Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
Muchos de los camaradas se han de acordar de aquel gendarme que en vida se llamara Narvaes Cecilio, muchacho cuyano por cuyas venas corría la sangre de aquellos héroes de Chacabuco y Maipú. Sus antepasados quizás pertenecieron aquellos cuyanos y cuyanas que ofrecieron su sangre, sus bienes y (¡por qué no decirlo!) también sus hijos a nuestro glorioso Santo de la Espada, para asegurar nuestra Independencia y la de medio continente. Su recuerdo vive en mí y en el de los camaradas que lo conocieron. Bueno, generoso, de rebosante salud, estaba al servicio de cuantos lo necesitaran. El y su destino así lo exigían; pero, ¿quién pensaría que pagaría tan alto tributo a su heroicidad de gendarme, a su heroicidad de coloso...?
Fue en enero de mil novecientos cuarenta y siete. Militaba Narvaes en el puesto Riacho Negro y un día quiso disfrutar de su franco. Tomó el colectivo que hacía el recorrido desde Formosa a Clorinda; subió confiado y con la sonrisa que lo caracterizaba, sin pensar que la fatalidad le había tendido sus redes.
¡Terrible, así de golpe, fue el incendio del coche! Salió de él con vida; pero adentro, criaturas, mujeres y hombres se debatían desesperados, entre las llamas de aquella hoguera infernal. No pensó en nada: era la vida de sus semejantes la que estaba en peligro. ¡Con el espanto pintado en su cara, mordió fuerte sus labios, apretó aquellas generosas manos y entró al coche ardiendo para sacar a aquellos infelices que le suplicaban su ayuda...!
Una, dos, tres veces había entrado y salido de aquel infierno. En esos momentos, se olvidó de todo. Después... el tanque de la nafta le explotó casi en la cara; y así, hecho un bólido de fuego, corrió hasta que lo paró la alambrada junto a! camino...
¡Su agonía fue terrible! Cuando lo trajeron al escuadrón, sus ojos tenían el reflejo apagado de la muerte; sus carnes, chamuscadas; pero alcancé a ver en aquellos y en su cara la sonrisa del deber cumplido y lo lloramos a Cecilio Narvaes. ¡Cuánto valor, cuánta hombría, qué heroísmo el suyo! ¿Quién se va a olvidar de este cuyano camarada... ?