Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
En el mes de febrero de 1951, un comandante del Escuadrón Clorinda comisionó al suscritos para que con tres hombres, fuera a ocupar la tapera del ex puesto "Algarrobo Cué" y que patrullara las costas del Pilcomayo desde "Tambo I" a "Paso Embudo". Estos pasos se encontraban en nuestra jurisdicción y había una distancia de once leguas entre uno y otro.
El día diez llegué con mi comisión al ex puesto nombrado y viendo que estaba derruido y poblado de alimañas, haciéndose inhabitable, comuniqué, por un parte que mandé con uno de mis gendarmes al jefe del escuadrón, que nos alojaríamos provisoriamente en la "Estancia de Oro", que se encontraba cerca. Nuestra comisión tenía por misión investigar y evitar el paso clandestino de ganado mayor a la vecina República del Paraguay y que era hecho por la mayoría de los hacendados de las costas, evitar cuatrerismos, faenamientos clandestinos, como así también que se talaran palmas y maderas sin el permiso correspondiente; en una palabra, limpiar las costas del río. Se me comunicó que, de encontrar o saber que hubiese mucha gente maniobrando en estas ilícitas actividades, lo comunicara al escuadrón, que me iban a mandar refuerzos, es decir, alguna sección bien armada porque, a lo mejor, al verme superado en número, eso me trajera funestas consecuencias; en una palabra, que no peligrara demasiado mi vida ni la de los gendarmes a mi cargo.
Fue debido a esto que me dediqué a observar y practicar averiguaciones. Le dije a mi gente que "reservaran" en todo lo posible y que "andábamos solamente de patrulla", si el personal o el patrón de la estancia preguntaban algo. Me di cuenta a los primeros días, debido a mis observaciones y por la manera con que trabajaban los estancieros, que éstos, en su mayoría, hacían contrabando de hacienda. Los primeros quince días, al efectuar recorridas por las costas, éramos acosados a tiros por gente que lo hacía a escondidas y desde adentro del monte; pero siempre lo hacían hacia arriba, o en otras direcciones de donde nosotros nos encontrábamos, aunque a veces lo hacían bastante cerca, tal vez con el fin de amedrentarnos. Uno de los disparos, un día que nos encontrábamos acampados y almorzando, pegó en un árbol y de rebote casi dio en uno de los gendarmes. Dije entonces: "Es la última vez que nos van a sorprender; de las estancias seguro que avisan a los malevos cuando salimos, para que nos tiroteen; desde hoy, vamos a dormir y descansar en el monte a escondidas; les vamos a hacer el mismo juego; la patrulla va a ser volante; no les vamos a dar lugar para que sepan donde nos encontramos; vamos a la estancia y de ahí vamos a hacer como que nos marchamos al escuadrón; vamos a dar un rodeo y volveremos a la selva; a la astucia hay que combatirla con la astucia; ¡muchas sorpresas van a recibir estos cuatreros!".
Una vez que llegamos a un sitio determinado, elegido de antemano, con mis hombres hicimos una picada, a machete limpio, por toda la costa del río en donde debíamos actuar. De día dormíamos; de noche y de madrugada actuábamos, aunque a veces lo hacíamos en plena siesta, es decir, en las horas en que los bandidos ni se soñaban y siempre de improviso y a escondidas, como ellos lo habían hecho antes; copamos campamentos, faenamientos y cuatrereadas menores. No les dábamos respiro; cuando los agarrábamos en alguna, después de tirotearlos y ponerlos en fuga, desaparecíamos por dos o tres días, para después volver y pegarles otra "movida".
Pero a los cabecillas de obrajes y pasadores de hacienda no los podíamos tomar. Al detener un día a un cazador furtivo, o espía de éstos en plena selva, se empezó a desenredar la madeja; antes lo había hecho hablar hasta "por los codos". Les voy a contar cuál fue mi "procedimiento", un poco bárbaro si se quiere, pero que siempre me daba resultado para los "duros de lengua".
Bien atado, di orden de que no se le diese agua ni de comer, y haciéndome sentir por el preso, agregué que no hacía falta porque "en la madrugada lo íbamos a fusilar". Empezó a blanquear los ojos; pero no le daba importancia a mis palabras. Al otro día, en la madrugada, lo despertamos; ya estaba preparada la farsa; mis tres hombres estaban listos para la "ejecución'', parados en posición de tiro con sus fusiles. El baqueano que yo tenía le hablaba en guaraní; le decía que si tenía algo que decir, que lo dijera, porque "poca vida" le quedaba. Yo hacía como que no sentía nada. El no aflojaba, pero cuando lo llevé donde estaban los gendarmes en posición de tiro, como esperando orden de la ejecución, se asustó terriblemente y empezó a hablar hasta por los codos. Dijo el lugar de las reuniones, la hora y los días que venían las chatas y embarcaciones a cargar, quienes eran los jefes, cómo trabajaban y pasaban la hacienda los estancieros en complicidad con mayordomos, capataces, peones, y los nombres de cuatreros y malevos que hacían todo este trabajo. También me dijo en dónde tenían la madriguera general en la selva. Con él mismo fuimos hasta el lugar, tomando toda clase de precauciones; antes había dado orden a los gendarmes, delante del sujeto, que al menor asomo de traición, lo liquidaran sin asco. Cuando llegamos al lugar, lo teníamos bien atado y amordazado. Les aseguro que, de no ser por la información, jamás hubiéramos dado con la madriguera, un campamento donde nada faltaba, almacén, mayoría, depósito de armamentos, hasta administración, amén de tres o cuatro mangrullos para vigías.
Para llegar, hicimos un alto a unos mil metros. Cuando nos avisó el malandra que cerca nos encontrábamos, él quedó con dos gendarmes, y el suscritos y otro empezamos a explorar; sorteamos tres mangrullos y llegamos a la costa. Había en ella unas cinco embarcaciones, donde varios individuos cargaban madera aserrada, palmas, trozos y rajas. Desde nuestro escondite, observábamos todo, tranquilamente; pero siempre con miedo a ser descubiertos, por los chillidos y gritos de los pajarracos del monte. Dijo entonces el gendarme: "¿Qué le parece, sargento, si le hacemos un «entre»?". "¡No, amigo! —contesté—, liquidaríamos a unos cuantos, pero los demás nos destrozarían; son muchos; por los ranchos que se ven, deben ser más de trescientos". "¿Y de ahí? ¿Tiene miedo?", me dijo. "¡No sea fogoso, gendarme! —le contesté—, ser precavido no es miedo, ni cobardía; vamos a volver; ya están chillando mucho esta porquería de bichos —decía yo, por los pájaros que no se callaban—; vamos a volver; pediremos refuerzos y después sí que nos haremos el gusto..."
Al otro día, dos de mis gendarmes llevaron el preso al escuadrón con un parte con la novedad, solicitando refuerzos.
Yo me quedé en la estancia, esperándolo. Di orden al patrón de que nadie, por ninguna causa, debía salir de la estancia; antes, había hecho reunir a todo el personal para comunicar la orden. Les retiré a cada uno los documentos personales; lo hice con el fin de que no fueran con el aviso a los malevos. Lo hice responsable al patrón de tal orden; les dije que el que fuera sorprendido fuera de la estancia después de anochecer, sería baleado sin asco. Cada dos horas pasaba lista a todo el personal, ni las mujeres se salvaban. Hacía seis meses largos que andábamos hechos unos indios, pasando penurias y sacrificios, durmiendo en la selva, tomando agua de los esteros y comiendo de lo que podíamos. Por eso tomé estas precauciones. No quería que se me fueran de entre las manos, cuando ya tocaban a su fin nuestras penurias.
Al otro día, llegó el ansiado refuerzo. Cuarenta y ocho hombres con dos pesadas, cinco fusiles ametralladoras, seis Halcones, radiomochilas y enfermeros; a la cabeza, el segundo jefe del escuadrón. Le comuniqué la novedad, sin omitir detalle; me dijo que saldríamos en la madrugada para tomarlos por sorpresa. Esto fue decidido debido a mis consejos. Dejó cuatro gendarmes custodiando al estanciero y su personal y salimos en dirección a la madriguera.
Llegando cerca del lugar, nos dividimos en dos grupos, uno al mando del jefe y otro del suscrito; esto lo digo sin pedantería, porque aunque había oficiales y suboficiales de mayor jerarquía, me hicieron ese honor. Ya era conocedor del terreno en que íbamos a actuar y combatir, y como jefe de la patrulla volante. Detrás mío iban los gendarmes de mi patrulla.
Nos pusimos de acuerdo en la forma de actuar en el movimiento de los grupos. Lo principal era que las armas se dispararan siempre hacia el río, buscando la cohesión de los grupos respectivos. Comandando mi grupo, me dirigí hacia el lado izquierdo del rancherío; el jefe lo hacía del lado derecho. Al sonar tres toques del pito reglamentario deberíamos actuar. Pero quiso la mala suerte que un "campana" o "mangrullero" nos viera antes de llegar al sitio destinado. Yo lo vi primero; me eché a tierra y todo el personal lo hizo, a excepción de un alférez que portaba un fusil ametralladora, que ya sea porque entraba por primera vez en combate, o por el momento vivido, se asustó y quedó parado. El campana que estaba arriba dé una planta de quebracho pegó un grito e hizo un disparo que dio en tierra con el oficial; mas no alcanzó a disparar de nuevo; lo bajé del árbol con mi "Halcón" como a un pájaro. Enseguida, aquello fue un infierno de balas. Con mi gente me dirigí hacia el río, viendo y observando que el otro grupo combatía entre los ranchos. Al llegar, se abrió fuego desde una lancha que traía a remolque cuatro grandes canoas con maderas y palmas. Nos trenzamos en combate y enseguida arrimaron a la orilla y se entregaban sus ocupantes, aunque la mayoría huía a nado hacia la otra orilla. Recogimos tres heridos, entre ellos el jefe de la banda, rico y poderoso hacendado de la vecina república. Mientras, las lanchas, mal amarradas, quedaban a la deriva. "¡Se nos van, sargento!" —gritó uno de los gendarmes—. "¡No se nos van a ir, gendarme! —contesté—. ¡A ver, sargento! —dije a un camarada—, ¡desvístase y sígame! ¡Ustedes —dije dirigiéndome al personal del grupo— cúbrannos con sus armas!". Zambullimos y subimos a una de las lanchas, que remolcaba a las otras. Al entrar en una de las cuchetas me abrazó un "negro" grandote; yo, sin armas; fuimos hasta la cubierta, trenzados en lucha y a puñetazo limpio. Se me quería ir, zambulléndose en el río. Cuando lo hizo, lo hizo conmigo, porque no me le desprendía, y así caímos en el agua. Toqué fondo y pensé al instante que si no lo soltaba, nos íbamos a ahogar juntos, por lo que le aflojé el cuerpo. Salí a la superficie con los pulmones a reventar; el "negro" lo hizo como a veinte metros mío; pero en vano; un "chumbo" lo desapareció de la superficie. Nadé hacia las lanchas y las amarré en la orilla. Todo esto lo hice con ayuda de mi compañero y entre el fuego de los maleantes. Pensé que iba a ser inútil que nos forzáramos a llevar las embarcaciones; el tiroteo de los bandidos no nos iba a dar lugar. Había un tambor con nafta en la lancha; busqué fósforos en las cuchetas e hice un lindo incendio. Mientras esto ocurría, el otro grupo había copado las ranchadas. Nada quedó. Quemaron los muchachos aquel nido de víboras. Nos juntamos con el otro grupo. Tenían dos heridos, aunque no graves. Uno era el alférez, en un brazo; renegaba por no haberse echado a tierra más a tiempo. Lo calmé y le dije: "¡No es nada, mi alférez! Ya va a aprender; a todos, la primera vuelta nos pasa lo mismo". Llevamos a los heridos a Clorinda, al estanciero y al personal; se hizo el sumario de práctica y los pasaron a Formosa. Tiempo después, supe que volvieron a las andadas; pero lo principal era que estaban desenmascarados. La costa del Pilcomayo se compuso un tiempo. El suscritos y personal a sus órdenes pasó a revistar en el escuadrón. Nos dieron unos días de licencia, por los seis meses que habíamos pasado en aquel infierno y ¡qué linda fue esa licencia, durmiendo en nuestra casa, en nuestra cama, con sábanas bien blancas y mosquiteros, después de tantos días de penurias y sacrificios...!