Viaje al país de los Tehuelches
2. Punta Arenas
El 11 de agosto del año próximo pasado desembarcaba en Punta Arenas, poco después de las 4 de la tarde.
El aspecto que presentaba la colonia era triste y desolado. la nieve cubría las calles y brillaba a los rayos del sol poniente en las cimas horizontales de los cerros andinos. La temperatura era, sin embargo, muy soportable (2° C sobre cero), y bajo su acción benéfica se licuaban las nieves en muchos puntos. Pronto vendría el derrite general, y los caminos de las pampas se harían practicables. Esto me alegraba mucho, pues ardía en deseos de dar principio a mis exploraciones; de volver a la vida del desierto; la vida errante. Ahora que escribo estas líneas, un mundo de recuerdos se agita en mi cabeza. Nunca olvidaré la belleza incomparable del cielo austral, y aquellas noches de luna pasadas bajo la tienda del salvaje patagón. Todavía querría vivir mucho tiempo como nómada, acostarme envuelto en mi capa de pieles, trepar los altos cerros y saltar los torrentes.
Volvamos a la relación de mi viaje.
Mi llegada a Punta Arenas fue una sorpresa para mis amigos, que no me esperaban en la estación de los fríos. Uno de ellos, don Narciso Silva, chileno muy apreciable por su honradez y alta inteligencia, me ofreció hospitalidad en su casa, la que acepté inmediatamente, pues siendo este señor una de las personas más queridas de la colonia, quedaba garantido contra toda manifestación hostil que contra mí podían hacer ciertos individuos que aseguraban de tiempo atrás, que el objeto de mis viajes era otro que el que yo manifestaba, y hasta sabían decir textualmente: "Este joven es un teniente de la marina argentina".
Probablemente se figuraban esos señores que yo iba a colocar torpedos en el cabo Vírgenes.
Dos días después de estar en la colonia, pasé a saludar al gobernador don Carlos Wood, que me recibió de una manera muy atenta, ofreciéndome algunos caballos y un guía para conducirme a Santa Cruz.
El señor Wood tiene el grado de teniente coronel de línea, y es considerado por sus compatriotas como uno de los jefes más distinguidos del ejército chileno.
Nuestra conversación fue franca, y cordial cambiando algunas opiniones respecto de la tan debatida cuestión de límites; y el señor Wood, que había recibido aviso de que la Devonshire cargaba guano en Monte León, me dijo que: rotas nuestras relaciones diplomáticas, la menor imprudencia podía provocar una guerra desastrosa.
Es evidente que ese señor había recibido instrucciones de su gobierno, y que estaba dispuesto a llevar a cabo la captura del buque guanero.
La corbeta Magallanes estaba entonces en el Estrecho, sin poder salir al Atlántico por falta de carbón.
Ese mismo día hice una excursión a las minas de carbón de la colonia, cuya explotación será algún día una fuente de riqueza para aquella población.
Entrando por el camino que conduce a las minas, a una, distancia de 6.500 metros de la plaza del pueblo, y a una altura de 400 pies sobre el nivel del mar, se encuentra el primer manto de carbón con una potencia que no baja de Om 80, y en cuyos afloramientos aparece un combustible que tiene todos los caracteres de la lignita. Este manto de carbón y los demás que se han trabajado dentro de la Península de Brunswick, corren de sur a norte a 12 metros debajo de grandes bancos conchíferos.
Las formaciones carboníferas de Magallanes, según mis propias observaciones y los datos de personas competentes en la materia, se extienden desde Punta Arenas hasta Skyring Water.
Relativamente a la edad geológica que debe atribuirse a esos depósitos carboníferos la presencia de la Ostrea Patagónica y de otros moluscos de los géneros Pectens y Venus, hace suponer que pertenecen a la época terciaria.
La explotación del combustible se ha hecho hasta ahora de una manera poco conveniente, extrayéndolo de las capas superficiales de la formación.
En resumen, el carbón de esas minas, aunque desarrolla poco calórica puede emplearse como combustible económico en la colonia y a bordo de los buques de estación en el Estrecho.
Además del carbón, Punta Arenas tiene otras fuentes de riqueza, como ser los lavaderos de oro y las ricas maderas de construcción.
El arroyo Las Minas, que desagua al norte de la colonia, es abundante en oro, y fue en 1860 que se encontró ese metal por primera vez.
Desde aquella fecha hasta 1877, muchos individuos han tenido allí constante trabajo, cuyo producto diario, término medio, es de cinco gramos de metal por persona.
En una excursión que hice a las minas en 1877, remonté dicho arroye en una extensión de algunas millas, habiendo visto en el camino muchos chilenos ocupados en lavar oro.
Esos hombres llevan a hombros todo su material y marchan horas enteras probando fortuna en distintos puntos.
Los medios que emplean para extraer el oro son muy imperfectos: toman la arena con un platillo de madera: vierten agua en él con una mano, y con la otra le imprimen un movimiento de vaivén: el agua arrastra la arena y disuelve la arcilla, y el oro, gracias a su peso específico, se deposita en el centro del plato.
Punta Arenas posee tres aserraderos que convierten diariamente en tablones los hermosos troncos de Fagus Antartica. Uno de ellos, de vapor, pertenece al Estado y está situado sobre el arroyo Tres Puentes. Los otros son propiedad de particulares y representan un capital de cien mil patacones.