Una Excursión a los Indios Ranqueles

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plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Al día siguiente, me levanté con el sol, y me ocupé en los preparativos de la marcha para las tierras de Baigorrita.

Le anticipé un chasqui, de acuerdo con Mariano Rosas, y a las dos de la tarde mandé arrimar las tropillas.

Se ensilló en un momento. Hacía días que no andábamos a caballo y todos estaban con ganas de sacudir la pereza.

Camargo debía acompañarme. Su misión consistía en observarme de cerca, a ver qué conversaba con Baigorrita. Mi hermano Mariano, a pesar de sus protestas de adhesión y simpatía, abrigaba desconfianza. Mi viaje lo preocupaba. No comprendía que debiendo verlo a Baigorrita en la junta que se celebraría a los cuatro días, me incomodase en ir hasta sus tolderías.

La idea de una intriga para hacerlo reñir con su aliado trabajaba su imaginación.

Por eso iba Camargo conmigo, con la orden terminante de asistir a todos mis parlamentos y entrevistas y el encargo de no separarse un momento de mi lado por nada ni para nada.

Debía ser mi sombra.

Mi excursión a Quenque tenía, sin embargo, la explicación más plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos a bautizar mi futuro ahijado, y al mismo tiempo, a conocer más el desierto, penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.

Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.

El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no se borra de la memoria de los indios.

La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas de Urquiza.

Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: "Dios no lo ha de ayudar nunca, porque traicionó a sus hermanos".

Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino que peleó e hizo correr sangre, para venirse a Junín junto con el Regimiento 7º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.

Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar para que se vea que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos, mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para que nos ayudaran a exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano Rosas.

Así fue que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de ello y le di las gracias.

Me había propuesto hacer consistir mi diplomacia en ser franco y veraz. Me parecía un deber de conciencia y una regla imprescindible de conducta, en mi calidad de cristiano, nombre que debía procurar a toda costa dejar bien puesto. De consiguiente, nada tenía que temer de la fiscalización de mi astuto agregado.

Eran las dos y media de la tarde cuando nos movimos de Leubucó, alegres y contentos, felices y esperanzados, lo mismo que al salir del fuerte Sarmiento.

¡Es tan agradable el varonil ejercicio de correr por la Pampa, que yo no he cruzado nunca sus vastas llanuras sin sentir palpitar mi corazón gozoso!

Mentiría si dijese que al oír retemblar la tierra bajo los cascos de mi caballo, he echado alguna vez de menos el ruido tumultuoso de las ciudades, donde la existencia se consume en medio de tan variados placeres.

Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo, su sublime y poética soledad a estas calles encajonadas, a este hormigueo de gente atareada, a estos horizontes circunscritos que no me permiten ver el firmamento cubierto de estrellas, sin levantar la cabeza, ni gozar del espectáculo imponente de la tempestad cuando serpentean los relámpagos luminosos y ruge el trueno.

Hacía un día hermoso.

Ibamos despacio. Las cabalgaduras habían sufrido bastante, extrañando la temperatura, el pasto y el agua; debía pensar no tanto en la vuelta a Leubucó, como en la vuelta a mi frontera. Saliendo de Leubucó, rumbo al sud, se entra en un arenal pesado, se cruzan algunos pequeños médanos y a poco andar se entra en el monte. A la salida de éste se encuentra la primera aguada, una lagunita con jagüeles, bordada de espadañas y de riente vegetación en sus orillas. El terreno es bajo y húmedo.

Son como dos leguas de camino que fatigan los caballos como cuatro. Descansamos un rato. Nadie nos apuraba. Allí me hizo Camargo su primer conferencia. Como hombre de mundo, estaba convencido de mi buena fe y comprendía que no siendo honroso el papel que debía hacer a mi lado, convenía ponerme en autos para que me explicase su actitud, de la que no podía prescindir, porque a su vez él debía ser espiado por alguien, aunque no pudiera decir por quién.

El espionaje recíproco está a la orden del día en la corte de Leubucó.

Varias veces, hablando allí con personas allegadas a Mariano Rosas sobre asuntos que no eran graves, pero que podían prestarse a conjeturas y malas interpretaciones, me dijeron aquéllas:

-Hable despacio, señor, mire que ése que está ahí nos escucha.

¿Quién era?

Unas veces, un cristiano sucio y rotoso, que andaba por allí haciéndose el distraído; otras, un indio pobre, insignificante al parecer, que acurrucado se calentaba al sol, y a quien yo le había dirigido la palabra sin obtener una contestación, no obstante que comprendía y hablaba bien el castellano.

De esta práctica odiosa nacen mil chismes e intriguillas, que mantienen a todos peleados, fraternizando ostensiblemente, y odiándose cordialmente en realidad.

Mediante ella, Mariano sabe cuanto pasa a su alrededor y lejos de él.

Esas numerosas visitas que recibe cotidianamente, muchas de las cuales vienen juntas del mismo toldo y lugar, son sus agentes secretos; espían a los demás y se espían entre sí.

El cristiano o el indio más cuitado en apariencia, es su confidente, conoce sus secretos.

De ahí venían en parte la influencia, los fueros y el favor de que disfrutaba el negro del acordeón. No en vano experimentaba yo hacia él una repulsión instintiva.

Refrescadas las cabalgaduras siguió la marcha.

El terreno se iba doblando gradualmente, cruzábamos una sucesión de medanitos, que se encumbraban por grados, divisábamos una ceja de monte, y en lontananza, hacia el sudoeste, las alturas de Poitaua, que quiere decir: lugar desde donde se divisa , o atalaya.

Las brisas frescas de la tarde comenzaban a sentirse, galopamos un rato y entramos en el monte.

Eran chañares, espinillos y algarrobos. Estos últimos abundaban más. Es el árbol más útil que tienen los indios. Su leña es excelente para el fuego, arde como carbón de piedra; su fruta engorda y robustece los caballos como ningún pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve para elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer patai pisándola sola, y pisándola con maíz tostado una comida agradable y nutritiva.

Los indios siempre llevan bolsitas con vainas de algarroba, y en sus marchas la chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan la coca. Es un alimento, y un entretenimiento que reemplaza al cigarro. A propósito de cigarro, aprovecharé este momento, Santiago amigo, para decirte que los indios aman tanto el tabaco como el aguardiente.

Prefieren el negro del Brasil a cualquier otro. Los Pampas azuleros hacen este comercio, y los chilenos les llevan con el nombre de tabaco, una planta que no he podido conocer, que he fumado, y me ha hecho el mismo efecto del opio, es fuertísima.

Todos los indios saben fumar, lo mismo que saben beber; pasaría por persona mal educada quien no supiera hacerlo.

Fuman el tabaco de tres modos: en forma de cigarro puro, en forma de cigarrillo y en pipa.

Este último modo es el que les gusta más.

No hay indio que no tenga su cachimbito.

Ellos mismos los hacen, y con bastante ingenio.

Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los lados un agujerito, en el que colocan un dedal, con otro agujerito que coincide con el taladro.

El que quiera hacer una pipa a lo indio, ya tiene la instrucción. Recomiendo esta clase de pipas a los aficionados al tabaco fuerte; en ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son iguales.

Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse. Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra del mismo modo. A la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y quedan profundamente dormidos.

Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado hacia una cañada. Allí íbamos a parar, haciendo noche al borde de una lagunita llamada Pitralauquen , lo que quiere decir laguna de los flamencos . Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de estos pájaros.

El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie a tierra.

La lagunita, que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular, estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente sobre la líquida superficie.

Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que no se inquietaron por nuestra aproximación.

Campamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas, organizando la ronda, no fueran a darnos un malón, se buscó leña y no tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón. Los franciscanos se habían molido un poco.

Su pensamiento dominante era descansar, en tanto hacían un buen asado. Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas. Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyo nido saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.

Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de prisa, porque hacía fresco, y ganando el fogón, que a una vara de distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.

Al rato comíamos, y Mora, mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no estoy trascordado, ofrecí contar su vida.

Mora es un hombrecito como hay muchos, de regular estatura. Un observador vulgar le creería tonto; se pierde de vista. Es gaucho como pocos, astuto, resuelto y rumbeador. No hay ejemplo de que se haya perdido por los campos. En las noches más tenebrosas él marcha rectamente a donde quiere. Cuando vacila se apea, arranca un puñado de pasto, lo prueba y sabe dónde está. Conoce los vientos por el olor. Tiene una retentiva admirable y el órgano frenológico en que reside la memoria de las localidades muy desarrollado. Cara y lugar que vio una vez no las olvida jamás. Sólo estudiando con mucha atención su fisonomía se descubre que tiene sangre de indio en las venas. Su padre era indio araucano, su madre chilena. Vino mocito con aquél a las tolderías de los ranqueles, formando parte de una caravana de comerciantes y se enamoró de una china, se enredó con ella, le gustó la vida y se quedó agregado a la tribu de Ramón. En Chile su padre había sido lenguaraz de un jefe fronterizo, peón y pulpero. Vivía entre los cristianos. Mora es industrioso y trabajador, tiene hijos, quiere mucho a su mujer, posee algo y saldría del desierto si pudiese arrear con cuanto tiene. Pero ¿cómo? Es empresa difícil, imposible. Mora ha estado a mi servicio unos cuantos meses, sirviéndome con decisión y fidelidad. Tiene buenos sentimientos, ideas muy racionales, conoce que la vida civilizada es mejor que la del desierto; pero ya lo he dicho, está vinculado a él hasta la muerte, por el amor, la familia y la propiedad. Habla el castellano a la chilena, perfectamente, disminuyendo lo mismo los sustantivos, que los adjetivos y los adverbios. Nunquita , me ha sucedido perderme por allicito yendo solito es como él dirá. El araucano lo conoce bien, y es uno de los lenguaraces más inteligentes que he visto. Ser lenguaraz es un arte difícil; porque los indios carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente, y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante. Por ejemplo, esta frase: Si usted tiene conciencia debe tener honor, no puede ser vertida literalmente, porque las ideas morales que implican conciencia y honor no las tienen los indios. Un buen lenguaraz, según me ha explicado Mora, diría: Si usted tiene corazón, ha de tener palabra, o si usted es bueno no me ha de engañar. Por supuesto que Mora, no obstante la pintura favorable que de él he hecho, no es nene que se retrae de ir a los malones . Al contrario, va en la punta, y por eso tiene con qué vivir. En unas tierras se trabaja de un modo y en otras de otro, como él me dijo, haciéndole yo cargos de que un hombre blanco, hijo de cristianos, bautizado en Los Angeles, que podía ganar su vida honradamente llevara la existencia de un salteador.

Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más o menos lo que queda consignado en el párrafo anterior, terminábamos de comer.

Estaba helando.

Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los frailes a mi lado -los cuidaba como a las niñas de mis ojos-, y traté de dormir.

La creación estaba en calma, el silencio del desierto no era interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, o por el graznido de las aves de la laguna.

La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de mustias estrellas.


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