Viaje al país de los Tehuelches
8. Regreso a Santa Cruz
Al dejar nuestro campamento general, el día 29 de octubre, tuve el dolor de ver arder el bosque, que había visitado días antes. Cipriano García le había prendido fuego a pesar de mis ruegos para que no lo hiciera.
Mi compadre Pecho Alegre |
Una nube de humo inmensa, enrojecida por las llamaradas del incendio cubría el cielo al occidente.
El viajero que visite en el porvenir aquellas regiones, ha de sentir una impresión de tristeza cuando vea todo un bosque reducido a cenizas por el capricho de un hombre.
Hasta entonces sólo habíamos explorado dos brazos del río Chico; nos faltaba reconocer el de mayor extensión o brazo del sur, que considero como la continuación del riacho que se forma al oeste de la laguna de la cual he hablado en el capítulo anterior.
Aquel día acampamos en la orilla norte del brazo del sur, practicando un reconocimiento a pie en una extensión de dos leguas.
En esa excursión vi algunas rocas erráticas de más de 500 metros cúbicos, que han sido depositadas en aquellos parajes por los antiguos ventisqueros.
La caza es muy abundante en ambas márgenes del riacho, y además de guanacos, avestruces y ciervos, vimos multitud de patos, bandurrias, flamencos y cisnes.
El 30 de octubre, después de dar el último adiós a los Andes, cuyos picos coronados de nieve eterna parecen gigantes que amenazan al cielo, marchamos al Este.
El 6 de noviembre, cerca de Mawaish, vimos hacia el sur, en el valle del río Shehuen, grandes humaredas que sólo los indios podían hacer.
Nosotros contestamos con otras no menos considerables.
Al día siguiente llegamos a dicho río, donde nos encontramos con el indio Juan Caballero que nos condujo a los toldos que en número de seis se alzaban en la orilla sur del río.
Cada toldo tenía su jefe cuyos nombres eran: Manuel Coronel, Ayado, Orkeke, Lara, Kaikokel'teche y Pecho Alegre.
Los dos últimos habían llegado de Coy-Inlet en esos días, lo cual festejaban los indios con una gran borrachera.
El cacique Orkeke salió a nuestro encuentro con una botella de aguardiente que trató de hacerme beber a viva fuerza, y como yo no me prestara a sus deseos me dijo que me castigaría, pues él era "lo mesmo gobierno de todas las tierras".
Aquel indio me fastidió largo rato, hasta que para verme libre de su amena compañía tuve que refugiarme en el toldo de Manuel Coronel.
Cuando Orkeke dejó de verme prorrumpió en gritos y amenazas.
Pecho Alegre, otro tehuelche así llamado por los chilenos de Punta Arenas, fue a visitarme en compañía de una china vieja, que me dio un abrazo sin que yo pudiera evitarlo.
—¿Vos ser compadre mío? —me dijo Pecho Alegre.
—Si hermano, yo compadre tuyo.
—¿No querer casar con china, mi hica?
—Ahora no, compadre.
—Bueno, cuando vos querer, decir; yo dar china gratis.
Aquella noche hubo baile en festejo de nuestra llegada a los toldos.
A la mañana siguiente Orkeke mató una yegua, cuya sangre bebieron los indios, teniendo yo que hacer lo mismo para captarme las simpatías de aquellos salvajes.
Aquel rasgo heroico hizo su efecto, pues Kaikokel'teche y Lara me estrecharon la mano diciéndome con voz aguardentosa: "Vos lo mesmo que indio".
Aquel día continuó la borrachera, y el 10 de noviembre me puse en marcha para Santa Cruz, a donde llegué en la noche.
Cinco días después me embarcaba a bordo de la goleta Santa Cruz, que se hacía a la vela para Buenos Aires.