Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 11. Sigue mi viaje a pie |
Llegamos al rancho del paisano sito en las orillas del pueblo. Allí me convidó con mate; me preparó un churrasco; luego tocó un poco la guitarra cantándome unas endechas tristes de un preso que en la cárcel cuenta sus penas, se lamenta de su cautiverio y llora amargamente su libertad perdida. Al oír yo los tormentos de otro ser más desgraciado que yo, me dije soto voce: ¿De qué te quejas tú? Vos no estás preso. Ningún delito pesa sobre vos. Sos un pájaro libre. Los cuatro vientos cardinales están a tu disposición. No tenés más que abrir las alas y volar en la dirección que más te cuadre. ¡Qué egoístas somos!. Por mucha que sea nuestra desgracia, siempre nos conformamos, cuando vemos a otros más agobiados por el dolor. Tendí pues unas caronas que me prestó mi protector y me dormí con la esperanza de que al otro día iba a encontrar trabajo.
El 16 de octubre me levanté bien temprano; tomé unos cimarrones y me largué al pueblo. Me oferté como peón de albañil o como peón de cocina. No encontré empleo. Fui a los hornos de ladrillos; me oferté por la mitad del sueldo común. Tampoco hubo trabajo. Buscar un empleo en mi oficio de tendero era inútil. Mi facha me eliminó por entonces para ese ramo. No pude encontrar donde ganarme el pan. San Nicolás estaba muerto comercialmente, porque el cólera había diezmado o liquidado casi la mitad de su población en el trascurso de ese año. Así me resolví seguir mi camino.
Al otro día, 17 (de octubre) a la madrugada, le di las gracias a mi pobre paisano hospitalario que sentía verme marchar a pie. “Quédese, amiguito, —me decía—, voy a empeñarme con la policía o en el juzgado de paz para que lo tomen de vigilante o de portero o de sirviente del Juez o del Comandante. Le di las gracias a mi protector, diciéndole: “Prefiero ser un triste peón y no ser ni vigilante ni empleado de persona que represente algún poder oficial. El trabajo será mi palanca para ganarme la vida. Quiero ser un pobre diablo, pero libre”.
En 1901, 33 años más tarde, me detuve ex profeso en San Nicolás. Vine de uno de mis viajes a las provincias. Vine a buscar a este buen hombre. Lo encontré en la Provincia de Santa Fe, a inmediaciones del Kilómetro 18 de la línea que iba a Constitución. Su situación era la misma de 1868; estaba de peón ya muy viejo y cargado de muchos hijos. Su situación pecuniaria era precaria. Me di a conocer y le decía: “He venido a saludarlo y darle nuevamente las gracias por sus obsequios de 1868”. Le regalé cien pesos moneda nacional. A él le pareció un sueño verme tan diferente y en la prosperidad.
—Ansina es este mundo, señor —me dijo—. Unos suben y otros bajan. Este mundo tiene mas gueltas que un carretel.
Sigo mi viaje. Pregunté pues la dirección para Arrecifes y comencé a meterle “macho talón”. Había caminado apenas treinta cuadras desde las quintas, cuando encontré a un hombre durmiendo entre cicutas en la orilla del camino. Con un cabestro (cabresto) largo tenía atado un caballo en una de sus piernas. El caballo estaba sin freno y pastaba alrededor del dormido. Este vestía el traje de gaucho rico: bota fina, espuela de plata, pantalón de paño y encima el chiripá, un tirador cubierto de botones de plata, un gran facón con vaina de plata y chapas de oro, camiseta de paño, pañuelo de seda al cuello. Su caballo estaba ensillado con el pretal completo de plata, freno, estribos, recado, rebenque, bozal: todo de plata. Era gordo.
En eso pasó por mi mente una idea tentadora: montar a caballo y llegar a Buenos Aires en dos días; transformarme en un abrir y cerrar de ojos de un pordiosero en un gaucho bien emprendado. Vendería las prendas en una platería y vendería el caballo. Me vestiría bien y me colocaría en una tienda. Al mismo tiempo una voz más íntima y secreta decía: Te transformarías de un hombre honrado en un ladrón, en un pícaro. Esto es lo único que te falta en tu triste situación para que seas un verdadero bribón. Hasta hoy todo el mundo te ha mirado con lástima y estimación, porque veía en ti un infeliz inofensivo. En lo sucesivo te mirarán con desprecio y en su interior, en vez de desearte buena suerte, pedirán una cárcel para vos. Al mismo tiempo, oí la voz de mi madre, cuando en la noche de mi despedida me echó su última bendición diciéndome: “Anda, hijo, a mendigar caras y voluntades; pero no hagas daño a nadie. Y ante todo sé honrado”.
Entonces sentí como un remordimiento por haber albergado en mi mente la idea de robar y seguí mi camino pensando que el diablo era tentador. Había que tener fuerza de voluntad para no dejarse arrastrar por la tentación. El hombre que deja el camino recto no adelanta nada. Se vive más tranquilo siendo honrado que cuando se es bribón. Por más disculpas se formule para disculparse sus flaquezas, el Juez Supremo que cada uno tiene metido dentro de sí mismo, le gritará sin cesar: Sos un bribón. Sos un canalla. Te las echas de listo e inteligente, pero no sos más que un pillastre.
Siguiendo mi camino, llegué a un rancho de un vasco que quedaba a corta distancia del camino. Este era, como son en general los vascos, de mucho agasajo, obsequioso y conversador. Me convidó con un rico asado, con galletas y una buena copa de vino carlón. Luego buscamos la sombra del rancho y nos echamos una buena siesta. Cuando nos levantamos, tomamos unos mates. Luego me despedí dándole las gracias por tan buen agasajo. Próximo a entrarse el sol, me alcanzó el paisano del caballo ricamente ensillado, el que me había tentado por la mañana. Vino que parecía un demonio con un porrón de ginebra en la mano. Una vez que estuvo cerca de mí, me gritó: “¡Ay, juna desertor! ¿De qué batallón serás? ¿De qué cárcel te habrás escapado? ¿Adonde vas, amigo, a macho talón? ¡Aflojóle la rienda a tu flete! Quiero correrte una carrerita a caballo o a fierro, como gustes y como quieras; media caña o caña entera y lo que sobra, pa tu agüela”. Y hacía rayar su caballo encima mío. —“¿De onde viene y pa onde va?”.
A todo esto yo andaba a las cuerpiadas para que no me pisara con el caballo y para evitar de que me echase al suelo de una pechada.
—Soy alcalde y voy a hacerlo bramar en las estacas por resertor (desertor) y porque anda de pantalón a cuadros, para semejante bombilla. Más vale tomar a tragos.
Era un demonio aquel paisano.
—Marchá preso a mi casa —me dijo y con el rebenque me señaló unos ranchos blanqueados que se divisaban, a corta distancia del camino—. ¿De qué tierra es usted, su mequetrefe? —me dijo.
—Soy de Tucumán —le contesté.
—¿De qué pago de Tucumán es usted? —me volvió a preguntar.
—Soy de Monteros, señor —le dije.
—La cuña, pa que sea güeña, ha de ser del mesmo palo, —exclamó el paisano—. Yo también soy tucumano, me dijo. Soy de Famaillá. Y ahora lo hago mi amigo. Tome un taco de ginebra y cuente con un paisano y un amigo sincero. ¡Váyase derecho a mi casa que es allí! Y me volvió a indicar los mismos ranchos como antes y salió corriendo en dirección a una tropilla de caballos que divisaba a corta distancia. Yo me dirigí a las casas. Y ya salían tres mujeres a recibirme, una vieja y dos jóvenes. Me hicieron pasar a la cocina y me abrumaron con sus preguntas: de dónde venía; por qué iba a pie; qué buscaba. Se quedaron satisfechas con mis explicaciones. En eso llegó a reunirse con nosotros el paisano. Me pidió disculpas por sus bromas y me entró a averiguar la vida. Le conté que yo había pasado esa mañana a su lado, cuando estaba durmiendo.
—¿Y por qué no montó en mi caballo?
—Porque no era mío, señor —le contesté—. Yo he venido de mi tierra a trabajar y no a hacer daño.
—Es usted un buen joven. Dios lo ha de ayudar —me dijo—. Otro en su lugar no habría andado con escrúpulos. Esto me prueba que es usted un hombre inofensivo. Anoche estuve en un velorio. El sueño y la ginebra me hicieron clavar las aspas en el camino.
Me convidaron a cenar. Me prepararon una buena cama en la cocina. Al otro día a la madrugada vino mi paisano a tomar mate y reanudamos nuestra conversación hablando de nuestro país. El era de Famaillá, provenía de una familia pobre de apellido Ramos. Tenía 20 años, cuando en 1841, cayó prisionero en poder de Oribe. Había sido soldado del general Lavalle. Una vez prisionero, lo destinaron a veteranos. Vino a Buenos Aires. Pasó a Montevideo. Hizo la campaña del sitio de aquella ciudad, hasta que se sublevó el general Urquiza con el ejército sitiador. Me contó cómo atravesaron el Río Paraná y derrotaron a Rosas en Caseros. “Luego —me dijo— conseguí la baja. Pero volví a combatir en Cepeda y en Pavón a favor de Buenos Aires. Mi corazón se conservó unitario siempre —me dijo. Ahora era alcalde del cuartel quinto de San Nicolás. Allí ha vivido desde unos 15 años. “Soy feliz, —me decía— porque tengo la suerte de no ser ambicioso. Con poco me arreglo. Tengo lo que necesito para vivir: una majadita de ovejas, una punta de vacas, una tropilla de caballos, unas cuantas yeguas para cría, gallinas, pollos y patos en mucha cantidad”. Daba gusto ver aquella casita tan limpia y todo en orden. El día dieciocho me lo pasé en el seno de aquella familia.
El día diecinueve me puse en marcha con dirección a la estancia de los señores Césares situada en la costa del Arroyo de Ramallo. Mi paisano quiso prestarme un caballo, pero yo rehusé aceptarlo, primero porque no debía abusarlo y segundo, porque eran unos animales briosos, lindos, que eran para mí como si fueran potros. Además yo no tenía ni una triste carona, ni soga. Nunca se debe abusar de las buenas personas y menos de las malas. A pie, pues, me dirigí a la estancia de esos señores para pedir trabajo en las esquilas. Jamás había visto esquilar. Llegué a la estancia y me recibieron los peones con un: “El es. No es. —¡Desensille, hermano! ¡Manee la yegua de su tropilla para que no se desparramen los matungos!”. Así, durante mi aproximación al sitio de trabajo, serví de titeo y de burla a esa pobre gente. Lo que más hilaridad les causaban eran mis pantalones. En aquel tiempo era raro ver a un hombre de pantalón en las estancias. Todos usaban el chiripá. Y si alguno llevaba pantalón, se ponía el chiripá encima. Serví, pues, de Ecce Homo a esa pobre gente.
Luego vino el señor Custodio César y me preguntó qué buscaba.
—Vine a ver si usted me hacía el favor de conchabarme en su trabajo de esquilas.
—¿Usted entiende estos trabajos? —me interrogó el señor César.
—No, señor —le contesté—, pero creo que podré ponerme a la corriente y recién entonces me asignará usted un sueldo, si lo merezco.
—Bueno. Pase a la cocina, —me dijo—. Luego le vamos a buscar asiento, a fin de que se gane la vida.
—¡Vaya, engorde primero!, —dijeron varias voces de los esquiladores. ¿De qué cárcel te habrás escapado?, —decía uno. Decía otro: ¡Cómo sería la madre de desgraciada cuando lo parió a este muerto de hambre!
De todo esto yo estaba afectado. En mi alma sentía una dolorosa angustia. Entré, entonces, a la cocina, me senté en un rincón y las lágrimas brotaron de mis ojos a raudales por sentir que servía de mofa de aquel grupo de trabajadores. “La muerte —me decía—, es cien veces preferible a esta vida de amarguras. ¡Oh, madre mía! ¡Cuánta razón tenías cuando me dijiste: anda hijo, a mendigar caras y voluntades. ¿Será esto el castigo del cielo por haberte dejado abandonada y con hijos chicos? ¿No había estado perfectamente bien en el Hotel Colón y, no obstante, me largué a correr un albur desconocido? ¿Cuándo y dónde hallaré el término de tantos pesares?”.
Hacete, hijo mimado de la suerte, una comparación entre vos y yo cuando teníamos la misma edad, treinta años por medio. Vos estabas haciendo la campaña de Tandil y de Roca, como conscripto en ese mismo mes, cuando te arreglé el ropero. Hice entonces una lista de tu ropa y aún la conservo. Tenías 105 pañuelos de hilo y de seda; 65 pares de calzoncillos entre franela, hilo y cefir; 55 pares de medias de lana, de hilo y algodón; 42 camisetas de verano y de invierno; 28 corbatas desde 1,50 hasta 10 pesos; toallas, sábanas y fundas a montones; trajes de verano y de invierno; botines de Bernasconi y Rigas y zapatillas, una zapatería completa. Tú, ministro plenipotenciario de la abundancia y yo, el embajador de la miseria. Tú estimado y yo para servir de titeo de un grupo de trabajadores ignorantes que, en vez de compadecerse de un infeliz, se aprovecharon de mi triste suerte para burlas torpes y deprimentes. ¿Conservarás tu bienestar hasta los 60 años, edad en que yo escribo mis peripecias de la niñez y de la juventud? El niño Aníbal y el señor don Camilo Núñez eran felices, vivían en prosperidad, cuando yo luchaba para elaborar mi primer y modesto capitalito. Ellos, más tarde, descendieron de sus alturas para ocupar un puesto de miserias y pobrezas, el que yo había ocupado en mi niñez y juventud...
A las once vinieron los peones a la cocina para comer y quisieron renovar sus bromas conmigo. Pero yo ya había reaccionado después que se había desahogado mi corazón. Volví a tomar bríos para la lucha. “Señores —les dije—, siempre he oído decir en mi país que los porteños son generosos, de buenos sentimientos y caritativos con los desgraciados como yo. ¿Qué mal les he hecho? ¿En qué les he faltado? ¿Acaso es un crimen ser un infeliz honrado? ¿Es una bajeza ser pobre sin hacer daño a nadies? ¿Es pecado caminar a pie en busca de trabajo honrado? Si hubiera sido un pícaro, no me habida faltado donde apropiarme un caballo y un recado ajeno para no andar a pie. Justo sería que se burlen de un bribón, de un atrevido, de un zafado. Pero mofarse de un infeliz y vejarlo a quien ningún daño les ha ocasionado, es señal de tener un mal corazón y de no haber aprendido todavía a respetar al infortunio y a la desgracia”.
—Tiene razón —dijeron varios peones y todos se apresuraron a agasajarme con sus mates, con cigarros... me llenaron de atenciones. Eran infelices como yo. También ellos tenían que luchar para ganarse el sustento. Su falta de educación los hizo, en ciertos momentos, burlones y hasta crueles.
Pasada la hora de siesta, vino mi patrón y me puso de ayudante del que ataba las lanas; trabajo fácil de aprender. A los tres días faltó el atador de lanas que era un viejo cantor por cifras y un alcoholista. Yo desempeñé su puesto a satisfacción de mi patrón y mía. El trabajo se concluyó a fines de octubre.
Entonces pedí trabajo en la estancia de don Benjamín Zapiola. Allí me conchavé y tuve que agarrar y manear ovejas para esquilar. Este es el trabajo más pesado en las faenas de las esquilas. Resistí seis días. Como sentía ya un fuerte y agudo dolor al pulmón, le pedí al patrón relevo. Me puso a recoger los vellones, un trabajo más liviano, era cuestión de ser activo. Desempeñé mi puesto hasta que se terminó el trabajo del todo.
Ya viste, hijito de mi alma, mis luchas y estrecheces. La necesidad lo dobla al hombre, lo unce al yugo del trabajo y lo hace tirar la carga por pesada que sea. Vos puedes decir que desde muy criatura me había acostumbrado a esa lucha y miseria. Es verdad, pero estaba en mi país, al lado de ese ser tan querido, la madre, que me estimulaba en el sufrimiento y me enseñaba a no recular a ningún trabajo. Todos los trabajos son honrados, nos dignifican. Pero ser ratero, ladrón, tramposo, borracho, jugador, licencioso, haragán, pechador y faltar a los deberes de un buen padre, renegar de la familia o de su patria, esto es deprimente y despreciable. El trabajo, aún el más humilde, nos honra, nos regenera y los que lo menosprecian son ignorantes, abusadores del sudor de sus mayores.
Sigamos la narración de mi viaje.