Memorias de un Sargento de Gendarmería

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Capítulo II. EL VIAJE DE UN RECLUTA

Juro que jamás había pisado un barco, medio de transporte que nos llevaría a Puerto Pilcomayo y de ahí hasta la hoy progresista ciudad de Clorinda, provincia de Formosa. En la mañana del diecinueve de octubre nos encontrábamos con todo nuestro equipo y armamento, listos para embarcarnos; nos despedimos de nuestras familias, que habían venido ex profeso. Rato después, llegó la hora de embarcarnos y el paquete soltó amarras. Fue una escena de esas que no nos gusta repetir: lloraban las madres, las novias, hermanos grandes y chicos, y, por qué no decirlo, muchos de nosotros lagrimeábamos. Por fin, salimos hacia lo desconocido, lo desconocido para muchos de nosotros...

Las primeras horas de navegación fueron bastante buenas. No nos dimos cuenta casi de ello, debido a que nos absorbió el tiempo la colocación y arreglos de nuestros equipos y camarotes; mucho antes de llegar a la isla Martín García nos molestó la sudestada con bastante dureza; casi todos andábamos con mal de estómago; pero después de pasar la nombrada isla, calmó casi por completo y, con ello, nuestro mal.

Había entre los que viajábamos muchos gendarmes que sabían música y llevaban consigo sus instrumentos. Así fue como la primera noche, luego de cenar, pedimos permiso a nuestro encargado para que nos permitiera amenizar una pequeña velada, pues entre el pasaje había muchos pasajeros y chicas que nos lo habían pedido, al escuchar la ejecución de nuestros instrumentos. Aquélla fue una correctísima velada donde no faltaron vocalistas v cancionistas, amenizada por recitadores y animadores y bailes de toda especie. Todos querían lucirse y mostrar su habilidad. Se bailaron malambos, zambas, chacareras, el infaltable tango, románticos valses. Cuatro días duró la travesía, y cuatro fueron las hermosas y correctísimas veladas, donde reinaba franca, alegre y bulliciosa camaradería.

Durante el día, en la travesía, era mi puente de observación la cubierta del barco. Así pude admirar la verde y lujuriosa vegetación de nuestras costas, la gran cantidad de arroyos, canales y riachos que vuelcan sus aguas en los ríos Paraná y Paraguay, cuánta naturaleza allí reina. En nuestro Delta, grandes cantidades de sauces llorones, álamos, laureles y ceibos adornaban sus costas. Más al norte y cuanto más nos internábamos, reinaba más colorido, más fascinación: victorias regias (irupé de nuestros guaraníes), jacarandáes, chivatos, timboes, palos borrachos, palmeras, quebracho, palo santo, guayacán, samohú, el lapacho (hermosísima planta, "tayi" de los guaraníes, "ypacklateí" de los pilagas), semejante a un inmenso duraznero en la selva de nuestro Chaco y Chaco boreal, infinidad de enredaderas, campánulos y rosedales, envolviendo a aquéllos, y a sus plantas miles de helechos de diferentes formas y tamaños.

Sobre las costas y en las copas de los árboles o entre el follaje volaban infinidad de mariposas. Deleitaban con sus trinos, calandrias, zorzales; boyeros con sus nidos de cerda columpiándose al viento; palomas, garzas, gaviotas, chajáes con sus gritos de alerta; el caraú, con su lamento triste... Volaban y buscaban su presa, cuervos, buitres, halcones, en veloces picadas; gritaban los teros, mirasoles, urracas, parlanchinas cotorras, papagayos; ensayaban sus trinos tordos, rey del monte, cardenales, y trabajaba en sus nidos de barro el laborioso hornero, "alonsito" de nuestros guaraníes. Me deleitaba viendo y observando a los titíes, miriquihas, carayás (graciosos cuadrumanos) con sus piruetas y gestos, y cómo por la orilla trotaban, en rápida huida, carpinchos, ciervos y nutrias, al ruido de los motores del buque. Enormes yacarés, que semejaban troncos volcados, dormían su siesta en la arena, o cuidaban de sus nidadas, o flotaban cerca del barco, con sus tamañas bocas como "convidándonos" a bajar, pero ¡cualquier día! Jamás podré olvidar estas escenas, ni se borrarán de mi retina las maravillas de esa vegetación hermosísima, de esa fascinadora naturaleza, sin precio para el que quisiera adquirirla, sin olvido para el que lo quisiera hacer, después de haberla visto...

Tocamos muchos puertos, de nuestro litoral: Rosario, Diamante, Paraná, con sus majestuosas barrancas, La Paz, Corrientes, Empedrado, Esquina, Lavalle, Las Palmas, Bermejo y otros que no vienen a mi memoria. Por fin, después de pasar el de Formosa, llegamos a Puerto Pilcomayo, frente a Asunción (Paraguay) y distante doce kilómetros de Clorinda. Era el 23 de octubre de 1943.

Hago un paréntesis en mi narración para contarles que por el puerto de Corrientes, pasamos a pocos kilómetros de las ruinas de Humaitá, ruinas que me trajeron un recuerdo un poco trágico para nuestras armas. Allí cayó lo mejor de la juventud argentina de otros tiempos, lo mejor de nuestros soldaditos argentinos. Recuerdo que en Curupaytí murió Dominguito, hijo del presidente D. F. Sarmiento. Vino a mi memoria el trágico asalto a sus trincheras, la valerosa y desesperada defensa de los sitiados; me pareció ver y oír el fragor del combate, los ayes de los heridos, el rugir de la trágica metralla y el estallido de los obuses.

Desde Puerto Pilcomayo se divisaba la ciudad de Asunción. La mayoría de nosotros creímos que se trataba de Clorinda; contentos, dábamos hurras y vítores, pero enseguida todo se aclaró: Clorinda quedaba hacia otro lado y cerca.

Desembarcamos en un día de lluvia con una creciente muy grande; hubo que transportar nuestro equipo, armamento y bagajes, desde el pontón hasta la orilla, en pequeños botes, que bailaban con la marejada como potros encabritados. No acostumbrados a estas embarcaciones, más el peso de nuestros equipos y armas, sentimos un poco de miedo. A mí se me hacía a cada momento que nos íbamos a pique. Estábamos medio desanimados; algunos hablaban de que los habían engañado, de que aquello era un infierno del que no iban a salir más. En fin, siempre hay disconformes.

Hicimos doce kilómetros en camiones, entre barro y agua, deteniéndonos en una pequeña población en la que había dos o tres negocios, algunas casas y unos cuantos ranchos; creíamos que parábamos un rato para descansar y proseguir luego la marcha, sin pensar que aquello que teníamos a la vista era Clorinda. Eso nos lo aclaró de inmediato nuestro jefe, que nos dijo: "¡Gendarmes, esto es Clorinda! ¡No es muy lindo, ni acogedor, pero aquí vamos a instalar el «Escuadrón Clorinda» y preciso la mayor cooperación de ustedes para hacerlo!..." Quedamos la mayoría decepcionados; aquello era verdaderamente triste y sombrío; el que más o que menos había tenido sus comodidades; mas sólo fue por un instante, porque uno de mis compañeros, Alcorta, dijo en voz alta que fue oída por todos: ..."¡Y bueno... qué quieren! ¿Que les hagan un escuadrón en la Plaza de Mayo?"... Reímos todos por su salida tan a tiempo y al rato empezábamos a trabajar con todas nuestras fuerzas, tanto que a los pocos días nadie se acordaba de nada, pensando sólo en la instalación de nuestro escuadrón.


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