Una Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla
Presentación
Índice
Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.
Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.
Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.
Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.
Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.
Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.
Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.
Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.
Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.
Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.
Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.
Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.
Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.
Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.
Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.
Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.
Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.
Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.
Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.
Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.
Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley
Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.
Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.
Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?
Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.
Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.
Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.
Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.
Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.
Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.
Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.
Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.
Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.
Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.
Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.
Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.
Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.
Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.
Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.
Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.
Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.
Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.
Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.
Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.
Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.
Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!
Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.
Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.
Epilogo.
Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.
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Las paces estaban definitivamente hechas.
El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta. Las sospechas habían desaparecido.
Yo era mirado ya como un indio.
Numerosas visitas llegaban a saludarme.
El viento de Leubucó me era favorable.
Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con estudiadas sonrisas y amabilidades.
Fingí que no me había apercibido de sus manejos, estaba en tierra diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida.
El doctor Macías me preocupaba.
Su espíritu abatido por las humillaciones y padecimientos que había sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres.
Como el náufrago que después de haber luchado brazo a brazo con la muerte viendo venir la onda irritada que va a tragarle y sumergirle en las frías y tenebrosas cavernas del océano, hace un esfuerzo supremo y coge la tabla de salvación, que otros le arrebatan desesperados, en el instante mismo en que la barca del arrojado pescador viene en su ayuda, así es la vida.
Las penas secan los ojos, las ingratitudes hielan el corazón; los desengaños matan las últimas ilusiones; parecemos momias ambulantes, descendiendo marcialmente sin consuelo por los obscuros escalones de la eternidad, y sin embargo, algo nos estremece y nos conforta aun a la manera de un sacudimiento galvánico, inefable, es la esperanza en Dios. ¡Ay de aquél que después de haber perdido la fe en todo, no conserva en su esqueleto un santuario siquiera para refugiar en él esa fe pura!
Macías no creía que yo me atrevería a exigir su libertad; aunque no me lo decía, lo comprendía.
Abatido por el infortunio me confundía con los aduladores del cacique.
Su actitud era digna, aprovechaba toda ocasión de manifestar que su existencia se hacía cada vez más insoportable, pero no suplicaba. El desgraciado tenía impresa en su frente las huellas de un dolor punzante, reconcentrado; celaje de amargura; sus grandes ojos negros rasgados, vagaban inquietos, fijábanse a veces en tierra, y al recordar, sin duda, la dulce libertad perdida, brillaban cristalizados por comprimido lloro.
Macías tiene cuarenta años; es hijo de una respetable familia de Buenos Aires y está enlazado a una joven de origen inglés. Su padre es un español conocido en este comercio.
Imaginaos un árabe con gran nariz aguileña, de barba y cabellos canos y tendréis su retrato.
Sus primeros estudios los hizo en la escuela del señor don Juan A. de la Peña, donde yo le conocí.
Después cursó las aulas universitarias, preparándose para entrar en la escuela de medicina, de la que salió doctor.
Su vida ha tenido grandes alternativas; ha sido médico, leñatero en las islas del Paraná e industrial en el Chaco, entre cuyos indios pasó algunos años voluntariamente. Hay algo de poético, de novelesco y misterioso en esta existencia, mas yo no debo descorrer el velo sino hasta aquí.
Por muchísimos años, Macías y yo nos perdimos de vista: desde la última vez que nos vimos en la escuela de primeras letras, no nos habíamos vuelto a encontrar hasta el día de mi arribo a Leubucó. Macías había tenido el desgraciado talento de ponerse mal en Tierra Adentro con casi todos los que habrían podido ayudarle a pasar los menos malos tratos posibles.
Tiene un carácter extraño, indómito y dócil, firme y versátil a la vez. Es capaz de acometer una empresa arriesgada y no tiene valor personal.
Estas dos últimas faces de su carácter explican su presencia entre los indios, sin ser cautivo, y su falta de prestigio entre ellos. Macías estaba en el Río Cuarto por el año 1867.
El coronel Elía, jefe de la frontera de Córdoba, había iniciado una negociación de paz con los indios.
Se ofreció y partió con las credenciales correspondientes. Pero sea que el coronel Elía no estaba autorizado para negociar un tratado de paz, sea lo que fuera, el hecho es que el plenipotenciario fue abandonado a sus propios recursos y a su suerte.
Por falta de tacto o por falta de suerte, fatalidad que suele obscurecer las dotes más relevantes del hombre, burlar sus planes y desvanecer sus ilusiones unas tras otras, lo mismo que los vendavales deshojan los árboles más frondosos, Macías se convirtió de plenipotenciario en prisionero.
Escribió y escribió; sus cartas no fueron contestadas. Hasta el soldado que en calidad de asistente le acompañaba, le abandonó. Solo, sin sirviente ni medios de subsistencia, maturrango , ¿de qué había de vivir, ni cómo había de escaparse?
Tuvo que aceptar el pan de los indios y de los cristianos refugiados entre ellos por causas políticas.
Por debilidad, por falsos cálculos, por conveniencia, qué sé yo por qué, se vinculó a los últimos y riñó con ellos después. No le quedaba más arbitrio que apelar a los indios; se hizo amigo de Mariano Rosas.
Mejoró de condición, y de prisionero se elevó a la categoría de secretario .
Las primeras notas que yo recibí en el Río Cuarto de aquel cacique eran escritas por mi antiguo condiscípulo.
A la distancia le juzgué mal.
Corrían tantas historias sobre los motivos que lo llevaron a los indios, que era muy difícil substraerse a la influencia de las sospechas populares.
¿Quién resiste a los juicios de los conocidos sobre los desconocidos?
¿Cuál es la cabeza bastante fuerte para despreciarlos, para esperar?
¿El criterio que tenemos de la generalidad de las personas es acaso el resultado de nuestra observación directa?
¿No amamos, no aborrecemos, no simpatizamos, no antipatizamos por refracción?
Una secretaría hace celosos en cualquier parte, lo mismo en París, que en Berlín, en Buenos Aires, que en Leubucó.
Macías despertó la emulación de los cristianos.
Temieron su ascendiente.
Comenzaron a intrigarle y lo consiguieron.
Yo, desde el Río Cuarto contribuí sin intención dañina a su caída.
Le juzgaba mal, ya he dicho por qué, y le escribí a Mariano Rosas, que el secretario que tenía no era bueno, que sus notas decían todo lo contrario de los recados que me llevaban sus mensajeros.
El hecho era cierto.
Lo que faltaba averiguar era si Macías ponía lo que le mandaba o no; si las contradicciones entre lo que me escribían y me decían, no era gramática parda, diplomacia ranquelina.
El tiempo, iniciándome en las cosas de Leubucó, me aclaró el misterio de todo.
Macías cumplía al pie de la letra las órdenes que recibía, sus notas le eran leídas a Mariano Rosas por otros cristianos antes de salir de la Cancillería de Tierra Adentro.
Macías cayó, pues, de la gracia y del favor.
Los que viéndole de secretario le consideraban, le abandonaron, y los que ni por eso le habían considerado, redoblaron sus hostilidades.
Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como uno de tantos al toldo del cacique.
Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una tumba de carne; sus vestiduras eran pobrísimas.
¡Desgraciado Macías!
Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en un calzoncillo de algodón ordinario y en un chiripá de paño colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de agujeros eran todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos encallecidas.
En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones, piedritas, agujas, azúcar, yerbas medicinales, tabaco, yerba, papel, y envuelto en un trapito un relicario de oro, de cuatro faces, con los retratos de sus padres y de sus dos hijos.
¡Desgraciado Macías!
¡Ah!, ¡imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la buena sociedad, reducido a aquella condición! ¡El mismo no lo comprendió!
Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio. Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.
¡Desgraciado Macías!
Los indios hablaban mal de él, le creían loco.
Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.
Todos sus vicios se los atribuían a él.
En tal situación escribió al Presidente de la República.
No le contestaron.
¿Cómo le habían de contestar?
Sus cartas habían sido interceptadas y detenidas. Llamé al capitán Rivadavia y le mandé preguntar con él a Mariano Rosas, si estaba visible.
Me contestó que fuera cuando quisiese, que estaba por almorzar. Entré a su toldo.
Su cara revelaba la agitación de la noche; estaba más pálido que de costumbre.
Al verme entrar, me dijo, sin cambiar de postura (estaba sentado al lado del fogón):
-Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.
Me insinuó un asiento a su lado.
Sentándome le contesté:
-Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?
-Mal -repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante nos asalta.
-¿Qué tiene?
-Me duele la cabeza.
¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?
-Lo tomaré si usted lo conoce.
Salí y volví al punto con un frasquito de gotas maravillosas de la corona.
Era todo mi botiquín.
Abrí el frasquito, pedí un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos dedos y eché en él sesenta gotas.
Para que las bebiera sin aprensión, le dije:
-Vea -proseguí, y esto diciendo tomé un trago.
-Si no tengo recelo, hermano -me contestó, y tomándome el jarro bebió hasta la última gota que contenía.
-Un poco amargo no más -dijo.
Sí -repuse.
-¿Y ha descansado bien?
-Muy bien.
-¡Qué diablo de indios, eh!
-¡Hum!, anduvo medio mal la cosa en la junta.
-¡Eh!, no todos comprenden.
-¡Es cierto!
-Y su amigo, el padre Burela, ¿por qué no le ayudó ?
-No sé, estaba medio asustado, me parece.
Se sonrió, como diciendo, "uno y medio", y acariciando a uno de sus hijos que se echó sobre sus rodillas, exclamó:
-Ese toro.
Era el hijo que había defendido a la madre la noche antes.
-Tiene muy buena cara -le dije.
-Pero no es bueno, ya me ha querido matar -repuso, mirando al hijo con una mezcla de complacencia y admiración.
El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba atención.
Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió quebrándose como lo hacen sólo nuestros gauchos. Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió a repetir:
-¡Toro, hermano!
-¿Cuántos años tiene?
-Debe tener... -me hizo la seña de doce con las manos.
-Es muy chico todavía.
-Pero es gaucho ya.
Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo, carne asada, de vaca y de yegua.
-Bueno, hermano -le dije-, yo pienso irme pronto para mandarle cuanto antes las raciones.
-Cuando quiera, hermano -me contestó-; yo no tengo ya sino un poquito que conversar con usted.
-Pienso irme dentro de dos días.
-Hablaremos mañana entonces.
-Está bien.
-Me lo voy a llevar a Macías.
No me contestó; en su cara leí una negativa.
-A usted no le sirve de nada aquí.
Siguió callado.
-Es un pobre diablo -le dije.
-Mire, hermano -me contestó; iba a proseguir; unas visitas nos interrumpieron.
Saludaron y se sentaron.
Yo seguí almorzando, acabé, me levanté y diciéndole a Mariano, luego conversaremos, salí del toldo bastante contrariado.
En seguida me fui a visitar al cacique Epumer.
Mariano Rosas me prestó su caballo.
En el toldo de Epumer me recibieron con toda galantería.
En un rincón, acurrucado como un tullido, estaba el espía de Calfucurá, que tanta curiosidad me dio en Quenque.
Me vio entrar como a un perro.
¿Qué hacia allí?