Una Excursión a los Indios Ranqueles

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plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Mi comadre Carmen vivía con su madre, su hija y un indio viejo, entre gallinas y perros.

Me esperaba, los demás dormían.

Conversamos de lo que nos interesaba y a la media hora nos separamos para siempre, quizá.

Yo habla cumplido mi promesa, de visitarla, antes de salir de Tierra Adentro, ella la suya, comunicándome ciertas intrigas contra mí, que por una casualidad había descubierto.

Nuestra despedida fue como todas las despedidas, triste.

Me dirigí al toldo de Villarreal, pensando en lo que es la mujer.

Me acordaba de lo que me habían hecho gozar y exclamaba interiormente: ¡son adorables!

Me acordaba de lo que me habían hecho sufrir y exclamaba: ¡son infames!

Estudiándolas y analizándolas, las hallaba físicamente perfectas; espiritualmente me parecían monstruosas.

¡Qué cabellos, qué ojos, qué boca, qué tez, qué gentileza tienen algunas!

Son hermosas como Niobe, dignas del amor de un dios olímpico. Cualquier mortal daría cien vidas por ellas si cien vidas tuviera. Y muriendo, todavía encontraría dulce la muerte después de tan supremo bien.

¡Pero qué corazón tienen!

Son inconmovibles como las rocas, frías como el hielo, volubles como el viento, olvidadizas como la mentira.

¡Qué feas, qué desairadas son otras!

Nadie repara en ellas.

Pero acercaos a su lado, oídlas, tratadlas. ¡Qué alma tienen! Son buenas como la caridad, dulces como los querubines, puras como las auras del Elíseo.

Se puede vivir al lado de ellas y amar la vida.

¡Ah!, ellas nos hacen comprender que hay una belleza cuyos encantos el tiempo no destruye, la belleza moral.

¿Por qué han de ser tan lindas y tan malas: por qué tanta donosura, al lado de tanta perfidia a veces?

¿Por qué esos rostros angélicos y esos corazones satánicos?

¿Por qué han de ser tan repelentes y tan buenas; por qué tanta seducción oculta, al lado de tanta exterioridad desagradable?

¿Por qué esas caras defectuosas y esos corazones que son un dechado?

¿Por qué ha hecho Dios cosas tan contradictorias, como una mujer adorable y mala?

Si su poder es tan grande, ¿por qué lo que más amamos ha de ser, como esas flores venenosas de ricos matices, susceptibles de fascinarnos con su mirada y de intoxicarnos con su aliento maldito?

¡Qué! ¿No bastaba que hubiera hombres malos?

¿Para completar el infierno de este mundo, había acaso necesidad de que las mujeres fueran demonios?

Yo habría hecho iguales a todas las mujeres.

¿Las rosas no exhalan todas el mismo suavísimo perfume?

Las cosas bellas, deberían serlo en todo y por todo.

Soliloquiando así iba yo, cuando un murmullo humano, parecido a un gruñido de perros, llamó mi atención.

Me detuve, estaba a dos pasos del toldo de Villarreal; puse el oído; oí hablar confusamente en araucano, miré en esa dirección y vi el espectáculo más repugnante.

Un candil de grasa de potro, hecho en un hoyo, ardía en el suelo; un tufo rojizo era toda la luz que despedía.

Bajo la enramada del toldo, la chusma viciosa y corrompida saboreaba con irritante desenfreno los restos aguardentosos de una saturnal que había empezado al amanecer.

Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos estaban mezclados y revueltos unos con otros; desgreñados los cerdudos cabellos, rotas las sucias camisas, sueltos los grasientos pilquenes; medio vestidos los unos, desnudos los otros, sin pudor las hembras, sin vergüenza los machos, echando blanca babaza éstos, vomitando aquéllas; sucias y pintadas las caras, chispeantes de lubricidad los ojos de los que aún no habían perdido el conocimiento, lánguida la mirada de los que el mareo iba postrando ya; hediendo, gruñendo, vociferando, maldiciendo, riendo, llorando, acostados unos sobre otros, despachurrados; encogidos, estirados, parecían un grupo de reptiles asquerosos.

Sentí humillación y horror viendo a la humanidad en aquel estado y entré en el toldo.

Mi gente estaba pronta.

Sólo Villarreal, su mujer y su cuñada, no estaban ebrios.

Me esperaban con agua caliente y todo preparado para cebarme un mate de café.

Tuve, pues, que sentarme un rato.

No siéndole posible acompañarme a Villarreal hasta el toldo de Ramón, ni darme quien lo hiciera porque toda su chusma estaba achumada, lo que hacía que él no pudiese, dejar sola su familia, llamé a Camilo Arias, y mientras yo tomaba unos mates, le hice que se informara del camino.

Villarreal, como indio ladino, dio todas las señas del campo que debíamos cruzar; advirtió las rastrilladas que debían dejarse a la derecha o a la izquierda, los bañados guadalosos que debían excusarse; los médanos que debían rodearse, los que debían cruzarse trepando por ellos; los toldos y los sembrados que quedaban cerca de la morada del Cacique.

Una vez enterado Camilo de todo, me despedí de Villarreal y su familia.

Nos abrazaron a todos con cariño, rogando a Dios, en lengua castellana, que tuviéramos feliz viaje, y nos acompañaron hasta el palenque, pidiéndonos, como lo hubieran hecho las gentes mejor criadas, mil disculpas por la pobrísima hospitalidad que nos habían dispensado.

Como la noche estaba tan hermosa, y no teníamos ningún monte que atravesar, mandé echar las tropillas por delante para que los animales montados marcharan más ganosos.

Le previne a Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos fuéramos a extraviar, por no oír los cencerros, ¡en marcha!, grité y partieron todos.

Yo me detuve un instante a encender un cigarro.

Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó a mi lado.

Reconocí una mujer.

-Aquí vengo a traerle esto -me dijo, poniendo en mis manos un pequeño envoltorio de papel.


-¿Y qué es eso? -le pregunté.

-Es un recuerdo.

-¿Un recuerdo?

-Sí, una faja pampa, bordada por mí.

-Gracias, ¿Por qué se ha incomodado?

Dio un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable, exclamó:

-¡Incomodado!

-¡Adiós! -le dije, recogiendo mi caballo.

-¡Adiós! ¡Adiós! -dijeron Villarreal y su mujer.

-¡Adiós! ¡Adiós! -repuse yo, y partí al galope, murmurando:

-Saben querer desinteresadamente y olvidar también.

No son ni ángeles, ni demonios.

Pero participan de las dos naturalezas a la vez. Cuando son buenas, no hay nada comparable a ellas; cuando son malas, son execrables.

Y, con todos sus defectos, sus contradicciones y sus veleidades, la existencia sin ellas, sería como una peregrinación nocturna por una tierra de hielo y bajo un cielo sin luz.

Sí, todos exclaman tarde o temprano, después de tantos arranques frenéticos:

Yes! my adored, yet most unkind!
Though thou wilt never love again,
To me 't is doubly sweet to find
Remembrance of that love remain.
Yes! 't is a glorious thought to me
Nor longer shall my soul repine,
Whate'er thou art or e'er shall be,
That thou hast been dearly, solely, mine.

El cencerro de las tropillas me servía de guía; mi caballo iba brioso lo que le oía y rumbeaba al fin para la querencia.

Llegué al pie de un médano bastante elevado y me encontré con Camilo Arias que me esperaba.

Oyendo el cencerro y no viendo las tropillas, se me ocurrió que alguna novedad había.

-¿Qué hay? -le pregunté.

-Nada señor -me contestó-; por precaución lo he esperado aquí; vamos a cruzar este médano, tiene muchas caídas y es muy fácil perderse.

-¡Bueno, adelante! ¡Vamos! Es mucho más de medianoche; no perdamos tiempo -le dije.

Trepó al médano y le seguí. Los caballos hacían esfuerzos supremos para repecharlo, se enterraban hasta los ijares en la blanda y deleznable arena; pero subían poco a poco. Llegamos al borde de la cresta, y cuando yo creía trasmontar el obstáculo, me hallé con una hondonada profunda, de cuyo fondo manaba puro y cristalino un espejo de agua. Las tropillas bebían reflejándose en él, y la luna, desde un cielo limpio y azul, iluminaba el agreste y poético paisaje. Seguimos andando, subimos y bajamos.

De repente, a pesar de las precauciones tomadas, Camilo Arias me dijo:

-Señor, estamos perdidos.

-¡Alto! ¡Alto! -grité, y contestándole a Camilo:

-Busca la senda, pues.

Echamos pie a tierra y esperamos.

Un momento después volvió el ecuestre piloto diciendo:

-Por allí va.

Marchamos.

La noche se iba toldando; parecía querer llover al entrarse la luna. Caímos a un bañado salitroso, y siendo tantos los rastros que lo cruzaban y los arbustos espinosos de que estaba cubierto, las tropillas se desparramaron.

Era una confusión, de todos lados sonaban cencerros y se oían los silbidos de los tropilleros repunteando los caballos menos amadrinados.

Nosotros mismos tuvimos que diseminarnos: las sendas eran muy tortuosas y los caballos no se seguían.

El salitral blanqueaba como la mansa superficie de un lago helado; crujía estrepitosamente bajo los cascos de los cien caballos que lo cruzaban, hundiéndose aquí en el guadal, empinándose allí en las carquejas que tanto abundan en las pampas, espantándose de repente de los fuegos fatuos que como una fosforescencia errante corrían acá y allá.

La noche se encapotaba; la luna declinaba con sombría majestad por entre anchas fajas jaspeadas y las estrellas apenas alumbraban, al través del velo acuoso que cubría los cielos.

Crucé el bañado.

Camilo Arias no se había separado de mí.

Algunos habían pasado ya y esperaban en la orilla: otros estaban acabando de pasar.

Con las tropillas sucedía lo mismo, no estaban reunidas aún.

Esperé un rato, y mientras tanto se buscó en vano el camino. Viendo que no lo hallaban y que el capitán Rivadavia y otros no parecían, mandé quemar el campo, no se pudo por la humedad y falta de sebo; se dieron voces, nadie contestó; silbamos, silencio profundo.

Destaqué tres descubridores; a las cansadas volvieron dos, sin haber visto ni oído nada.

Faltaba el otro, y contestó de ahí cerca; hacía un rato que giraba perdido a nuestro alrededor.

La lluvia amenazaba volver a desplomarse por momentos.

-Marchemos al rumbo -le dije a Camilo-, hasta que lleguemos a un campo más alto que éste; los demás jinetes y caballos los hallaremos de día.

Marchamos.

Y marchando íbamos cuando ladraron perros.

-Allí hay un toldo -dijo Camilo.

Miré la dirección que me indicaba; no vi sino tinieblas.

-Pues hagamos alto aquí y que vayan a averiguar dónde queda el de Ramón -le contesté.

Despachó una pareja de jinetes.

Volvieron diciendo que íbamos mal; que el camino quedaba a la izquierda, es decir, el poniente, y que el toldo de Ramón estaba muy cerca, que en cuanto cruzáramos una cañada lo veríamos.

Cambiamos de rumbo y seguimos la marcha en la dirección indicada, y a poco andar, caímos a un campo bajo, húmedo y guadaloso.

-Aquí debe ser la cañada -dijo Camilo-, ya debemos estar cerca.

Entre los extraviados iba un perro mío llamado Brasil, que después de haber hecho la campaña del Paraguay en el Batallón 2 de línea, me acompañaba valientemente en aquella excursión.

Brasil era un sabueso criollo inteligentísimo, mezcla de galgo y de podenco de presa, fuerte, guapo, ligero, listo, gran cazador de peludos y mulitas, de gamos y avestruces, y enemigo declarado de los zorros, únicos con quienes no siempre salía bien.

Todos le querían, le acariciaban y le cuidaban.

Los soldados conocían sus ladridos lo mismo que mi voz.

Cruzábamos la cañada, cuando se oyeron unos ecos perrunos.

-¡Ese es Brasil! -dijeron varios a la vez.

-Ahí ha de estar el capitán Rivadavia -dijo Camilo Arias.

Con efecto, guiados por los ladridos de Brasil, no tardamos en reunirnos a él.

Faltaban, sin embargo, algunos.

El capitán Rivadavia, con los que le seguían, después de haber buscado inútilmente su incorporación a mí resolvió esperar allí y hacía un buen rato que me esperaba.

Seguimos la marcha, y al entrar en unos vizcacherales, Camilo Arias me observó que debíamos estar muy cerca de algún toldo.

Las vizcachas auguran siempre una población cercana.

Corriéndolas Brasil husmeó un rastro de jinetes y caballos.

-Por allí debe ir Rufino Pereyra -que era uno de mis asistentes de confianza que faltaba-, con su tropilla -dijo Camilo al oírlo.

Un momento después oyéronse con más fuerza los ladridos de Brasil y de otros de su jaez.

A no dudarlo, íbamos a llegar al toldo de Ramón o a otro.

Seguimos la dirección de los ladridos, y al llegar a un gran corral, apareció Rufino Pereyra con su tropilla.

La madrina había perdido el cencerro en el carquejal del bañado salitroso.

Estabámos en donde queríamos.

Me aproximé al toldo.

Salió un indio, me dijo que Ramón había estado en pie, con toda la familia, esperándome hasta medianoche con la cena pronta; que no se levantaba porque estaba medio indispuesto, que me apeara, que aquélla era mi casa, que me acomodase como gustara.

Eché, pues, pie a tierra, me instalé en un espacioso galpón, donde Ramón tenía la fragua de su platería, se acomodaron los caballos, se recogieron de la huerta zapallos y choclos en abundancia, se hizo fuego; cenamos y nos acostamos a dormir alegres y contentos, como si hubiéramos llegado al palacio de un príncipe y estuviéramos haciendo noche en él.

¡Cuán cierto es que el arte de la felicidad consiste en saber conformar los deseos a los medios y en desear solamente los placeres posibles!



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