Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
Con todos estos nombres se denominaba al Yaguareté de nuestra fauna en la provincia de Formosa y sobre las costas del río Pilcomayo. Este carnicero hoy se va extinguiendo, debido a que nuestro "Chaco" se va poblando cada día más. Se le persigue por el daño que hace en las haciendas; pero siempre se le encuentra, habiendo gente que no se anima a cruzar de noche por los montes, por el temor de encontrarse con algún "cebado" o una "tigre" con sus cachorros siendo ésta mucho más peligrosa. Por los lados de Soledad, San Carlos, Rodeo, Curuzú "Cruz", Galileo, La Aurora, La Angela, Campos de Moscarda, La Unión, San Ramón, Los Toldos, Chagady y otros muchos lugares, se sabían encontrar en aquel entonces con más frecuencia. En esos tiempos se encontraban de esos carnívoros que hacían estragos en las estancias, debido a que, si mataban muchos animales, ya sea vacunos, cabras u ovejas, muy poco de ellos aprovechaban, pues se acostumbraban a devorar a una sola; a las demás las mataban por simple diversión, por el instinto de hacer daño.
Esta fue la causa por la cual, militando yo en Laguna Blanca, una sección del escuadrón Clorinda, se nos apersonaron pobladores y estancieros del lugar, poniendo en nuestro conocimiento que estos animales les habían causado mucho daño y que, si no se les perseguía, era porque no había gente que se les animara, porque había muchos con cachorros; y que se sabía de gente que no había vuelto de regreso después de internarse en el monte, ya sea en busca de caza o miel o por alguna diligencia, porque no tenían armas adecuadas para enfrentarlos, y porque estos felinos, una vez "cebados" o con cría, se vuelven taimados cazadores de hombres y éstos se convierten de cazadores en cazados. Después de escuchar a esa gente, el jefe de la sección despachó una comisión para terminar con los carniceros. Salimos tres gendarmes y un suboficial y llegamos a una estancia, propiedad de un tal Escribano, donde preparamos la cacería.
Conste que no nos hacía mucha gracia. Pelear con lo que se ve y tirotearse con algún malhechor no da miedo, porque uno actúa viendo al enemigo o sintiéndolo; pero el Yaguareté (y más si es "cebado" o con cría) ataca como el rayo, y cuando se le siente venir es porque ya se lo tiene encima. Así, por esta razón no nos hallábamos muy seguros. Organizada la partida, salimos en horas de la tarde. Llevábamos dos baqueanos y una cuadrilla de perros, entre los que venían tres "tigreros", créditos de la estancia. A la entrada del sol encontramos rastros en lo más intrincado del monte. Colocamos varias trampas, preparadas con "Winchester" y escopetas "Cimbras" dispuestos en la misma forma que para cazar carpinchos. Al tocar el animal el cebo o la soga, acciona al disparador del arma; el "cebo" es el animal o pedazo de carne que se coloca para atraerlo. O bien se coloca en el "carril", huella por la que acostumbran a pasar los animales con frecuencia. El proyectil que se dispara por la forma mencionada casi siempre da en la paletilla o en la cabeza. Colocadas las trampas, seguimos avanzando guiados por los baqueanos. Esos animales caminan mucho y es difícil encontrarlos en un mismo lugar. Llegando la noche, acampamos a menos de una legua de donde pusimos las trampas. En la noche y bajo nuestros mosquiteros, sentíamos los bramidos de los "Petisos"; cada uno nos hacía estremecer; algunos se sentían bastante cerca, o por lo menos, así nos parecía a nosotros. Los perros empezaban a aullar y la mayoría, porque estábamos acampados a la orilla del río, cruzaban a nado y se quedaban en la otra costa. Casi no dormimos, a decir verdad; los veíamos en todas partes, hasta en la copa de los árboles. Conversando entre nosotros, dijo uno de los gendarmes: "¿No se nos vendrán por retaguardia estos locos?".
Al amanecer, revisamos las trampas. Vimos los rastros donde habían dejado la marca, probando las fuerzas de sus garras; pero bien zorros, ni se arrimaron a aquéllas. Dijo uno de los baqueanos que los rastros nuestros no habían sido bien borrados y que habían olfateado el peligro y desconfiado. Les seguimos el rastro, y viendo que uno de los baqueanos siempre se quedaba atrás del grupo, le dije: "¿Sabe, Don Ojeda, que los yaguaretés acostumbran a atropellar a los que quedan a retaguardia?". Decirle esto y pasar adelante del grupo fue una sola acción. Al rato, como se hicieran más recientes los rastros, me arrimé y le dije: "¡Tenga cuidado, amigo, porque si aparecen de golpe no le van a dar tiempo a accionar!". Lo único que me contestó fue: "¡Añeté, Chamigo!" (cierto, mi amigo) y se puso en medio del grupo. Al rato, atropellaron los perros, aunque la mayoría de ellos salieron a la disparada como alma que lleva el diablo, con el rabo entre las patas. Habían encontrado el rastro ansiado y andaban muy cerca de los felinos, y sintiendo el hedor que despiden estos animales, cuando se sienten acorralados, al mismo tiempo que golpean las orejas como castañuelas, fue que atropellaron los perros. Llegamos a un garabatal enorme, mezclado con yuguerices y caraguatales, arbustos espinosos muy comunes en los lugares donde se esconden los carniceros y animales salvajes. En un zanjón muy profundo, de más o menos cuatro metros, sentíamos bramar al felino y ladrar a los perros. Por ahí, llegó uno, con las entrañas afuera, arrastrándose penosamente. Dijo uno de los baqueanos: "¡Lo tienen acorralado!". Nos abrimos paso a fuerza de machetazos, clavándonos infinidad de espinas, mientras los yuguerices nos abrazaban "cariñosamente", desgarrándonos ropas y carnes. Llegamos al lugar y allí estaba el Señor de la Selva, empacado, junto a un gran "Francisco Alvarez" (árbol corpulento de gran tamaño de la zona). De los ojos le saltaba fuego. Cerca de él, unos cuatro o cinco perros, poco baqueanos y audaces, habían pagado cara su osadía al acercarce demasiado. Cuando nos dio "tiro", un chumbo de carabina entre los ojos lo dejó "sin vida, y le "prendí" otro más (por las dudas) entre la paletilla. Estaba bien muerto y sin embargo, nos infundía respeto. Quedamos unos quince días en la cacería. "Volteamos" una pareja más y un tigre viejo, que de tan viejo hasta el color de la piel había perdido, puro hueso y falto de colmillos. Al cuerearlo, encontramos una bala de 44 entre sus paletas, ¡quién sabe de qué tiempo! Al llegar a la estancia, la gente no sabía cómo agradecernos de contentos. Nos invitaban a pasar la licencia en sus campos; pero los mosquitos y las plagas nos hicieron desistir, más pensando en lo lindo que eran sesenta días en Buenos Aires después de estar dos años entre el monte y los bichos.
Cierta vez salimos en comisión con un gendarme de apellido Fernández, a la estancia "Curupaity" de la jurisdicción Llegamos a ésta oscureciendo. Después de dar a conocer al encargado el motivo de nuestra llegada, nos dijo que hiciéramos noche en la estancia, lo que aceptamos gustosos, pues estábamos un poco cansados y al otro día debíamos seguir viaje hasta Soledad, un grupo de gendarmería, por una averiguación. Después de cenar y debido al gran calor, nos tendieron unos catres en el patio, debajo de una ramada. Luego de conversar un rato nos quedamos dormidos, rendidos por la galopada y el montón de leguas que habíamos hecho ese día. Me contó después mi compañero que, sintiendo inquietos los caballos, que habían quedado en un piquete chico al lado de los ranchos que componían la población de la estancia, porque debíamos salir a la madrugada, se levantó; para él, serían más o menos las dos de la mañana, y dijo que no me llamó ni me despertó, creyendo que no iba a hacer falta mi presencia. Siguió contando que los caballos bufaban y disparaban a lo largo del piquete mencionado; en el trayecto se "topó" con lo que a él le pareció al oscuro un perro grande; éste le siguió y él le espantó para que se fuera, pero más el perro se le arrimaba. Enojado porque no le hacía caso, le amagó un puntapié, al tiempo que le gritaba para que le dejara tranquilo. "¡Ay, Dios mío! —decía Fernández; recién caí en la cuenta, al hacerse un claro por la luz de la luna, que se trataba de un feroz yaguareté, arrastrando una gruesa cadena. No hice más nada; me quedé paralizado, mudo; creo que hasta mi corazón dejó de latir: quería caminar y no podía; quería llamarte y no podía articular palabra alguna. Fue entonces que llegaron el encargado y un peón y me sacaron de esa situación para mí de pesadilla..."
Al rato de pasarle esto a mi compañero y sintiendo conversar, me levanté y me dirigí hacia el lado de las voces. Ya venían los nombrados, a quienes seguía el felino, dócil como un cordero. También a mí me causó impresión, aunque fuese cachorro, pero bien, desarrollado. A todo esto, no pudimos dormir más y le dijimos al encargado que íbamos a tomar unos mates para continuar nuestro viaje.
Curioso por la presencia del carnicero, les pregunté, mientras mateábamos, cómo había venido a parar a la estancia. Nos contó el encargado que hacía unos meses, andando de "mariscada" de caza, dos cazadores encontraron dos cachorros de tigre entre unos matorrales y yuquerices en plena selva.
Ya se los llevaban cuando al pasar por una picada, los sorprendió y se les abalanzó una feroz tigre, madre de los cachorros y que, gracias a la serenidad de uno de ellos, un tal Cáceres (que todavía reside en Laguna Blanca) pudieron salir con vida de ese encontrón, no sin haber recibido el nombrado heridas y desgarrones de los que apenas pudo salir con vida, quedando casi inutilizado. Nos refirió también que al llevarles los cachorros, la tigra, después de volver de su recorrido y encontrarse sin la cría, les siguió el rastro y ¡cuando menos se lo pensaron, se les apareció!
Uno de ellos corrió y alcanzó a cubrirse detrás de un árbol, mientras Cáceres, más sereno, le disparó un tiro de escopeta. Vaya a saber si por la fatalidad o por la nerviosidad del momento, no acusó la fiera el impacto en forma debida; herida, no le dio tiempo a hacer el segundo disparo. La fiera se le abalanzó por segunda vez. Ya él la esperaba a pie firme con el machete de monte, dándole un soberano hachazo en la cabeza; rodaron hombre y felino abrazados, perdiendo aquél el machete en la lucha. Sin embargo, lejos de amilanarse, alcanzó a sacar el puñal que llevaba en la cintura, con el que ultimó a la fiera. El compañero, detrás de un tronco, asistía al terrible drama y despavorido no atinaba a disparar sobre la fiera por temor de herir a su propio compañero. Lo llevó a la estancia y también a los cachorros; el herido fue trasladado al hospital de Clorinda para la curación de las horribles heridas recibidas. Uno de los cachorros fue llevado al escuadrón y el otro se quedó en la estancia y fue el mismo que asustara esa noche a mi compañero. Después que oímos el relato y mateamos, me dijo el gendarme: "Vamos a seguir viaje, compañero". Más tarde y viéndolo pensativo, le pregunté qué le pasaba, contestándome: "¡Pero se da cuenta, amigo; hay tipos que deberían estar encerrados! ¡Mire que tener estos «gatitos» paseando por el patio! ¡Está bien que sean cachorros y que los hayan criado desde chiquitos, pero si me hubiese desconocido, o bien despertársele el «indio» en esos momentos!"... Me quedé callado y pensé para mis adentros: "O se olvidaron de contarnos de que andaba suelto el cachorro en cuanto llegamos, o nos hicieron el chiste los de la estancia, medio malo si se quiere, más para mi compañero. Creo que jamás va a amagar un puntapié a un perro, si es de noche, y menos cerca de la costa del Pilcomayo..."