Una Excursión a los Indios Ranqueles

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plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo XXVI. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.

Llamé a Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, a las horas de recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los indios ganchos ladrones, probándome con lo primero que era hombre entendido en asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el paño.

Pasamos a la enramada, que quedaba unida al toldo. Este es siempre de cuero, aquélla de paja, generalmente de chala de maíz. Otro día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, una armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta varas cuadradas.

Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, negros, lanudos, grandes y aseados; dos o tres formaban el lecho, otros tantos arrollados al respaldo. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas. La fila que me designaron a mí miraba al naciente; a la derecha, en la primera hilera, veíase un asiento, que era el mío, más elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de ponchos a derecha e izquierda, formando almohadones.

Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad con las piernas cruzadas a la turca, estiradas, dobladas, acostarse, reclinarse o tomar la postura que se quisiera.

Frente a frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen mis razones para que llevasen lenguas a sus pagos y se hiciese en favor mío una atmósfera popular.

El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de Rosas, que decían, después de los vivas y mueras de costumbre (¡y qué costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama romántico en verso Clotilde, o el crimen por amor, verbigracia, que cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle a un Santo Cristo un par de pistolas.

Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza: ¿Cómo está usted, cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales, no ha perdido algunos caballos?, porque en los campos sólo suceden desgracias, vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés.

Yo hablé de los caballos que me habían robado en Aillancó, del saqueo de Wenchenao a las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando a los que así me habían faltado al respeto, pareciéndome que un tono de autoridad llamaba la atención de todos.

Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de Mariano sus razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer.

Entraron varios cautivos y cautivas -una de éstas había sido sirvienta de Rosas- trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y, harina de maíz.

Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero.

Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo mismo; los cuchillos comunes.

Sirvieron a todos, a los recién llegados y a las visitas que me habían precedido.

A cada cual le tocó un plato como una fuente.

Mientras se comía, se charlaba.

Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en ella, sin tener que dar ejemplo a mis hijos.

Comía como un bárbaro -me acomodaba a mi gusto en el magnífico asiento de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía a la punta de la lengua y hacía reír a los indios ni más ni menos que Allú a la concurrencia.

Al que se me acercaba, algo le hacía -o le daba un tirón de narices, o le aplicaba un coscorrón, o le pegaba una fuerte palmada en las posaderas.

Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas,

Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.

licos, lleno de asado de vaca, riquísimo.

Materialmente me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer a manteles que en el suelo y en Leubucó.

Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, a manera de postre: es bueno.

Trajeron agua en vasos, jarros y chambaos (es un jarrito de aspa).

Y a indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias ves: ¡trapo!, ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente), unos cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos limpiáramos la boca.

Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.

Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos oportunos y graves reflexiones de Brillat-Savarin, puede haber algo más serio que el comer.

Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían parafrasearse aquí, diciendo: Dime lo que bebes, te diré lo que eres; el destino de las naciones depende de lo que beben.

Manuel Gascón ha de pretender a priori y a posteriori, que para él el problema está resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor es el agua.

Digo que esto depende de las circunstancias, como que no haya visitas, y prosigo.

Los indios beben, como todo el mundo, por la boca.

Pero ellos no beben comiendo.

Beber es un acto aparte.

Nada hay para ellos más agradable.

Por beber posponen todo.

Y así como el guerrero que se apresta a la batalla prepara sus armas, ellos, cuando se disponen a beber, esconden las suyas.

Mientras tienen qué beber, beben, beben una hora, un día, dos días, dos meses.

Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar.

Beber es olvidar, reír, gozar.

No teniendo aguardiente o vino, beben chicha o piquillín.

Esta vez estaban de fiesta con vino.

El acto está sujeto a ciertas reglas, que se observan como todas las reglas humanas, hasta que se puede.

Se inicia con una yapaí, que es lo mismo que si dijéramos: the pleasure of a glass of wine with you?, para que vean los de la colonia inglesa que en algo se parecen a los ranqueles.

Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra.

Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia, bebemos simultáneamente, haciéndonos un saludo mas o menos risueño y cordial, espiándonos por sobre el borde de la copa, a ver quién la apura más; y es de buena educación de estilo clásico, no beberla toda, ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso; como que él significa: -a la salud de usted, cuando no se ha propuesto uno por la patria, por la libertad o por el Presidente de la República.

Los indios empiezan por decir yapaí, llenando bien el tiesto en que beben, que generalmente es un cuernito.

La persona a quien se dirigen, contesta yapaí.

Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses llaman goute en l'ongle, es decir, hasta que no queda una gota, llena después el vaso, copa o jarro o cuernito exactamente, como él lo bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo yapaí.

Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber.

Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se excuse de beber, diciendo: -No sé.

En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios.

Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que la preside, que hace los honores, que la anima, así también en todo beberaje de indios hay uno que lleva la palabra: es el que hace el gasto por lo común.

Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en realidad el Estado, que le había dado sus dineros al padre Burela para rescatar cautivos.

Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa, Epumer, su hermano, era el anfitrión.

Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su audacia, por su demencia cuando está beodo.

Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto a varios indios con sus propias manos, entre ellos a un hermano por parte de madre; que es generoso y desprendido, manso estando bueno de la cabeza; que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.

Con este nene tenía que habérmelas yo.

Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil, adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas.

Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho de castor y alta el ala; no le quitaba los ojos al orgulloso indio, mirándole fijamente cuando me dirigía a él.

Bebíamos todos.

No se oía otra cosa que ¡yapaí, hermano!, ¡yapaí, hermano!

Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.

Atendía a todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; amonestaba a unos, despedía a otros cuando me incomodaban mucho con sus impertinencias; me pedía disculpas a cada paso; en dos palabras, hacía, a su modo, y según los usos de su tierra, perfectamente bien los honores de su casa.

Epumer no había simpatizado conmigo, y a medida que se iba caldeando, sus pullas iban siendo más directas y agudas.

Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo, terciando en la conversación.

Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.

A todo lo hallaba taimado y reacio.

Llegó a contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.

Y sin embargo, a cada paso me decía:

-Coronel Mansilla, ¡yapaí!

-Epumer, ¡yapaí! -le contestaba yo.

Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.

Mis oficiales se habían visto obligados a abandonar la enramada, so pena de quedar tendidos, tantos eran los yapaí.

Los indios, caldeados ya, apuraban las botellas, bebían sin método: -¡Vino! ¡Vino!-, pedían para rematarse, como ellos dicen, y Mariano hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían y me abrazaban y me besaban, y otro me amenazaban en su lengua, diciéndome winca engañando.

Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto a todo. Pero con bastante calma para decirme:

-Es menester aullar con los lobos para que no me coman.

Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi constante aceptar todo yapaí que se me hacía, comenzaron a captarme simpatías.

Lo conocí y aproveché la coyuntura.

La ocasión la pintan calva.

Llevaba una capa colorada, una linda aunque malhadada capa colorada, que hice venir de Francia, igual a la que usan los oficiales de caballería de los cuerpos argelinos indígenas.

Yo tengo cierta inclinación a lo pintoresco, y, durante mucho tiempo, no he podido substraerme a la tentación de satisfacerla.

Y tengo la pasión de las capas, que me parece inocente, sea dicho de paso.

En el Paraguay usaba capa blanca siempre.

Hasta dormía con ella.

Mi capa era mi mujer.

Pero ¡qué caro cuestan a veces las pasiones inocentes!

Por usar capa colorada me han negado el voto en los comicios.

Por usar capa colorada me han creído colorado.

Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones. Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?

Decididamente, Figueroa es quien tiene razón:

"Pues el hábito hace al monje, por más que digan que no".

Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué a Epumer, y dirigiéndole palabras amistosas, le dije.

-Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero.

Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros,

El indio quedó idéntico a mí, y en la cara le conocí que mi acción le había gustado.

-Gracias, hermano -me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.

Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la envidia hiere el corazón.

Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:

-Tome, hermano; Ud. úselo en mi nombre.

Lo recibió con agrado, me dio la mano y me lo agradeció.

Mandé traer mi lazo, que era una obra maestra y se lo regalé a Relmo.

Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.

Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de plata, y se las regalé a Melideo.

Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé a los hijos de Mariano.

Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, camisas; regalé cuanto tenía.

Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé a Mariano.

Mariano me dijo:

-Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de Ud. les voy a repartir a todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis indios, ¡son tan pobres!

Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, caldera, vasos, copas y cuernos.

En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su confianza, un cristiano, se acercó a mí, y a voz baja me dijo:

-Dice el General Mariano que si trae más aguardiente le guarde un poquito para él; que esta noche cuando se quede solo piensa divertirse solo; que ahora no es propio que él lo haga.

¿Qué te parece como se hila entre los indios?

Contesté que tenia otro barril, que repartiese todo el que acababa de recibir.

La orgía siguió; era una bacanal en regla.

Epumer comenzó a ponerse como una ascua, terrible.

Mariano quiso sacarme de allí: me negué; su hermano quería beber conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome a las sospechas de aquellos bárbaros.

Soy fuerte, contaba conmigo.

Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acaba todo, algún día termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad.

-Yapaí -me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.

-Yapaí -contesté horripilado; yo podía beber una botella de vino en una sentada, pero un cuerno, al mejor se lo doy.

En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me dijo al oído:

-No tenga cuidado. Aquí estoy yo.

Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero enérgica.

-Y ¿quién eres tú?

-Un cristiano. Miguelito.

 


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