Una Excursión a los Indios Ranqueles

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios

plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo XXVIII. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Toda narración sencilla, natural, sin artificios ni afectación, halla eco simpático en el corazón.

El ideal no puede realizarse sino manteniéndonos dentro de los límites de la naturaleza.

¿O no existe, o no es verdad?

¿O no hay belleza plástica: rasgos, líneas, forma humana perfectas?

¿O no hay belleza aérea: accidentes, fenómenos fugitivos, perfección moral?

Miguelito me había cautivado.

Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi peregrinación; de la azarosa cruzada que yo había emprendido devorado por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer algo útil, grande o bueno, tenemos necesariamente que circunscribir nuestra esfera de acción.

Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo dejé un rato replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus recuerdos se disipó, le dije:

-Continúa, hijo, la historia de tu vida; me interesa.

Miguelito continuó.

-Yo no vivía con mis padres; ellos estaban sumamente pobres, y yo había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme a vivir con la familia de Regina.

Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.

Mis suegros me querían y me ayudaban a trabajar, prestándome dinero, me cuidaban y me atendían.

Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después!

Por eso los indios tienen razón en no tratarse con ellos.

-¿Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel?

-No, Miguelito. ¿Qué costumbre es ésa?

-Cuando un indio se casa, y el suegro o la suegra van a vivir con él, no se ven nunca, aunque estén juntos. Dicen que los suegros tienen gualicho.

Fíjese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgan unas mantas para no verse el yerno con la suegra.

-Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminada -exclamé para mis adentros, y dirigiéndome a mi interlocutor-: Continúa -le dije.

Miguelito murmuró:

-Son muy diantres estos indios, mi Coronel -y prosiguió así:

-Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi familia a andar como mi padre y mi madre.

Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.

Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi suegra, siempre dándole la razón a la hija.

Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me gritasen pícaro, calavera, pobretón.

Me daba rabia y no volvía en muchos días: me lo llevaba comadreando por ahí, y era peor.

Así es el mundo.

De yapa, cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.

Me daba rabia y poco a poco le iba perdiendo el cariño.

Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, a escondidas de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha necesidad de ella.

Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora.

Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere.

Lo que suele faltar es plata.

En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas tiene cinco ahora, y antes ha tenido siete. Calfucará tiene veinte. ¡Qué indio bárbaro!

-¿Y tú, cuántas tienes?

-Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad.

-¿Cómo es eso?

-Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere.

Ya verá lo que dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas hijas. ¿Y por qué cree entonces que a los cristianos les gusta tanto esta tierra? Por algo había de ser, pues.

Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:

-¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?

-Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por un lado, ellos por otro.

Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosas con la Dolores.

Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.

Aquello era una madeja que no se podía desenredar y a más habían dado en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. Decían que ella era mi tapadera y yo la del juez.

Una noche casi me desgracié con mi suegro.

Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.

Era una picardía: porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.

Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida.

Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios para afuera. Adentro había otra cosa.

Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre:

-Tené paciencia, hijo.

-¿Y la Dolores? -le pregunté.

-Siempre la veía, mi Coronel -me contestó.

-¿Y cómo hacías?

-Ahorita le voy a contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.

Yo iba casi todas las noches obscuras a casa de la Dolores.

Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí esperaba hasta que ella venía.

Mi caballo lo dejaba maneado del lado de afuera.

Cuando la Dolores venía, porque no siempre podía hacerlo, nos quedábamos un largo rato en amor y compañía, y luego me volvía a mi casa.

Un día mi madre me dijo:

-Hijo, ya no lo puedo sufrir a tu padre; cada vez se pone peor con la chupa; todo el día está dale que dale con el juez. Me ha dicho que si viene esta noche lo ha de matar a él y a mí. Y yo no me atrevo a despedirlo; porque tengo miedo de que a ustedes les venga algún perjuicio. Ya ves lo que sucedió la vez pasada. Y ahora con las bullas que andan, se han de agarrar de cualquier cosa para hacerlos veteranos.

Con esta conversación me fui muy pensativo a ver a la Dolores.

Estuvimos como siempre, desechando penas.

Nos despedimos, salté la tapia, desmanié mi flete, monté, le solté la rienda y tomó el camino de la querencia al trotecito.

Yo iba pensando en mi madre diciendo: -Si le habrá sucedido algo; mejor será que vaya para allá -cuando el caballo se paró de golpe.

El animal estaba acostumbrado a que yo me apeara en el camino a prender un cigarrito, en un nicho en donde todas las noches ponían una vela por el alma de un difunto.

Me desmonté.

El nicho tenía una puertita.

Hacía mucho viento.

Fui a abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si se apagaba la luz, no lo podría encender.

La dejé cerrada hasta armar bien.

Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de la rienda con una mano y empinándome porque el nicho estaba en una peña alta encendía el cigarro con la derecha cuando, zas, tras, me pegaron un bofetón.

Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creí que era el alma del difunto, que no quería que encendiera el cigarro en su vela; me helé de miedo y eché a correr asustado, sin saber lo que me pasaba, sin ocurrírseme de pronto que no era un bofetón lo que había recibido, sino un portazo dado por el viento.

Corría despavorido y había enderezado mal. En lugar de correr para mi casa, que quedaba en las orillas, corría para el pueblo. La noche estaba como boca de lobo. Se me figuraba que me corrían de atrás y de adelante. De todos lados oía ruido; nunca me he asustado más fiero; mi Coronel.

Al llegar a las calles del pueblo, la sangre se me iba calentando; y veía claro en la obscuridad y oía bien.

Muchas voces gritaban:

-¡Por allí!, ¡por allí!

-¡Cáiganle!, ¡dénle!

Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de reconocer.

Hice alto.

-¿Quién es usted? -me preguntaron.

-Miguel Corro -contesté.

-¡Maten!, ¡maten! -gritaron.

Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí quedo para toda la siega,

Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió luego.

-¿Y...? -le dije.

-Al día siguiente -prosiguió- me desperté en el cuerpo de la guardia de la partida. No podía ver bien, porque la sangre cuajada me tapaba los ojos. Quise levantarme y no pude.

Me limpié la cara, poco a poco fui viendo luz. Me habían puesto en el cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe cómo son los de la partida de policía, mi Coronel: los más pícaros de todos los pícaros y los más malos.

Todo ese día no vi a nadie ni oí más que ruido de gente que entraba y salía. Estarían tomando declaraciones.

A la noche entró una partida y me tiró una tumba de carne. No tuve aliento para comerla. Me estaba yendo en sangre.

Como tenía las manos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y medio me até las heridas, que eran en la cabeza y en la caja del cuerpo. Estaba cerca de un rincón y alcancé a sacar unas telas de araña. ¡Quién sabe de no cómo me va!

Pasé una noche malísima; ¡cuándo no me despertaban los dolores, me despertaban los ratones o los murciélagos! ¡Qué haber de bichos, mi Coronel! Los ratones me comían las botas y los murciélagos me chupaban los cuajarones de sangre.

Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos a donde estaba el juez.

Me preguntaron que cómo me llamaba, que cuántos años tenía y otras cosas más.

Me preguntaron que de dónde venía la noche que me aprendieron, y por no comprometer a la Dolores eché una mentira. Dije que de casa de mi madre. Fue para perjuicio.

Se me olvidaba decírle que el juez no era el que yo conocía, el que visitaba a mi madre, causante de tantos males en mi casa, sino otro sujeto del Morro.

Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones, y al otro, otras, y así me tuvieron una porción de tiempo, incomunicado, dándome a mediodía una tumba de carne y un guámparo de agua.

Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre, ni de mi padre, ni de mi mujer, ni de la Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban ganas de ahorcarme con la faja.

Por fin, una noche escuché una conversación del centinela con no sé quién, y supe que yo había muerto al juez. Así decían. Y decían también que si no me fusilaban, me destinarían. Yo no, entendía nada de aquel barullo.

Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo una seña, como diciéndome: tengo algo que decirle.

Le contesté con la cabeza, como diciendo: ya entiendo.

Más tarde entró y me dijo: -Manda decir la hija de don... que si necesita dinero que le avise.

Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: -Dele las gracias, amigo.

Y cuando el policía se iba a ir, le dije: -Me hace un favor, paisano: ¿me dice por qué estoy preso?

-Eso lo sabrá usted mejor que yo.

-¿Sabe Ud. si está en su casa mi padre, Miguel Corro?

-Sí, está.

-¿Y mi madre?

-También.

-¿Y dónde lo han muerto al juez?

-Cerca de la casa de usted, pues. ¿Para qué quiere hacerse el que no sabe? ¡No ve que ya está todo descubierto!

Me quedé confuso, no le pregunté nada más, y el hombre se fue.

A los pocos días me pusieron comunicado.

Mi madre fue la primera persona que vi. ¡No le decía, mi Coronel, que era una santa mujer!

Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre había muerto, de celos, al juez. Pero nadie sino ella lo había visto. Y a mí me creían el asesino, porque me habían hallado corriendo a pie, por las calles del pueblo, a deshoras.

Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban a fusilar y que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía.

Yo le dije:

-Mi madrecita, yo quiero salvar a mi padre.

Ella lloraba...

En ese momento entró uno de la partida y dijo:

-Ya es hora de retirarse. Se va a entrar el sol.

Nos abrazamos, nos besamos, lloramos; mi vieja se fue y yo me quedé triste como un día sin sol.

Me prometió volver al día siguiente, a ver qué se nos ocurría.

Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con expansión para proseguir, suspiró... lágrimas de ternura arrasaron sus ojos.

Me enterneció.

 


Anterior Siguiente