Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
En este puesto me tocó militar al mes de ingresar al escuadrón. Distaba treinta y cinco kilómetros de Clorinda. Era un pueblito agricultor con seis leguas cuadradas de jurisdicción, las que se extendían hasta la costa del río Pilcomayo. En ese entonces, dos agrimensores de la Dirección General de Tierras y Colonias entregaban a cada poblador cuatro cuadras de tierras para ser trabajadas en su provecho.
Casi toda la gente del pueblo era muy pobre; pero lo que los hacía más pobres era su ignorancia, sus vicios y su abandono. Llegué a la conclusión, después de estudiar sus costumbres y sus medios de vida, que les hacía falta una "mano" o personas que les proporcionaran ayuda, moral y material. Siendo nuevo en ese lugar, por no estar adaptado al ambiente, desconociendo el idioma que hablaban, me dediqué con ahínco a estudiar el guaraní que dominaban y a observar sus costumbres. Así me fui compenetrando de la vida de los pobladores, tanto que tomé como mía su conducción, en aras de su bienestar y de su adelanto, pensando que algún día podría sacarles o al menos hacerles dar cuenta del ostracismo en que vivían. Un año entero dediqué a estudiarlos. Después de ese lapso, tuve la suerte de que me elevaran a jefe de puesto y fue entonces que decidí poner en práctica la idea que se me había formado para ayudar a la población.
Había personas que aunque pobres, eran trabajadoras, honestas, capacitadas y de iniciativas y ya conocedoras de mis ideas, porque siempre que tenía tiempo, platicaba con ellas. Veían con agrado se adelantara el pueblo y mejoraran sus chacras y sus bienes.
Fue así que, citando a toda la población, les propuse el siguiente plan: por empezar, había que arreglar el puente sobre el río Porteño; hacer un canal; que volcase las aguas en aquél para que en tiempo de invierno o creciente, no se inundaran las chacras; hacer el arreglo de la ruta Paraíso-Palma Sola, población esta última por donde pasaba la ruta general que iba a Clorinda. Una vez arreglada la ruta chica, conseguir que entrara un ómnibus o vehículo, que llevase sus productos diarios hasta Clorinda, como ser: aves, huevos, verduras, frutas y mandiocas, y sus cosechas en camiones, como ser algodón, maíz, frutas cítricas, bananas, caña y otros.
¡Pero lo más importante era hacer trabajar a esa gente! Les propuse que cada uno de ellos sembrara, aunque más no fuese dos cuadras de las cuatro que tenían asignadas; que plantaran en sus chacras plantas cítricas, frutales y bananas, que en esa zona eran las que más beneficios dejaban, aunque plantasen sólo plantas para sombra. Era tanta la indolencia de esta gente que, aunque residían varios años en un mismo lugar, ni eso tenían.
La mayoría contestó a mi propuesta de que carecían de medios y elementos para trabajar. Les manifesté que uniéndose y prestándose las herramientas, amén de las que yo les proporcionaría, lograrían hacerlo y que, con créditos del banco (que en ese tiempo acordaban siempre y cuando la persona fuese trabajadora y de buenas costumbres) podían arreglarse y pagar los primeros gastos y provisiones, hasta que levantaran sus cosechas. A los comerciantes de la zona les propuse que diesen también créditos y que se aguantaran hasta el término de la cosecha, teniendo a la misma como garantía y también la del banco. A éstos no les gustó mucho mi proposición, porque, para ellos, la mayoría no eran personas de confianza.
Me puse de fiador y responsable por la población; pero ya para esto había hablado con el gerente del banco, que había aprobado mi idea en todo sentido. A los pobladores les hice prometer el fiel cumplimiento de su palabra.
Tenía todas las de perder; pero depositaba mi fe en esa gente, que nunca había tenido una oportunidad como aquélla. Enseguida y después de dos "beneficios" que se hicieron para juntar aportes para los primeros gastos, se iniciaron los trabajos. Quiero dejar aclarado que antes de hacer los beneficios, logré recuperar un dinero que se hallaba perdido de otros que se habían hecho, con un fin parecido al que yo me había propuesto realizar, pero que nunca se había llevado a cabo, porque los iniciadores y las comisiones que se formaban para tal fin eran unos vividores que lo hacían en provecho propio.
Me pusieron en conocimiento de que había sido Fulano o Zutano; pero hice oídos sordos, una porque carecía de pruebas para juzgar a nadie y otra porque, de haber tomado en cuenta lo que me decían, a la mayoría de la población tendría que haberla sumariado. Ni los jefes y gendarmes del puesto se hubiesen salvado, tales eran las habladurías de la gente. De cuatro mil y pico de pesos "perdidos" recuperé mil trescientos y así empezamos la campaña.
Se arregló el puente y el camino hasta la ruta grande, cinco kilómetros; se alambró, se plantó y se sembraron las chacras. Todos los días venía gente con problemas. Que no tenían de dónde sacar postes, que no tenían permiso para cortar palmas y otras cositas. Tomándome atribuciones que no me correspondían, di permiso para ello. Los inspectores de bosques y tierras se me vinieron al humo, me querían comer. Fui varias veces denunciado; me defendía con este argumento: que yo reconocía mi culpa, pero que lo hacía en bien de la población y de mi Patria. Hasta un cura me denunció, guiado por referencias de gente incapaz, egoísta y mezquina, la cual decía que los beneficios que se hacían eran inmorales, que atentaban contra las buenas costumbres y que hasta había sustraído dinero en mi beneficio. La mayoría de la gente que desparramaba estas insidiosas mentiras eran aquellos a los que yo les había hecho comparecer para recuperar el dinero que se daba por perdido, gente que quería ver a esos pobres pobladores en la indigencia y abandono de antes, propicio para el beneficio de sus arcas, porque entonces esa gente, no teniendo quién les abriese el ojo, no teniendo ni recibiendo ninguna clase de ayuda, se veía obligada a trabajar para ellos, hasta por cincuenta centavos por día, o por la comida la mayoría de las veces; por eso, no era de su agrado mi iniciativa. Tanto hicieron, que un día el jefe del escuadrón ordenó mi relevo. Aclaró que mi conducta, mis cualidades e iniciativa eran intachables, pero que se veía obligado a relevarme para evitarme un mal mayor, pues yo mismo me reconocía un poco de mano y genio ligeros cuando me alteraba. Nada dije y me retiré después de un año y pico de servicios en ese puesto. Tiempo después, de visita a "El Paraíso", noté que había una capilla, sala de primeros auxilios, dos escuelas modernas bien arregladas; los árboles les de frutas habían crecido, dado otra vista a la población; sus pobladores vestían y tenían otro aspecto; que había hermosas chacras, donde antes no había más que yuyos. Mucha gente se paraba a conversar conmigo y me decían palabras como éstas: "¡Qué lástima, se fue, mi sargento!", o "Nunca nos vamos a olvidar, Don Valle, de usted".
A mí me echaron de "El Paraíso", no sus pobladores, sino los inútiles de la población. Estoy orgulloso y satisfecho de mi proceder. Levanté a "Paraíso" y di el impulso para hacerlo. Sé que la mayoría se acuerda bien del subscripto. En el puesto de Gendarmería hay un aljibe, un mástil y una plantación, fiel reflejo de mi iniciativa. Por eso, me siento orgulloso de haber sido jefe de este puesto, del cual nunca me voy a olvidar.
Ahora pasaré a otra fase de los diferentes hechos y procedimientos del puesto "El Paraíso", donde me tocaba actuar y decidir. Referente a nuestra actuación como gendarmes, había que ser muy sicólogo, disponer de capacidad y, sobre todo, saber "sobrellevar" a la población, que, como dije anteriormente, tenía otras costumbres y hablaba otro idioma en su mayoría.
Después que llegué a "El Paraíso", pude observar que los hombres, en su mayoría, usaban armas blancas y de fuego; esto era un peligro para nuestra integridad física y la de ellos mismos, pues había sentido que sus cuestiones eran casi siempre resueltas a machetazos, cuchilladas y tiros. A más, esto lo hacían después de entregarse a largas libaciones de vino o caña, vicio éste que los hacía haraganes, poco afectos al trabajo. Para nosotros, era esto contraproducente, porque todos los días teníamos que proceder con ellos, por ebriedad, escándalos, desórdenes, desacato, raterías, peleas con lesiones. Cuando había heridos, más trastornos, porque teníamos que llevarlos a Clorinda, a veces a altas horas de la noche, en carro, porque no disponíamos de otro vehículo, quedando esta ciudad bastante alejada. Decidí acabar con todas estas cuestiones.
Para empezar, por medio de "pasquines" (que hice colocar bien a la vista en los comercios), prohibí el uso de cualquier clase de armas y la venta de caña, más aún la paraguaya, "caña blanca". Salíamos en patrulla todos los días; el primer día nos trajimos cuarenta ciudadanos, por portación de armas, ebriedad y vagancia; los tuve cuarenta y ocho horas detenidos, por averiguación de antecedentes. Se los trató correctamente, pero trabajaron como "negros" en las diferentes fajinas del puesto. Al segundo día, les pregunté si querían pasar a Formosa o irse a su casa. "A nuestra casa", contestaron casi todos juntos. A los que habían portado armas, les pregunté por qué lo hacían. Uno me dijo que era carnicero; otros que eran estancieros, peones de campo y "para su defensa". "Bueno —les contesté—, desde ahora en adelante, nadie va a usar cuchillos, ni machetes, y menos revólver. Al que yo tome de vuelta, va a ir a parar a Formosa, por lo menos un mes, y después va a ser deportado". Esto lo dije porque casi todos eran paraguayos. A los adoradores del dios "Baco" les dije lo mismo y a los trabajadores los amenacé tenerles un mes en el puesto y también deportarlos. Todo esto era arbitrario y yo bien lo sabía; me tomaba atribuciones que no me correspondían, pero lo hacía con el solo fin de ponerlos en vereda y asustarles un poco. Antes de darles "franco", les dije que de lunes a sábado había que trabajar, nada de juegos, nada de caña, nada de cuchillos. Cada vuelta que los encontrara en falta, los iba a traer al puesto,
Salimos todos los días a recorrer después de esta "arriada", pero los veíamos siempre trabajando, y si pasábamos por alguna chacra y de lejos su ocupante nos veía, tomaba de inmediato una azada y se ponía a trabajar, para que lo viésemos. Los boliches estaban desiertos, y si en el camino encontrábamos algún poblador y le preguntábamos para dónde iba, sobre el pucho nos contestaba: "A trabajar, señor". "¿Tenés cuchillo?" —volvíamos a insistir—. "Noo... señor...", respondía.
Un sábado salimos a controlar un baile. Aunque habíamos prohibido la caña, vi que al rato había unos cuantos bailarines demasiado alegres. Me dirigí a la cantina y me puse a observar lo que despachaban. Solamente vendían cerveza y naranja. Comuniqué a los demás gendarmes que prestaran atención para ubicar al que surtía a los "alegres bailarines", mas nada podíamos averiguar. Ya me daba por vencido, cuando noté que en una esquina de la pista de baile, que estaba muy poco alumbrada, se tomaba "tereré". Toda la gente de la zona lo toma, pero a las doce de la noche con frío y de invierno, me pareció medio raro, por lo que me fui arrimando despacito. Al hacerlo, la mayoría de los que rodeaban a la señora que servía el "tereré", se desparramaron, pudiendo observar que la misma ocultaba rápidamente una damajuana entre sus anchas polleras , sentándose para que aquélla pasara más inadvertida. Llegué y le pedí un "tereré", lo que hizo de inmediato, pero con agua y en otro mate. "No —le dije—, con el que estaba cebando". Se asustó la mujer y entonces tomé el que estaba ya en uso, lo sorbí: caña pura. "Levántese, señora" —le dije, quedando la damajuana en descubierto. El esposo vino y se disculpaba, diciendo que lo hacían porque eran muy pobres. "¿De qué trabaja?", le pregunté. "De nada, señor", me contestó. "¿Cómo no querés ser pobre entonces?", le dije. A la señora la mandé para su casa y dije al esposo que se presentara al otro día al puesto, que le íbamos a dar trabajo. Antes de terminar el baile, salí para afuera e hice una recorrida entre los montados de los "bailarines" que estaban afuera, esperando a sus dueños. Entre los cojinillos secuestré revólveres, cuchillos y otras armas blancas; las encontré también clavadas en los cercos y árboles adjuntos al tapial de la pista. Poniendo especial cuidado en fijarme a quién pertenecían los caballos, entré de nuevo al baile y revisé las canastas de las vendedoras de empanadas y golosinas, encontrando nuevas armas.
Terminado el baile, los reuní a todos. Les dije que salieran los dueños de las armas, porque si no, los tenía que llevar a todos. Antes hice cerrar la puerta de entrada, para que ninguno escapase; algunos salieron, otros no; a los conocidos les dije que se presentaran al otro día al puesto; a los que no eran de mi jurisdicción, me los llevé conmigo, veinticuatro en total. Al otro día formé en el patio a toda la gente; les dije que ya habían estado avisados, y que no había forma de engañarme, y que se lo advertía por última vez. A los que eran de mi jurisdicción, les manifesté que no los quería ver más por ahí, al menos por un tiempo; y a los vecinos, de que ya estaban avisados. Al del "tereré" de caña, le dije que cuando yo lo viese, tenía que ser trabajando. Los tuve ese día para que "pensaran" y les di "franco" al anochecer.
Muchas, muchas patrullas hice en mi jurisdicción, muchos procedimientos. Hubo también muchas denuncias. A todos los arreglaba; era policía, fiscal y juez. Muchas veces estuve fuera de mi lugar, fuera de la ética profesional; pero no podía actuar de otra forma. Al tiempo, empero, era querido y respetado por todos y aprendieron a respetarse mutuamente, a arreglar sus rencillas vecinales buenamente, sin recurrir al machete o a la escopeta como antes lo hacían. ¡Cuántas veces venían a consultarme cuando tenían una dificultad por intereses o familiares! Después de hacerlo, veía con alegría cómo se iban charlando y riendo, como si nunca hubiesen tenido nada.
En este puesto, me tocó hacer de todo: médico (y no lo tomen a risa), enfermero de almas, veterinario, agrimensor, cazador y hasta partero en ocasiones. Les voy a referir un caso de los muchos que me tocó atender, para que tengan noción de cómo tuve que tomar "parte" de la profesión de traer gente al mundo.
Una noche fui despertado por el gendarme de guardia. Me dijo que había un señor que deseaba hablarme. Serían para esto las dos de la mañana; me vestí y me fui a recibirlo. Al hablar me dijo en un "jeringozo" que se me hacía difícil entenderle: "Vengo a darte cuenta, mi jefe, que la señora se le está por caer dos criaturas de la «garriga»". Yo le entendí que se le habían caído dos criaturas. Le contesté de mal humor: "¿Para decirme esto venís a despertarme a las dos de la mañana? ¿Cómo se cayeron?", le pregunté, pensando que tal vez se hubiesen lastimado, aunque a esa hora no era factible que se anduvieran cayendo los chicos.
"No, señor —me contestó—, todavía no se cayó, pero se ha de caer de un momento a otro". Lo que pasaba era que el señor no sabía hablar bien castellano; por lo tanto, trataba de hacerse entender con sus palabras, por lo que me di cuenta que algo grave le pasaba y le dije: "Vamos para tu casa, a ver qué pasa". Tranqueaba el hombre delante mío y se me hacía difícil seguirlo. Llegamos a la casa y escuché fuertes gritos y lamentos. Pensé para mis adentros que algo grave debía haber ocurrido. No había pasado nada; pero iba a pasar de un momento a otro. La señora del vecino estaba grávida; le había llegado el momento del alumbramiento y como la comadre le había dicho al vecino que se presentaba algo difícil, me había mandado llamar, para que los socorriese. Hice calentar agua y mandé al gendarme al puesto para que trajera los medicamentos que eran necesarios. Le dije a la señora que no tuviese vergüenza, que no se asustara, que yo trataría de ayudarla. La revisé y le dije que tratara de hacer toda la fuerza posible, porque su bebé ya estaba en camino. Ayudado por la comadre, rato después nacían dos criaturas. Viéndola después tranquila y sin temperatura, comuniqué al esposo que todo había pasado. Esto era lo que el hombre había querido explicarme con sus palabras. Sabedor por la "comadre" de que posiblemente tuviese la señora mellizos y que se presentaba a lo mejor medio difícil su nacimiento, fue corriendo al puesto a avisar que a la "señora" se le estaban "por caer" dos criaturas de su "garriga". En horas de la mañana mandé a un gendarme a preguntar cómo seguía la señora, y le llevó una gallina gorda que le obsequiábamos los del puesto, viendo su pobreza y para que se restableciese del mal momento pasado. Vino de vuelta y al preguntarle por la enferma, me respondió: "Bien, estaba lavando su ropa". "¿Cómo?", le dije. "Sí, estaba lavando". Yo no salía del asombro y pensé que allí en esos lugares se mezclaba todo: la imperiosa necesidad de gente olvidada y abandonada por todo el mundo, la ignorancia y la mano de Dios de por medio que los protege en su pobreza y miserias.
Ensillé mi caballo y me fui a ver a la señora; en cuanto llegué, le dije a ésta lo mismo que al marido: "La señora no puede, ni debe hacer nada por unos días; debe descansar; mire que se puede enfermar muy grande". "No es nada, señor", me respondió, "estoy acostumbrada". "No importa, señora", volví a insistir, "Ud. tiene que descansar; su marido y su comadre le van a hacer las cosas". Calló entonces. Después me dijo: "¿No quiere, señor, salir de padrino de mis dos criaturas?" Jamás me hubiese negado y total, ¿qué me iba a hacer una yunta más en la lista? Ya tenía, por lo menos, dos docenas de ahijados...