Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
Muchos gendarmes recordarán el "Escuadrón Clorinda", sus secciones, sus grupos, sus puestos, como yo los recuerdo por haber militado en casi todos ellos: Laguna Blanca, Espinillo, El Paraíso, Naic Neck, Pilcomayo, Buena Vista, El Porteño, Siete Palmas, Algarrobo, Asunción Cué. Esos fueron los primeros; más tarde se formaron y fundaron Bouvier, La Unión, Resquin, Chagaday, Puerto Ramos, Zanjita Soledad, San Carlos, La Angela, San Ramón, este último cerca del fortín paraguayo General Brugué, todas dependencias de nuestro querido escuadrón. Cada uno de ellos guarda un poquito de historia cuartelera; los nombrados primero fueron las primeras dependencias en los tiempos difíciles, sin medios ni recursos. Contábamos nada más que con nuestra buena voluntad. Se fueron formando a fuerza de sacrificios, soportando temperaturas increíbles, plagas de todas las especies, acarreando palmas y cortaderas, amasando barro para sus construcciones. Todo el acarreo se hacía en carros tirados por bueyes, porque en otra forma era imposible entrar en esos esteros y selvas, yendo delante de ellos dos hombres a caballo o a pie, abriendo picadas a machete limpio, los que se turnaban de vez en cuando con los demás.
Más de uno recordará al "Abuelo", "Sangre", "Overo", "Mancha", "Yaguané", "Valoy", "Ciervo", "Noble" y muchos otros bueyes, que contribuyeron en la mayor parte de nuestras fajinas, y que hacían el trayecto con la carga de los diferentes elementos para la construcción de los edificios. Más de uno también recordará a aquellos nobles caballos, "Primor", "Vasco", "Pampa", "Regalón", "Bonito", "Señuelo", "Oveja", "As de Espadas", "Sombra", "El Mulo", "El Abuelo"; las mulas "Malena", "Nena" y muchos otros en los que hacíamos leguas y leguas llevando el correo desde Clorinda a Espinillo. Cerca de cincuenta leguas había entre estos dos pueblos, distancia que se cubría todos los sábados llevando la correspondencia, o en comisión o patrulla, acompañando al oficial de administración en pago de haberes, por los puestos, grupos y secciones mencionados anteriormente.
Cierta vez, llevando correspondencia desde Laguna Blanca a Espinillo, en dos caballos, uno de tiro, otro en el que yo iba montado, en una distancia de doce leguas entre una sección y otra, se asustó el caballo que llevaba la carga, corcoveando. Lo mismo sucedió con el que yo iba montado y por no soltar al que llevaba de tiro, por la correspondencia que portaba, me despidió violentamente y fui a dar contra el suelo, golpeándome, pero sin soltar a mi montado; el otro disparó tirando la carga de la correspondencia, encomiendas, cartas, que más que eso parecían "papelitos de aeroplano" por la forma en que se diseminaron por todas partes. Era un lugar desierto, un palmeral. Viendo el desastre, me tomaba la cabeza, cuando al rato volvió el caballo que había huido, debido a los relinchos que daba su compañero, al que yo había asegurado a una palma. Lo até también y me dispuse a juntar la correspondencia. Mi pierna se había hinchado enormemente, doliéndome bastante. Pensé que una vez que se me enfriara, ya no me iba a poder mover, así que me vendé con mi faja lo mejor que pude. Tardé media hora en juntar la correspondencia y la montura del carguero, pero me pareció mucho más; me dolía enormemente la pierna; pensé en descansar, pero si lo hacía ¡quién sabe si me iba a poder mover! Socorro no esperaba; menos mal que esto había sucedido temprano, que si no, quién sabe cómo lo hubiera solucionado. Ensillé, cargué la correspondencia y monté con sumo cuidado, debido a que recelaba que los caballos se me espantaran de nuevo y así fue que hice al paso las siete leguas que me faltaban. "Me costó un triunfo": creo que hasta recé. Llegué a la sección Espinillo a las once de la noche, después de andar siete larguísimas horas. Hablé con el jefe de guardia sin poder desmontar y éste me ordenó: "¡Baje, gendarme!". Fue lo último que escuché; me desperté en la enfermería; no sentía la pierna, por lo que me asusté; pero el enfermero me conformó diciendo: "No es nada, gendarme; ya está bien enyesado y fuera de peligro..." Y después agregó: "Un poco más y de haberle tomado la gangrena, le habríamos cortado la pierna".
Me acuerdo un día en que nos dijo un oficial a cargo de una comisión: "Pero ¿cuándo irán a estar buenos estos caminos?". No quejándose, sino pensando que algún día sería una "bicoca" trasladarse de Clorinda a Espinillo sentado en algún cómodo vehículo; mas de pronto y después de decir esto, nos "topábamos" con unos camaradas que traían un convoy de carretas con forraje y los víveres para el personal y familiares de Espinillo. Ellos habían salido unos cuantos días antes que nosotros de Clorinda, y habían pasado las de "Caín" en el estero Sastro, cerca de Laguna Blanca, habiendo estado unos cuantos días empantanados, saliendo de un pozo y metiéndose en otro. A una de las carretas se le había roto y desgranado una rueda teniendo que arreglarla ellos mismos, con sus propias manos y las pocas herramientas que llevaban, pues ¡quién les iba a prestar ayuda en esas soledades...!
Viendo nuestro jefe el estado lamentable de nuestros camaradas de armas, y después de prestar toda nuestra ayuda posible, al seguir el viaje nos dijo: "¿Ven? Por eso no hay que quejarse, y conformarse; a veces piensa uno que está embromado, porque hace unas leguas a caballo o porque los mosquitos y el sol nos mortifican; pero ya ven, estos compañeros están peor que nosotros, y habrá otros que estarán peor aún"... Se quedó pensando, para luego agregar: "Bueno, vamos a aprovechar esta lonja seca para galopar, a ver si llegamos antes del anochecer a Buena Vista". ¡Estos eran nuestros jefes! Se nos ganaban muy adentro con su manera de filosofar y pensar, nuestros inolvidables jefes del querido escuadrón. . . Si hubo mandones y prevalecidos en su grado o jerarquía, ¡allá ellos!; éstos pasarán al olvido, como objeto sin valor, sin trascendencia; mas los otros estarán en el recuerdo de cada ciudadano que haya tenido oportunidad de conocerlos o del gendarme que actuó bajo sus órdenes.
Todas nuestras dependencias no eran más que pedacitos de mi escuadrón, perdidos o enclavados entre las soledades del monte, selvas y palmerales, donde ondeaba en un mástil (casi siempre de palma) nuestra blanca y celeste, idolatrada centinela de nuestras fronteras. ¡Qué indescriptible alegría sentía al verla flamear, después de una agotadora comisión o patrulla! Parecía que nos daba más fuerza para seguir, para llegar.
Existían en esos tiempos (o mejor dicho reinaban) en ese desierto innumerables bandidos y malevos de toda especie y calaña, que después fueron desapareciendo paulatinamente con el progreso y nuestra llegada. Es que ya habían cambiado las cosas, ya no estaba la "pobre" policía (y esto no lo digo por menoscabar a nadie, cada cual a su tiempo) que no contaba más que con uno o dos hombres, por cada quince o veinte leguas, entre jurisdicción y jurisdicción, con una lata "vieja" o un "viejo" Colt, que la mayoría de las veces en caso de apuro, no funcionaba; ahora habían cambiado las cosas y estaban los "Curepíes", "Yaguases", o "Mate Cocido", como ellos nos llamaban, gente joven disciplinada, con buenas armas, bien entrenados para el combate y uso de aquéllas; por eso desaparecieron para dar lugar al progreso, y por eso todas esas dependencias hoy son pueblos progresistas, con haciendas, plantaciones y chacras por doquier. Clorinda ha sido nombrada ciudad hace tiempo, y este lugar, hasta hace poco ignorado por muchos (aquello en que cuando llegamos, no había más que casas de adobe, dos o tres comercios y un montón de "negros" e "indios", como decían los turistas que nos visitaban de paso), hoy es una verdadera ciudad con usina propia, barrios populares, calles bien demarcadas, bien arboladas, hospital con sala de maternidad y de primeros auxilios, escuelas modernas, infinidad de casas y comercios, en fin todo lo que posee una ciudad moderna. Ese adelanto se debe, en parte, a ese pequeño "grano de arena", con que han sabido contribuir los hombres de mi inolvidable "Escuadrón Clorinda".
Más de uno recordará los famosos puestos "Algarrobo" y "Asunción Cué". Aunque estaban a menos de seis leguas del escuadrón, eran de los más "bravos" por la gran cantidad de alimañas e insectos que allí moraban. El único medio para llegar a estos lugares era el caballo y el carro cuando el paso Loreto (que estaba sobre el río Porteño) lo permitía. La "población" se componía de vacas y simios (carayás); estos últimos aullaban desde la oración hasta el amanecer, más en los días que amenazaba lluvia o tormenta, porque sienten gran temor por éstas, según he sentido comentar. Otro poblador era el "toro rengo", al que había que espantar para que no acabase el forraje que teníamos para los equinos. Muchos fueron los gendarmes que pasaron por estos puestos y muchos bien que los recordarán. Parecía que todas las plagas se habían dado cita en aquel lugar: mosquitos de la clase que uno buscase, venenosas serpientes yararás, cascabeles, corales, de la cruz, curiyús, lampalaguas, yacaninas e infinidad de ellas, polvorines, garrapatas, tábanos, piques, escorpiones, arañas pollito, pulgones, vinchucas. Más de uno de los componentes de estos puestos tuvieron que bajar a la enfermería del escuadrón para curarse de la infección de los piques, especie de pulga muy chiquita que se mete entre las uñas de los pies y que llega a impedir el caminar. Más de uno se acordará del agua que tomábamos en los meses de seca. Al atardecer y cuanto más se embravecían los "natiú" (mosquitos), teníamos que esperar que los vacunos y yeguarizos se fueran después de abrevar en los esteros y luego de un tiempo prudencial, cuando calculábamos que se había aclarado el agua, entrar con el tanque "aguatero" y llevar un poco de este precioso líquido para el puesto, donde era colado con filtros especiales y apropiados para después tomarlo y usarlo para la higiene, cocina y limpieza.
Recuerdo las "mariscadas" que hacíamos en procura de algún "bicho" para cambiar el menú de nuestro "rancho", que casi siempre se componía de locro, charque o cecinas. No respetábamos bicho alguno y guiándonos por el dicho del Viejo Vizcacha "Todo bicho que camina va a parar al asador", con la ayuda de nuestros perros cazábamos quirquinchos, mulitas, guazuncos (venadillos), charatas, carpinchos, "chanchos moros" (pecaris o gargantillas), jabalíes, martinetas, patos bragados y todo animal que se ponía al alcance de nuestras escopetas. Éramos felices en nuestra pobreza. ¡Nadie en esos lugares se acordaba de nadie, nadie jamás aflojó en esos desiertos, que parecían abandonados por la mano de Dios...!
Nunca faltaron los chistes y las ocurrencias, como la de aquel ayudante, a cargo de una patrulla, que al notar que uno de los componentes, bastante "morocho", se había alejado, perdiéndose entre el monte, le gritó: "¡A ver, gendarme, no se aleje mucho, no vaya a ser que se entrevere con los carayás (monos de pelambre oscura) y después no lo podamos encontrar!". Nunca faltaban ocurrencias de éstas, hechas sin malicia y sin el fin de ofender. Algunos se acordarán de aquella "famosa carrera" del Puesto Algarrobo Cué, entre el "Abuelo" y el "Toba", dos "patrios" viejísimos del escuadrón, el primero un mulo viejo y el segundo un "chuzo milicazo" que parecían dos componentes más del puesto, por sus mafias y formas de conducirse. El desafío vino de sus propios dueños. Cada cual montó su parejero, Acosta en el "Toba" y Brichessi en el mulo. El "tiro" era de cien metros, porque les aseguro que de hacerlo por más cancha, no hubiesen llegado. Salieron "prendidos" y al llegar cerca de la cancha y al agacharse el jinete del mulo, ya sea para darle más impulso o para mostrar su clase en la cabalgadura, ésta se paró de golpe y quedó el pobre jinete en el suelo "sobándose el lomo", mientras el mulo lo miraba sorprendido. Después, al trote, se dirigió hacia donde nosotros nos encontrábamos, abriendo tamaña boca y rebuznando, como riéndose de la hazaña que había realizado. Está de más decir que la carrera la ganó el jinete del "Toba" porque no se puso condiciones a la misma, aunque el "guayno" del mulo protestó, queriendo correr de nuevo a toda fuerza; pero nuestras risas, que ya no eran risas sino carcajadas, lo hicieron desistir, perdiendo la carrera y la apuesta.
Al otro día bien temprano, salía el gendarme perdedor para Clorinda en busca de la provista del puesto. En todos estos líos aprendimos a ser soldados, maestros, veterinarios, enfermeros, herreros, constructores. Aprendimos a respetar y querer a nuestro prójimo; pero todo con el ejemplo de nuestros inmejorables jefes, que conocían al personal que tenían bajo sus órdenes como las palmas de sus manos, que sabían comprender a aquellos hombres que estaban bajo su responsabilidad, que dejaron bien marcado el prestigio de nuestra institución, ya sea en fajina, patrulla, comisión o frente a las balas. Recuerdo en instrucción de ametralladora pesada, a un querido y desaparecido jefe, en ese entonces Auxiliar de Gendarmería. A toda carrera de nuestros "chuzos" nos ordenaba con aquella voz de mando que a muchos de nosotros será difícil de olvidar: "¡A tierra!". Era el primero en hacerlo y en treinta y nueve segundos estaba la ametralladora en posición de tiro.
Recuerdo un día 15 de agosto, desfilando frente al palco presidencial del Paraguay, y en conmemoración de la Independencia del país hermano. En dicho palco se encontraba nuestro presidente en ese entonces, el General de División Don Edelmiro Farrell, el presidente del Paraguay, altos jefes de nuestro Ejército y del país nombrado. Desfilaban los famosos regimientos "Acá Verá" y "Acá Carayá" (Cabeza de mono y Cabezas overas), Mariscal López, RL 14 de la famosa Caballería paraguaya y otras fuerzas. Ahí estábamos nosotros con dos secciones, una de caballería y otra de infantería; éramos poquitos y nos hacíamos más chiquitos, frente a esos famosos regimientos; pero éramos "Gendarmes" y del "Escuadrón Clorinda". La sección de infantería "clavó el taco" y fue tanta la marcialidad que el pueblo nos envolvió en aplausos y flores. Al tocarle el turno a la sección de caballería y llegar ésta frente al mismo palco, ya sea porque lo buscó el jinete, o porque lo hizo de puro "trompeta", porque así era este "mancarrón", el caballo que montaba Santillán corcoveó y lo tenía a mal traer, debido al empedrado de la calle. Ya toda la gente veía un "curepí" o "gringo" por el suelo; se arrimó despacito el jefe de la sección y le dijo al gendarme: "¡Si lo voltea, haga de cuenta que está de baja!"; pero "de dónde yerba", se "prendió" el catamarqueño como el gato y enseguida pasaba el "sotreta" mansito frente al palco, el cual se venía abajo aplaudiendo a rabiar, y después de pasar a éste unos cincuenta metros, el auxiliar no se pudo contener y gritó como si fuera una voz de mando: "¡Ahí va el escuadrón, ahí va el Escuadrón Clorinda!", con esa voz que lo distinguía, y que acalló por un momento el griterío y los aplausos de todo un pueblo. Recuerdo de un jefe de nuestro escuadrón, en ese tiempo auxiliar de gendarmería. Nada se le escapaba. Alma y nervio del escuadrón, la disciplina era su escudo. Narraré una de las anécdotas que recuerdo de este jefe y que relataré más o menos como sucedió.
Trajimos de "Santa Catalina", estancia que se encuentra cerca de Formosa, una caballada para el escuadrón. Entre ella venía un hermoso "pampa bragado" siendo yo uno de los primeros en montarlo y digo así porque después de los primeros "galopes" que le dieron dos domadores, me lo entregaron y me agradó de tal manera que gustoso hubiese dado lo mejor de mis "pilchas" por poseerlo. A los pocos días de "aquerenciarme" a este noble animal, me dieron el pase al puesto "El Paraíso", quedando el pampa en las caballerizas del escuadrón. Me desesperé. Parecía que me faltaba el aire, al tener que abandonar al animal. No podía estar sin él. Le dije a mi jefe de puesto lo que me sucedía; éste me dijo: "Vaya y háblelo al jefe; tiene mi permiso; quién le dice que a lo mejor le entreguen el caballo; pero usted sabe que no le gusta que le molesten por «naderías». Me fui al escuadrón y llegando a éste pedí hablar con el jefe; le expliqué el motivo del porqué deseaba hacerlo; me miró de arriba abajo, diciéndome: "¿En el puesto no tiene caballo, gendarme?". Le contesté: "Sí, mi Comandante, pero el «pampa» es algo mío, de mi vida, tanto lo aprecio". Me observó detenidamente y me pareció que me sacaba "zumbando" del despacho. Me dijo, entonces: "¡Pero si ese caballo hace un mes que está en el escuadrón!". Volví a insistir: "Sí, mi Comandante, yo mismo participé en su arreo y en el de los potros de la "Santa Catalina". Fui uno de los primeros en montarlo, después de los domadores". Me explicó entonces: "Vea, gendarme, estamos perdiendo el tiempo, lo mismo da un caballo que otro; haga el favor, vuelva a su puesto". Y con esto me despidió. Iba a insistir, pero viendo "fiera la cosa", me callé, me cuadré, hice el giro y salí del despacho.
Llegué a mi puesto abatido. Con sólo ver mi semblante, me dijo el jefe del puesto: "¿Vio, gendarme? Se hizo el viaje y se «escaldó de balde»". "¡Paciencia!", le dije. "Otra vez será". Tres días después de lo ocurrido, vino el veterinario del escuadrón, con un personal y cinco caballos, para cambiar con los más bisoños del puesto. Y entre ellos, venía "mi pampa"...
Pocos días después, en una comisión, llegué al escuadrón montado en éste. Lo encontré al comandante en las caballerizas, de inspección; lo saludé, me correspondió al saludo y me pareció que me iba a hablar, pero no lo hizo. Me miró, observó el caballo y se sonrió. ¡Les juro que no pude sostener un temblor que me tomó junto a la boca...!