Memorias de un Sargento de Gendarmería

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Capítulo X. BAQUEANOS

Andando entre la selva o en lugares que uno no conoce, no hay que darse de "sabedor", ni hacer alarde de baqueano. Esto lo digo porque he visto casos (y lo que es peor, de haberlos soportado con mi propio "cuero") a baqueanos y conocedores que antes de salir ya estaban perdidos, porque no conocían, ni sabían lo que es una palma, picada o senda. Para saberlo, se necesita conocer muy bien el terreno, aunque no sea por carta. El suscritos, sin ninguna jactancia y sin darse de baqueano, puede decir que en toda la provincia de Formosa y más en la jurisdicción del escuadrón Clorinda, jamás ha precisado de cartas ni brújulas, elementos artificiales que serán muy útiles para orientarse; pero en los lugares conocidos no hay como los medios naturales, abras, picadas, aguadas, esteros vegetales, marca y señal de animales habidos en los campos que se vayan cruzando, vacunos, yeguarizos, pues por esto último se sabrá de seguro, en qué campo uno se encuentra y a quien pertenece. Pero para esto no se trata de fijarse en uno o dos animales, sino en los dormideros o aguadas por donde vayamos pasando y donde haya varios animales de la misma marca y señal. Hay que abrir bien los ojos y saber que de tal picada a tal picada (o ya sea abra o palmeral) hay tantas leguas y más o menos la exactitud de la distancia y el rumbo a tomar. Esto es lo más esencial: ¡el rumbo! Hay que saber los pasos que son vadeables a caballo o a píe; así se estará seguro de pasar o andar sin contratiempos o accidentes, los cuales muchas vidas ha costado a nuestra institución.

Dije anteriormente que uno no debe tildarse de baqueano si no lo es, porque a veces por ese motivo fracasa una misión asignada, o bien ocurren accidentes con los equipos o el mismo personal y andan en el monte como "turcos perdidos en la neblina", dando vueltas y más vueltas sin poder hallar el camino o la senda, que nos conduce a un lugar determinado, con el consiguiente malestar para el personal o las bestias y lo que es más triste, atormentados por el calor, el peso de las armas y elementos, por los mosquitos, tábanos y demás plagas del Pilcomayo. Cierta vez, un baqueano casi hace ahogar a toda una sección. Decía conocer bien los pasos. Quería hacernos pasar el río Porteño en un lugar que formaba un cajón. ¡De haberle hecho caso, no hubiéramos contado el cuento...!

Otra vez, por la "pericia" de otro baqueano, dimos cincuenta vueltas por el mismo lugar, con una sección completa, estando nuestro objetivo a sólo quinientos metros de donde nos encontrábamos. Más de uno de nosotros sabe lo que es estar tres o cuatro horas abriendo picadas a machete limpio dentro del monte.

Cuando el que va adelante es baqueano de verdad, hay que dejarle que siga, no interrumpirle en el rumbo, diciéndole aquí o allá porque a uno nomás le parezca o porque alguna vez haya pasado por ese lugar. Si el baqueano se llega a desatinar por un momento, hay que dejarlo tranquilo, hasta que dé con el rumbo que desea y no decirle por ejemplo "esto es así o asá": lo único que se logrará es confundirlo. Lo mejor (y éste lo sabe de sobra) es que de noche o de día al desatinarse, conviene parar a descansar; si es de día, por la vegetación, pastos, sendas u otros medios que él solamente conoce; o si es de noche, por los astros (y porque verdaderamente conoce, más que todo) encontrará de nuevo el rumbo deseado.


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