Memorias de un Sargento de Gendarmería
I. El ingreso III. Escuadrón Clorinda. Jefes, secciones, grupos y puestos IV. El "pampa" de la "Santa Catalina" VI. Bromas y chistes de camaradas. VIII. Tigres, yaguatetés o petisos IX. Jabalíes X. Baqueanos XII. Paso "Eckarbers" XIII. Obregó y Carristón XIV. Narvaes Cecilio XV. Estancia de Oro XVI. Aborígenes de nuestros Chacos XVII. Miserias de nuestro Chaco XVIII. Un relato a lo nuestro XIX. Tragedia en las costas del Pilcomayo. XXI. Fue en obraje |
¡Así se hizo patria, así es la frontera, así se hizo el gendarme!
"A ver, sargento Valle, con diez hombres bien armados, se me va al toldo «La Primavera». Interrogue al cacique Gómez y a su indiada, sobre esas presuntas «carneadas» que ha denunciado ese hacendado".
Así me dijo cierto día el jefe de la sección una tarde calurosa de enero; parecía que los pastos ardían. El Norte soplaba como nunca. Me dirigí a la cuadra, llamé a los hombres y una vez vestidos, los formé en el patio. Elegí entre ellos a los más buenos (de más está decir que todos lo eran), eligiendo a los de más confianza. Ensillamos y pasé revista; más que todo lo hice para que nada se nos olvidara. Controlé mochilas, cananas, munición, albardas y maletas. Salimos a media tarde con la comisión para el toldo designado. Al otro día, como a las cuatro de la tarde, llegamos. La "chinada" nos miraba hurañamente, desconfiándonos como "a sapos de otro pozo", por lo que dije a mi gente: "Hagan como si nada viesen; disimulen, pero estén atentos, yo voy a hablar con el cacique". Me dijo el cabo Leiva, un chaqueño de esos de mi flor, de los que no se asustan ni retroceden ante nada: "¡Qué tanto mirar esta «chusma»! ¿Quiere, sargento, que le hagamos una «entrada», no vaya a ser cosa que después nos quedemos con la gana?". "Cabo —le dije—, aguántese como yo; ¡después de fritas las tortas, vamos a ver la grasa que queda!". Le di a entender que a mí ganas no me faltaban. Mandé echar pie a tierra y se desparramó la indiada. "¿Quién —dije— es el jefe aquí?". "¡Yo!", sobre el pucho dijo un "chinazo" tuerto de un ojo y con una cara que espantaba. Grande el indio, fortachón, parecía una montaña. "¿Quiero saber primero —preguntó, en una jerigonza que él sólo entendía— con qué permiso vos entrando en toldería?". "¿Y por qué permiso y desde cuándo?", le repliqué. Ante tal insolencia, me explicó entonces: "¿No ves que a gente de toldo no le agrada?". "¿Y a mí qué?" —le dije, sabiendo que si aflojaba se nos iba a agrandar la "chusma". "¡Comarante! —dijo el cacique—, vos «comarante» allá en el puesto, y yo «comarante» aquí en toldo y yo «toro», mucho toro", dándome a entender que él mandaba en el lugar, que era muy hombre y que estábamos de más en el toldo.
El cabo Leiva y un gendarme desenfundaron sus sables e iban a atropellar. "¡Alto! —les dije—, ya aclaré que vamos a hablar primero; después vamos a ver si es tan «toro» como dice". Até mi potro a un palenque y nos sentamos en el suelo a conversar. Le pregunté sobre esas presuntas "carneadas" y si eran ellos, lo que me negó rotundamente. Le dije entonces: "Ayer, cuando veníamos, vimos a seis paisanos de tu toldo trayendo carne en las maletas; no van a negar ahora que es así". Replicó entonces: "Te voy a explicar, «comarante», mucho equivocado, mucho... paisanos no ladrones, no robando carne, ni carneando, sino que trayendo carne de los «embalsados» secos del río donde se mete la hacienda para tomar agua, porque está sedienta por la seca y donde muere al empantanarse; entonces, trayendo carne, porque mucho hambre, muchos «capiolet» y «taraitst» (chicos y viejos); por eso trayendo, pero no robando".
La explicación del cacique y su gente, sobre todo la del lenguaraz, en otros tiempos dueños y señores de todas estas pampas y de las que después fueron desalojados, humillados y escarnecidos y maltratados por policías bravos y políticos sin conciencia, me dejó satisfecho. Además, los paisanos que yo encontré un día antes me habían dado la misma explicación, lo que comprobé con mi gente. Lo único que hacían era comer animales medio muertos o bien muertos. Pero la espina que yo tenía era que el cacique me había faltado el respeto y menoscabado delante de su gente y mis gendarmes. Así que fue que dije: "¡Ahora a otra cosa, comarante; dijiste vos que sos muy toro, y yo quiero probarte para ver si es cierto! Elige tu arma que yo voy a elegir la mía, no de fuego, por supuesto". Me miró con lástima, como diciendo: "¡A éste lo asesino!". Dijo Leiva: "¡Pero, mi sargento, qué es lo que va a hacer! ¡Mire que ese indio es un bárbaro!". "¡Nadie se mueva! Es un asunto particular, ¿verdad, cacique Gómez?". Desaté el correaje, me ajusté bien el cinto y lo esperé a pie firme. El chinazo con un machete de monte, yo con un "teyú ruguay" (rebenque trenzado de cuero crudo, que lleva una azotera, como la cola de iguana). En la primera entrada casi me "despanza"; ladeé el cuerpo y le acomodé un "guachazo" flor en el medio de las "guampas". Cayó el indio como bolsa de huesos; pero ni se quejó. Yo sonreía; él con ojos como brasas. Le dije: "¡No sos toro!". Con la sonrisa de la muerte, se me vino como un molino a reventarme; esquivé dos hachazos, pero de un certero golpe me hizo sonar la cabeza como "sandía". La sangre me nubló la vista y cuando ya se me venía con todo, para la final, le hice un cruce y con dos "guachazos" lo dejé como para clemencia. Cayó panza arriba como sapo, con estertores como de agonía. Después se armó una gritería que nada ni nadie entendía. "¡Comarante toro, comarante toro!", gritaba la indiada, enloquecida. Me abrazaban y sus babas se mezclaban con la sangre de mi herida. Haciendo un esfuerzo, Leiva y los muchachos apartaron la "chusma" al tiempo que aquél me decía: "¡Bravo, sargento, colosal!". Lavé la herida lo mejor que pude y me vendé; el indio ni "soplándole" revivía. Al rato lo hizo; vino y me abrazó tan fuerte que yo creí que me rompía las costillas, al tiempo que me decía: "¡Mucho toro, comarante, mucho toro!". Ordenó más tarde carnear la mejor yegua; comimos, tomamos y brindamos con una "alojeada" bárbara de algarroba. Después, ya bastantes alegres, salimos del toldo en dirección a Laguna Blanca.
Ya en medio del camino dije a Leiva y los muchachos: "¡El sargento Valle se ha caído del caballo; al caer, su cabeza golpeó con una palma! ¡Ya lo saben!". Me miraron, mas nadie habló y así llegamos.
Me presenté al jefe de la sección y le di las novedades: que había interrogado al cacique y su gente, que nada había, que solamente sacaban ganado muerto de los pozos para matarse el hambre. "... ¿Y en la cabeza qué le pasa?", —me preguntó, al ver que debajo el casco me asomaba un pedazo de venda, la que tenía sangre vieja y cuajada. "¡Nada, no es nada —respondí—, me he caído del caballo y al caer me lastimé con una palma". "¡Usted, sargento Valle! ¿Cosa rara, no? -preguntó-. Vaya a la enfermería para que le curen". "¡Si no es nada, mi comandante, no es nada!". ¡Nada era; solamente... me faltaba una tajada y para "rematarme" me dieron diez puntadas...!