Una Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla
Presentación
Índice
Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.
Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.
Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.
Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.
Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.
Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.
Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.
Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.
Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.
Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.
Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.
Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.
Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.
Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.
Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.
Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.
Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.
Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.
Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.
Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.
Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley
Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.
Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.
Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?
Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.
Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.
Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.
Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.
Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.
Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.
Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.
Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.
Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.
Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.
Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.
Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.
Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.
Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.
Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.
Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.
Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.
Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.
Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.
Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.
Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.
Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!
Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.
Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.
Epilogo.
Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.
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Al día siguiente recibí la visita del cacique Ramón, que llegó con una numerosa comitiva.
Charlamos duro y parejo, como se dice en la tierra; bebimos sendos tragos a la usanza araucana, y quedamos apalabrados para vernos en la raya de las tierras de Baigorrita, el día de la junta, que no tardaría en tener lugar.
Bustos, el mestizo que tan buena voluntad me manifestó en Aillancó, venía con él.
Le di algo de lo poco que me había quedado, y al cacique le regalé mi revólver de veinte tiros, enseñándole el modo de servirse de él, cómo se armaba y desarmaba. No pareció muy contento del arma. Es linda, me dijo; pero aquí no nos sirven las cosas así, porque cuando se nos acaban las balas no tenemos de dónde sacarlas.
Le prometí surtirlo de ellas, si teníamos la fortuna de observar fiel y estrictamente la paz celebrada.
Me contestó que por su parte no omitiría esfuerzo en ese sentido, apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de los cristianos.
-En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allí- me repitió varias veces, agregando siempre: -¡cómo no he de querer a los cristianos si tengo su sangre!
Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto, el tratado de paz.
Mi viaje tenía por objeto orillar ciertas dificultades que surgían de la forma en que había sido aceptado.
Me contestó que estaba a mis órdenes, que fuera a su toldo cuando gustara.
No le hice esperar.
Entré en el toldo.
El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.
Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con mazamorra de leche muy bien hecha.
Me preguntaron si me gustaba así o con azúcar.
Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de tela pampa.
No había almorzado aún. Comí, pues, el plato de mazamorra, sin ceremonias.
Me ofrecieron más y acepté.
Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los indiecitos y las chinas le hacían el mejor efecto al cacique.
-Usted ha de dispensar, hermano -me decía a cada momento.
Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creía que yo no le veía, me miraba de hito en hito.
Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la mazamorra, que a eso sólo se redujo el almuerzo.
Meses antes, por cartas me había invitado para que nos hiciéramos compadres.
Me presentó a mi futura ahijada.
Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.
Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.
La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.
Por fin, entramos a hablar de las paces, como se dice allí.
Mariano fue quien tomó la palabra.
-Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que consultar.
"En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.
"Allí manda el que manda y todos obedecen.
"Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales."
Como se ve, para Mariano Rosas nosotros vivimos en plena dictadura y los indios en plena democracia.
No creí necesario corregir sus ideas.
Por otra parte, me hubiera visto un tanto atado para demostrarle y probarle que el gobierno, la autoridad, el poder, la fuerza disciplinada y organizada no son omnipotentes en nuestra turbulenta república.
Aquí donde todos los días declamamos sobre la necesidad de prestigiar, robustecer y rodear al poder, siendo así que el hecho histórico persistente, enseña a todos los que tienen ojos y quieren ver, que la mayor parte de nuestras desgracias proviene del abuso de autoridad.
Recién vamos adquiriendo conciencia de nuestra personalidad; recién va encarnándose en las muchedumbres, cuya aspiración ardiente es conquistar y afianzar la libertad racional sobre los inamovibles quicios de la eterna justicia; recién vamos convenciéndonos de que lo que se llama soberanía popular es el ejercicio y la práctica del santo derecho; recién vamos entendiendo que el pueblo es todo, y que así como nadie puede reivindicar el honroso título de caballero si deja que se juegue con su dignidad personal, así también la entidad colectiva no puede enorgullecerse de sus conquistas morales, de sus progresos, de su civilización si dócil y sumisa, irresoluta y cobarde se deja uncir al carro del poder para arrastrarlo según su capricho.
Por más entendido que fuera Mariano Rosas, ¿a qué había de perder tiempo en disertaciones políticas con él?
Como yo era en aquellos momentos embajador (sic), y como siendo uno embajador debe tomar las cosas a lo serio, después de algunas palabras encomiando su conducta entré a explicar que el tratado de paz debiendo ser sometido a la aprobación del Congreso, no podía ser puesto en ejercicio inmediatamente.
Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo, Parlamento, Presupuesto y otras yerbas, de figuras de retórica campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele suceder -no recuerdo haberlo estado más de una vez, cuando renuncié a estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que puede notarse, observando en mi cráneo el órgano de los tonos-, y sea, que estuve inspirado, decía, el hecho es que Mariano Rosas se edificó.
Me convencieron de ello sus bostezos.
Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree siempre tener para el bárbaro. Me resolví, pues, a hacerle esta interpelación:
-¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?
-¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el Presidente que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender a los otros indios eso que usted me ha estado explicando.
-Haremos -continuó-, una junta grande, y en ella entre usted y yo, diremos lo que hay.
-Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.
-Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera a los indios no habría venido a esta tierra.
Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente de la República era un hombre muy bueno que se había envejecido trabajando porque se educaran todos los niños chicos de mi tierra; que no les había de abandonar a su ignorancia, que por carácter y por tendencias era hombre manso, que no amaba la guerra; y que por otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo ; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos gobernaban el país.
-Y dígame, hermano, me preguntó: -¿cómo se llama el Presidente?
-Domingo F. Sarmiento.
-¿Y es amigo suyo?
-Muy amigo.
-Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha hecho usted?
-Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel y mi obligación es obedecer.
"El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además, si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo."
-¿Y Arredondo es amigo del Presidente?
-Muy amigo.
-¿Más amigo que usted?
-Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad no se mide, se prueba.
-Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?
Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución, no se había de llamar de algún otro modo también? Me vi en figurillas.
-La Constitución, hermano... La Constitución... se llama así no más, pues, Constitución.
-Entonces, ¿no tiene nombre?
-Ese es el nombre.
-¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?
-Sí.
-¿Y es buena o mala la Constitución?
-Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.
-¿Y usted es amigo de la Constitución?
-Muy amigo, por supuesto.
-¿Y Arredondo?
-También.
-¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?
-Los dos somos muy amigos de ella.
-Y el Congreso, ¿cómo se llama?
-El Congreso... el Congreso... se llama Congreso.
-¿Entonces no tiene más que un solo nombre lo mismo que la otra?
-Uno solo, sí.
-¿Y es bueno o es malo el Congreso?
-(¡Hum!)
Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar. Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba a hacerlo, dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo. Mariano se levantó para espantarlos, gritando: "¡Fuera!, fuera!" Yo aproveché la coyuntura para retirarme.
Entré en mi rancho, me senté en la cama, apoyé los codos en los muslos, la cara en las manos y me quedé por largo rato sumido en profunda meditación.
-He perdido el tiempo -me decía con los ecos del espíritu-. No es tan fácil explicar lo que es una Constitución, lo que es un Congreso.
Mariano Rosas, había entendido perfectamente lo que es un Presidente, primero porque tenía otro nombre, porque se llamaba Domingo lo mismo que había podido llamarse Bartolo; segundo, porque mandaba el ejército.
Por consiguiente, resulta de mi estudio sobre las entendederas de un indio, que el pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley.
Los símbolos impresionan más la imaginación de las multitudes, que las alegorías.
De ahí, que en todas las partes del mundo donde hay una Constitución y un Congreso, le teman más al Presidente.
Algunas horas después volví a verme con Mariano.
Viéndole festivo, aproveché sus buenas disposiciones y le pedí permiso para decir una misa, al día siguiente, manifestándole el vehemente deseo de oírla que tenían muchos de los cristianos cautivos y refugiados en Tierra Adentro.
Llevéles la buena nueva a mis franciscanos, y, como verdaderos apóstoles de Jesucristo, la recibieron con júbilo.
Resolvimos decirla si el tiempo estaba bueno, si no había viento o tierra, en campo raso, apoyando el altar sagrado en el viejo tronco de un chañar inmenso, cuyos gajos corpulentos le servirían de bóveda.
Mañana estaremos de misa.