo antes de mi llegada a Los Manantiales, para ir a cazar, unos en Shehuen y otros en los valles de la cordillera. Esos indios pasan generalmente el verano en las orillas de los lagos Argentino y Viedma, donde el viajero suele contemplar atónito inmensos témpanos o montañas de hielo flotantes que navegan al capricho de los vientos que soplan incesantemente en aquellas regiones. Pero a penas principian a blanquear las altas cimas, descienden el hermoso valle de Shehuen y van a plantar sus toldos en Korpen-aiken o Los Manantiales. Allí, en familia con los tehuelches, pasé tres días ocupado en reunir algunas voces de la lengua tsoneca, y más que nunca quedé sorprendido de lo agradable y fácil para aprender que es esa lengua americana. El guanaco, se llama ñau, el avestruz mégeus, una botella ótre, las espuelas wáteren y el tabaco golkal. Los tehuelches cuentan perfectamente hasta diez, y dicen así: uno choche, dos jauke, tres caach, cuatro cague, cinco tzen, seis uanacach, siete ooke, ocho uenacague, nueve jamatzen, diez caquen. Habiendo formado un pequeño vocabulario, di principio a los preparativos necesarios para remontar el río Chico. El 17 por la mañana me puse en marcha, acompañado por Cipriano García y el indio Juan Caballero. Esa misma noche fui a dormir a Korpen-aiken y de allí en tres días llegué a Mawaish, de donde vi el volcán Chalten, cuya altura es muy considerable. El río Chico nace en la cordillera por los 48° de latitud, y corriendo de N.O. a S.E. desemboca en la bahía formada por el Santa Cuz. Su corriente es de 3 a 4 millas por hora; pero con los primeros deshielos de la primavera se convierte frecuentemente en torrente impetuoso. Es muy tortuoso, y cubierto de islas más o menos fértiles. A seis leguas al oeste de Los Manantiales desemboca en él un pequeño río o arroyo llamado Shehuen, que toma su nacimiento en la cordillera, un poco más al norte del lago Viedma. El valle del río Chico es quizás el más fértil de la Patagonia, y los pastos abundantes que crecen en él pueden alimentar millones de animales vacunos o caballares. Una colonia de pastores, en paraje adecuado de ese hermoso valle, daría muy buenos resultados; pues una vez establecida, mediante pocas raciones, se lograría fijar en sus inmediaciones algunas familias de Tehuelches, que con el trascurso del tiempo, darían origen a otras tantas colonias. Concluida la exploración del río, y después de haber anotado todos los accidentes topográficos de su valle, regresé el 28 a Santa Cruz, donde me presentó Moyano a Gunelto Chico y a Jeme, que habían ido en busca de las raciones que les pasa el Gobierno Nacional. El primero es un indio muy vivo y amigo de los cristianos; es de estatura mediana y pies pequeños. Jeme es mucho más alto y de formas macizas. Me dijo que había conocido a Musters, cuyo nombre pronunció perfectamente. Yo les regalé una bandera argentina, y después de dos días de descanso en la isla Pavón seguí viaje el 2 de marzo para Punta Arenas. Iba acompañado por un francés llamado Guillermo, que viaja con frecuencia entre Magallanes y Santa Cruz. El 3 a la tarde pasé cerca de un paradero de los indios llamado Ostetelaiken, yendo a dormir a la orilla de una laguna a una legua al S.E. Hasta ese punto la vegetación es muy pobre; hay poca agua dulce, y el terreno lleno de hondonadas y lagunas saladas; pero aun a la distancia, es muy fácil distinguir unas de otras, pues las primeras se presentan más o menos circulares y mantienen en sus orillas un verdor que contrasta notablemente con la aridez del terreno circundante; y las segundas son casi siempre alargadas y la vegetación en sus orillas es mas pobre que fuera de ellas. Dos días después llegué a Coy-Inlet, donde recogí algunos fósiles terciarios. El río estaba casi seco, pero suele ponerse a nado con los primeros deshielos en la Cordillera. Hay en sus márgenes pastos excelentes. De Coy-Inlet fui a Gallegos. Éste es río navegable hasta donde alcanza la influencia de las mareas. Altas barrancas se levantan en sus márgenes donde la vegetación es espléndida. Al decir de los indios es formado por ocho arroyos pequeños que bajan de la cordillera. Corre de O a E hasta lanzarse en el Atlántico por 51° 4' de latitud. El teniente Rogers, que fue encargado de la parte geográfica de la expedición chilena que, durante los meses de noviembre y diciembre, recorrió el territorio comprendido entre Skyring Water y el lago Viedma, me aseguró muy recientemente que las nacientes del río Gallegos quedaban por los 51° 52' de latitud. En Río Gallegos pasé todo un día ocupado en recoger insectos. Cerca del paradero llamado Guerr-aiken, recogí algunas armas de piedra de una perfección admirable. En ambas márgenes del río se ven capas de lava que atestiguan las grandes convulsiones volcánicas porque han pasado aquellos territorios. Había olvidado decir que las márgenes del río Chico ofrecen algunos puntos elevados como Chunke-aiken y Mawaish, cuyo aspecto negruzco y regular acusa, a lo lejos, la presencia del basalto. En Chunke-aiken el basalto forma un gran dique que se levanta sobre una colina cubierta de hermosa vegetación, que semeja a lo lejos una inmensa fortaleza. De Gallegos pasé a Sh-aiken o Campo de Batalla, por haber habido un combate ahora años, entre los caciques tehuelches Kaile y Sámele. El 9 de marzo seguí para Los Chorrillos, de donde partí al día siguiente para Cabeza del Mar, canal marítimo que principia en Peckett Harbour y concluye en un lago salado que debió de comunicar en otro tiempo con Otway Water. El 11 llegué a Cabo Negro, hermosa hacienda perteneciente al teniente Gallegos, de quien se ocupa Musters en su obra sobre la Patagonia. Finalmente, después de un viaje penoso por la falta de víveres, dormía el 12 de marzo en la colonia de Punta Arenas. |
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