Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
El mes de diciembre de 1943 fue uno de los más bravos para nosotros. Creo no haber sentido tanto calor en ningún mes o año como ése. En esa época, la tropa dormía en las galerías del escuadrón. Cierta noche no se podía estar; nos ahogábamos bajo nuestros mosquiteros, y fuera de éstos nos devoraban los mosquitos. Estábamos higienizándonos para acostarnos cuando decidimos entre unos cuantos compañeros hacer un chiste a uno de ellos que tenía y sentía terror por los sapos (cururús) y víboras. Aprovechando que se estaba lavando, después de haber tendido su cama y su mosquitero, trajeron unos cuantos sapos y una "curiyú", víbora de gran tamaño de nuestro Chaco, pero que es completamente inofensiva y que llega a tener hasta cuatro metros de longitud. Se la había matado en horas de la tarde. Los metieron dentro de una bolsa y ésta entre las sábanas del gendarme. Enseguida (y estando todo el personal enterado del chiste que nos proponíamos) se apagaron las luces. Ya no se sintió un solo murmullo en la cuadra. Vino el gendarme del baño, guardó sus elementos de aseo en el cofre y se zambulló entre las sábanas. ¡Bueno, señores, para qué les voy a contar! Primero gritó y pataleó como si lo estuvieran degollando; después, como estaba en la cama de arriba, se vino al suelo envuelto en su mosquitero, mientras exclamaba: "¡Sáquenmelos, sáquenmelos!". El chiste nos costó cinco días de privación de salida por el escándalo que se produjo en la cuadra, porque ya se había tocado a "silencio", y el gendarme medio enloqueció de la impresión.
Desde entonces ponía sumo cuidado al acostarse, o al abrir los cofres, porque nunca faltaban las sorpresas; si no eran sapos, eran víboras o arañas pollitos, que se colocaban muertas de ex profeso en los mismos, y al venir al oscuro y encender la linterna o fósforos, encontraba estas "agradables" sorpresas.
A otro gendarme le hicieron un chiste parecido. Estando una noche de guardia a la luz de un radiosol, vino a hacernos compañía una "yarará" como de un metro y medio de largo. El gendarme se encontraba sentado en un banco de la guardia; ver al reptil y a aquél descuidado, pensamos enseguida en hacerle un chiste. Después de muerto el animal, se lo puso entre el tejido del alambrado, con la cabeza y la mitad del cuerpo cerca del banco donde se hallaba aquél. Lo llamaron con sumo cuidado, y le mostraron el "bicho"; le bailó la gorra en la cabeza y dijo al mismo tiempo que saltaba: "¡No se muevan, no hagan ruido que se nos va a ir... y tráiganme un palo!". Uno de los del chiste le alcanzó el mango de un lampazo y se lo entregó. Fue arrimándose despacito y cuando lo tuvo a "tiro" le descargó un feroz palo. El reptil ni se movió. Fue entonces que dijo, al tiempo que pasaba la mano por la frente sudorosa: "¡Seca! ¡Casi me pica; mirá si no me avisan!" Enseguida las carcajadas de la guardia en general, festejando la ocurrencia del gendarme tan a tiempo. "¡Seca, muchachos!", y hacía una hora que lo estaba. ¡Menos mal que le avisaron, que si no, lo muerde...!.