Una Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla
Presentación
Índice
Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.
Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.
Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.
Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.
Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.
Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.
Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.
Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.
Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.
Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.
Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.
Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.
Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.
Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.
Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.
Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.
Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.
Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.
Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.
Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.
Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley
Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.
Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.
Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?
Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.
Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.
Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.
Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.
Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.
Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.
Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.
Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.
Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.
Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.
Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.
Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.
Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.
Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.
Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.
Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.
Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.
Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.
Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.
Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.
Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.
Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!
Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.
Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.
Epilogo.
Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.
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Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez a Miguelito. La orgía había comenzado:
Este chilla, algunos lloran,
Y otros a beber empiezan,
De la chusma toda al cabo
La embriaguez se enseñorea.
Los franciscanos, comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales se habían colocado a distancia de poder acudir en auxilio mío si era necesario; los asistentes rondaban la enramada con disimulo; Camilo Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, penetrante: por aquí ando yo.
Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el peligro en la medrosa imaginación.
Es por eso que el valor a medianoche es el valor por excelencia.
Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre en las venas hasta congelarla.
Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido miedo alguna vez de noche.
De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, todo el mundo es valiente, o se domina lo bastante para ocultar su miedo.
Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público.
El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede sacar patente de cobarde.
Yo tengo un miedo cerval a los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo, si voy solo, no lo puedo remediar, es un heroísmo superior a mí mismo.
En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.
De tarde tornaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.
En dirección del bañado, donde los patos abundan más, había un rancho.
Inevitablemente debía pasar por allí, si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres cuartos de legua.
Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno.
Desde ese instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.
Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo a cuerpo.
En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía: estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.
Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo, diciéndome interiormente: "El miedo es natural en el prudente" cambiaba de rumbo, rehuyendo el peligro.
Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé a ver si temblaba.
Estaba entero, me sentí hombre de empresa, y me dije. pasaré.
Salgo, marcho, avanzo y llego al Rubicón.
¡Miserable!, temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón; pero fue en vano.
Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros.
Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuzcos o pelados.
Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él.
Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.
Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una evolución, tomó distancia y se plantó como diciendo: descarga tu arma y después veremos.
¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?
Probablemente no.
Era manso, yo lo averigüé después.
Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.
No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, a falta de otras facultades, está sumamente desarrollada.
Cualquier caballo, mula, jumento o perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.
Los pájaros se trasladan todos los años de un país a otro, emigrando a más o menos distancias, según sus necesidades fisiológicas.
Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia, vuelven a la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.
Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo, lo hacía a sabiendas. ¡Pícaro perro!
Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime!
Al primer amago de carga eché a correr con escopeta y todo; los ladridos no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos de Dios.
Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy astuto no me corre.
Y ella habría huido.
Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates, inclusive el de hacernos matar.
Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, aunque sea vieja y fea, si soy su cabaleiro servente.
Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno o arrojándose de una torre. No hay que discutirlo.
Hay héroes porque hay mujeres.
Y es mejor no pensarlo: ¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?
La presencia e inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme avasallar ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me hacían insistir, contra las reiteradas instancias de Mariano Rosas, en no retirarme.
Mi principal temor era embriagarme demasiado. A una loncoteada no le temía tanto.
Loncotear, llaman los indios a un juego de manos, bestial.
Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer fuerza para atrás, a ver cuál resiste más a los tirones.
Desde chiquitos se ejercitan en él.
Cuando a un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: ese toro.
El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y del valor. El que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta.
¡Los "yapaí, hermano" no cesaban!
Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡Winca engañando!, salía constantemente de sus labios.
El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto o trasbocando, como atacados de cólera.
Aquello daba más asco que miedo.
Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.
Tambaleaban de embriaguez.
Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.
Miguelito me decía:
-No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.
Cuando rehusaba un yapaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.
Miguelito me decía:
-Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que no lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.
Yo entonces me dirigía a algunos de los presentes y lo invitaba, diciéndole:
-Yapaí, hermano -y apuraba el cuerno o el vaso.
Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mamo, estallaba incontinenti.
¡¡Babababababababababababababababababa!!
Resonaba, ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos, gritones.
Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.
La tarde venía.
Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba a todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.
En donde hay indios, hay olor a azafétida.
Intenté levantarme del suelo para retirarme a la sordina, viendo que la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada.
Epumer me lo impidió.
¡Yapaí! ¡Yapaí!, me dijo.
¡Yapai! ¡Yapai!, contesté.
Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.
El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.
Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear a un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.
Medio perdió la cabeza.
Al llevar yo el mío a los labios me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me ampare.
Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes tornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.
Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.
El indio se puso furioso; quiso venírseme a las manos.
Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.
Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.
Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponía fuera de sí, que era mal intencionado.
-No hay cuidado -fue toda mi contestación.
El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse sobre mí, su mano estaba pegada al facón.
Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.
Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.
En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.
Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó a ponerse casi sobre mí.
-Cuidado, mi Coronel -me dijo Miguelito interponiéndose, y hablándole al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.
-¡Cuidado! -gritaron varios.
-Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza:
-No hay cuidado -contesté.
El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.
Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer, abandonaron el cuerpo a su propia gravedad; cumplíase la inmutable ley:
E caddi, come corpo morto cade!
Cesó la agitación.
Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí a mi contendor, pregunté:
-¿Por qué se ha enojado?
-Porque usted le ha llamado perro -dijo uno.
-Es falso -dijo Miguelito en araucano-, el Coronel habló de perros; pero no dijo que Epumer fuera perro.
Nadie respondió.
Efectivamente, en la broma que intenté hacerle a Epumer, por ver si lo arrancaba a sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perro.
Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles perro.
Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.
De ahí su rapto de furia.
La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.
Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas.
Otros se quedaron murmurando con indescriptible e inefable fruición báquica.
Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de aguardiente que le había reservado.
-De mil amores -contesté; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales.
Entregué el aguardiente.
Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas a la cumbre del Vesubio.
¿En qué me tendí?
Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada con palos desiguales y nudosos.
El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera.
Gozaba, cuando una serenata me despertó.
Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa
Tuve que resignarme a mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito cantado en honor mío.
¡Qué mal rato me dio el tal negro después!