Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 5. El señor Abelardo Núñez 

En 1860, don Abelardo Núñez era el joven hombre más interesante de Monteros. Tenía entonces treinta años. Era de estatura más bien alta, un lindo hombre en todo. De cutis blanco, pelo y barba renegridos, enrulados, de bigote sedoso, bien ensortijado. Tenía una dentadura hermosa y blanca, ojos negros y juguetones. Un real tipo. Muy amable con ricos y pobres. No era orgulloso. Era generoso, obsequioso y caritativo. Tan pronto vestía el traje de gaucho, el que sabia llevar con el aplomo del auténtico gaucho, como se lucia con el aristocrático frac. Bailaba la zamba cueca como el mejor cholo, y los lanceros, contradanzas y cuadrillas, como el más pintado aristócrata. Tocaba la guitarra y cantaba muy bien. Tenía una voz sentimental. Era el Adonis de Monteros. En los bailes, casamientos y tertulias del pueblo era infaltable. Las niñas de categoría se relamían por el niño Abelardo, como le llamaban. A las cholitas se les hacía agua la boca, cuando les dirigía un piropo.

Hasta los treinta y dos años permanecía soltero. No podía encontrar la horma de su zapato. En ese año vino para la Pascua de la Resurrección, que es la fiesta popular de Monteros, el cura Bringas de Famaillá, acompañado de una hermana, llamada Rosarito. Una preciosura. Ella estaba en la plenitud de la vida. Tenía veinte anos. Era hermosa, graciosa, de carácter festivo, cariñosa y caritativa. En el baile del domingo de Pascua se conocieron Rosarito y Abelardo. Se prendaron mutuamente. “Se agarraron un camote recíproco”. A los pocos días estaba pedida la mano de la linda sultana de Famaillá. Se arregló el casamiento para el mes de noviembre de ese mismo año. Las niñas monterinas quedaron decepcionadas, con envidia al ver que una forastera se les llevaba el Adonis que tanto habían anhelado conquistar. En cambio se iban a desquitar con los bailes y bodas que se proyectaban que —según decían— iban a eclipsar a las del célebre Camacho.

Como yo era sirviente de la casa de la hermana de don Abelardo —pues él era hermano de doña Lucía Núñez, esposa de don Telésforo—, yo oí los comentarios que se hacían respecto a las bodas en preparación, los votos de dicha eterna que unos les auguraban a los novios; de envidia de fulanita y sutanita quienes se jactaban haber sido novias del simpático don Abelardo. Otras se empeñaban en encontrarle algún defecto a doña Rosarito.

Por fin llegó el ansiado mes de noviembre, que es cuando el opulento Jardín Argentino hace ostentación de su lujuria forestal. Sus bosques están llenos de exquisitas frutas silvestres: arrayanes, matos, moras chalchales, un mundo de ricas mieles; gran cantidad de aves de plumajes espléndidos y de carnes sabrosas. Todo Monteros se preparaba para festejar las bodas de este hombre mimado de la diosa Fortuna. Los mejores caballos, muías, yeguas y petizos, bien invernados estaban listos y bien cuidados para lucirse en el paseo a la quinta de los padres de don Abelardo. En aquella época no se conocían carruajes de ninguna clase en Tucumán, sólo las carretas y galeras. Estas últimas se usaban como medio de transporte hacia el interior o al litoral.

Llegó el día fijado para la bendición nupcial. Esta se efectuó en la casa en la que paraba la novia. Desde temprano se llenó de gente. La aristocracia lugareña de aquel tiempo la componían los tenderos, almaceneros, pulperos, agricultores y criadores. Si sabían leer y escribir, eran admitidos como aristocráticos. La plebe, como se decía aún, estaba compuesta de sastres, albañiles, herreros y artesanos. La aristocracia, pues, se instaló en un salón y la plebe, abajo en los corredores (galerías) y a la sombra de naranjos 1. Todo Monteros estuvo allí reunido. El hermano de la novia fue el que echó la bendición a los afortunados cónyuges. ¡Cuántos abrazos, cuántas felicitaciones les prodigaron! Les dejaban pronósticos de felicidad y dicha. Pero también ¡cómo era envidiada esta novia mientras se paseaba por el salón colgada «del brazo de su lindo esposo! “¡Qué dicha! ¡Qué suerte ha tenido esta niña —decían las viejas— haber cautivado el corazón de este hombre tan bueno, tan caballero y tan hermoso!”, cada vez que el señor Núñez pasaba cerca de ellas.

Tanto la aristocracia como la plebe bailaron hasta la una de la mañana. Y todos fueron invitados para el otro día a ir a la quinta, donde se darían las bodas y continuarían los bailes.

Al otro día a las once de la mañana, Monteros estuvo desierto. Todo estuvo cerrado. Ricos y pobres, grandes y chicos, todos habían tomado el camino de la quinta del Coronel Núñez. En aquella casa se reunía un inmenso gentío. En la sala, el comedor, el dormitorio, en los corredores y galpones, aquella quinta era una especie de pueblito. Galpones y rancherío, todo estaba abarrotado de gente. También a la sombra de los naranjos, limas, pacaráes, arrayanes, moras y otros árboles se juntaba el paisanaje. Zambacuecas, el cielito, la mariquita, el gato con relación eran bailados por la plebe al aire libre. Había como treinta guitarreros y arpistas. Otros formaban corros para oír cantar la vidalita. La aristocracia bailaba al son de violines y clarinetes.

En un gran galpón, donde solía guardarse el maíz, se había instalado la cocina. Allí se veía una montaña de empanadas, un cerro de tortas, una majada entera de corderos y cabritos asados. Quince ollas colosales había con guisos de gallinas y pollos. Una parva de quesos y quesillos. Tinajas y botijas llenas de miel y arrope. Grandes canastas llenas de arrayanes, moras, matos, exquisitos frutos de los bosques del lujurioso Tucumán. Había ocho noques (recipientes de cuero) de guarapo y aloja. Este era el vino de la plebe. La aristocracia tenía diez barriles de vino, de cien cuartas cada uno (medida de las viejas pulperías).

A las doce pararon las arpas, violines y clarinetes y se dio principio a la “manducatoria”. Yo con cuatro muchachos más estábamos designados para servir a la mesa de los de sangre azul. Los de sangre natural recibían cada uno su ración y a su turno. En la cocina había veintidós mujeres ocupadas. A la una de la tarde, tachos, ollas, tinajas, canastas, noques y barriles estaban desocupados. La montaña de tortas y empanadas había desaparecido, como también los corderitos y los cabritos. Hubo un momento de calma, mientras se hacía la digestión.

A las tres se reanudó el baile campestre y mientras avanzaba la tarde volvió a acrecentarse la jarana. Se carnearon todavía ocho vaquillonas gordas y se asaron con cuero. La farra se prolongó hasta el otro día.

Al salir el sol, cada uno tomó el camino de su casa, cayéndose de cansancio y de sueño. A las ocho de la mañana, la quinta era un cementerio de vivos. Todo el mundo dormía. Según cálculos que hizo don Telésforo, esas bodas costaron como dos mil quinientos pesos bolivianos: una fortuna en aquella época. ¡Un disparate empeñarse para llenar estómagos ajenos! Quién sabe, algún día les haga falta a los mismos novios lo gastado en obsequios en estas bodas. Según decían las viejas y las mozas, jamás se habían visto unas bodas tan concurridas y tan espléndidas. La pareja matrimonial se fue luego a Los Lules a pasar la luna de miel.

Habían transcurrido cuarenta y un años desde que yo no los había vuelto a ver a don Abelardo y a doña Rosarito. A los treinta y seis años de haber salido de Monteros, he vuelto a él. Y preguntando por los conocidos, me dijeron que el señor Núñez vivía siempre en la quinta de sus padres. Tomé un carruaje y me fui a dar un paseo por esos mis antiguos pagos, en donde en otros tiempos, cuando me arrastraba penosamente con mis infortunios a cuesta, había llenado mi exhausta barriga. El cochero se paró frente a un rancho muy pobre, casi arruinado. Yo me bajé del coche, creyendo que el cochero tenía algo que arreglar en los aparejos de los caballos. Pero al ver la actitud quieta del auriga, le pregunté por qué se había parado allí. El me contestó que allí estaba la casa de don Abelardo Núñez.

Entonces mire con atención hacia aquel pobre rancho. Me dirigí a la casa, pase entre unos escombros que me interceptaron el paso y al aproximarme al rancho divisé a un anciano de larga barba blanca como las nieves del Aconquija. Estaba sentado debajo de un naranjo. Llevaba un traje de brin, lleno de remiendos en sus pies sin medias, alpargatas. Lo saludé. El anciano se levantó, me miró con mucha atención y curiosidad al mismo tiempo. En ese momento salía del rancho una mujer vieja mal vestida, en chancletas. Pregunté por don Abelardo Núñez. En anciano me dijo:

—Soy un servidor de usted.

—¿Cómo? —le dije admirado—, ¿Es usted el señor Núñez?

—¡Sí, señor!, —me contestó.

—¿Y su esposa, doña Rosarito? —le interrogué.

—Ahí la tiene usted, caballero. —me dijo, señalándome a la vieja rotosa que salía del rancho.

Yo estaba estupefacto. No sabía qué hablar. Miraba al viejo y a la vieja y me decía: Será posible que aquellos angelitos que yo conocí llenos de vida, de dicha y de prosperidad estén convertidos en algo menos que dos mendigos. Mi patrón tenía razón cuando dijo: quien sabe, algún día no les haga falta a ellos mismos lo gastado en sus bodas. Se hacía embarazosa mi presencia delante de aquellos dos ancianos que me estaban devorando con su vista.

—¿Será posible, don Abelardo y doña Rosarito, que ustedes estén tan viejos y tan distintos de cuando yo los he conocido?

—¿Pero quién es usted, caballero? me preguntó la señora.

—Yo soy un poblé diablo, señora —le contesté—. Cuando ustedes se casaron, yo era su sirviente y muy feliz y contento me hallaba de desempeñar ese empleo al lado de ustedes y de su cunado, don Telésforo García.

—¡Electo! exclamó don Abelardo y me tendió sus brazos Nos estrechamos y nuestras lágrimas se confundieron. El aristócrata caído abrazó al plebeyo, elevado por algunos pesos más en su cartera. Aquel hombre conservaba su carácter afable aún en su situación de disminución. Doña Rosarito también me estrechó junto a su pecho y también lloró.

—¡Cuarenta y un años! —me dijo—. Veo que tus trabajos de la niñez te han llevado a la prosperidad.

Entonces les conté mis peripecias a grandes rasgos, —como dicen los literatos—. Don Abelardo me dijo luego: "Ahí estaba la base de tu desahogo actual, de tu bienestar presente: en haber nacido pobre y haber sido trabajador. Esas mismas peripecias te han formado un espíritu conservador. Nosotros tuvimos la desgracia de haber nacido ricos y gastadores y de no haber adquirido hábitos de trabajo. Vivimos con la mano abierta. A mí todos me decían que yo era muy bueno; pero me han dejado en cuero. Mientras daba fiestas y terneras guatiadas y asadas con cuero al natural, yo era el Non Plus Ultra de la sociedad. Pero se me acabaron los pesos y se cortaron las amistades y las relaciones. Hace como diez años que no llega a esta tapera un hombre que vista tu traje. Ya ves cómo nos encontramos en los últimos días de nuestra vida, al principio tan holgada y relumbrosa y tan triste y miserable en su término.

Los ojos de aquel hombre excelente se inundaron de lágrimas. “Aquí sólo nos queda este rancho ruinoso. Quedan los escombros que silenciosos guardan los ecos de otros tiempos más felices" . Y un suspiro se escapó de aquel hombre generoso cargado de decepciones. Quince hijos habían sido el fruto de aquel matrimonio que bajo tan buenos auspicios se había iniciado. Doce hijos habían pasado a mejor vida después de haberlos criado. Les quedaban dos hijas casadas y un varón de dieciocho años que trabajaba en un ingenio azucarero por 40 pesos al mes. Este sueldito era su única renta, su único medio de vida.

—Si este nos llegara a faltar —me decía— no nos quedaría más camino que el de la mendicidad.

Les hice un obsequio en dinero a aquellos ancianos y me despedí con el corazón lleno de amarguras. ¡Otras víctimas de la sociedad! —me decía. Su buen corazón los ha arruinado. Si hubieran tenido un poquito de egoísmo, habrían conservado algo para sus últimos días. La caridad bien entendida debe principar por casa.

Ahora les voy a describir otro incidente jocoso y amargo para mí. Hablo de los tiempos en que yo conocía a don dinero sólo de vista. Las monedas eran muy chúcaras para entrar en mis bolsillos.

A fines de marzo de 1861, un domingo de Resurrección, don Telésforo me regaló cuatro reales bolivianos que equivalía a 32 centavos m/n. Yo me creía un millonario. “Andate —me dijo— a pasear hasta la hora de hacer la cena. Yo me fui al mercado. En el camino me hice mi programa cómo emplear mis cuatro reales. Un real para comprar uvas, un real para manzanas, otro para duraznos y un real para comprar pasas de higos. Todas estas frutas exquisitas las habían traído a lomo de muías desde el fuerte de Andargalá y de Santa María de la Provincia de Catamarca. La boca se me hacía agua al sólo pensar en la panzada que me iba a hacer junto a mi madre. Mi propósito era comprar frutas y correr a la casa de mi madre para que participara conmigo el banquete de frutas. Cuando llegué al mercado noté que había un gentío inmenso. Todo el paisanaje de Monteros, de Simoca, de Famaillá y de Medinas se había congregado para la fiesta de Pascua de la Resurrección que era la fiesta patronal del pueblo. Había también muchas clases de juegos “peladores” para los incautos. En todo los tiempos los hubo y los habrá. Pero el más favorecido entonces era el juego de la taba. Se habían formado varios corros alrededor del “hueso popular”. Al pasar a uno de esos corros, me encontré con Rufino Riarte, un muchacho de 16 años, vecino de la casa de mi patrón.

Me llamó:

—¿Tenés algunos reales? —me preguntó.

—Sí, tengo cuatro —le contesté.

—¡Dámelos! —me dijo—. Voy a tirarlos a la taba por una vaquillona.

—¿Y qué es una vaquillona? —le interrogué yo.

Y él me dijo:

—Vos ponés tus cuatro reales; copo la banca por ocho reales y les echo una suerte clavada y vos te ganas cuatro reales en un abrir y cerrar los ojos.

Yo me entusiasmé. Le entregué mis cuatro reales. Riarte copó la banca, agarró la taba, la abarajó, como lo hacen los jugadores expertos en este oficio, tiró la taba y echó un culo... clavado. Yo lancé un alarido que a los jugadores los asustó. Me eché a llorar y salí corriendo a toda furia en dirección al rancho de mi madre. ¡Adiós uvas, duraznos, manzanas y los higos secos! Yo gemía y gesticulaba, parecía un chiquillo. Mi madre me preguntó el por qué de mis lamentos. Le referí lo ocurrido. Y por consuelo me dijo: “Los cuatro reales has empleado mejor al comprar esta decepción que si hubieras comprado frutas. Estas, por exquisitas que sean, se digieren pronto y se olvidan. Pero el amargo sabor de esta decepción no se te olvidará tan fácilmente. Si hubieras ganado otros cuatro reales, habrías perdido muchos reales en el porvenir, porque te habría gustado el vicio”. Y desde aquella época en que tenía catorce años, jamás he vuelto a jugar un centavo a ningún juego. Siempre les he tenido como un asco a los jugadores. Hoy los compadezco porque los jugadores son algo menos que ladrones. Son nocivos a sus pueblos y ellos son los primeros en vivir y en morir aplastados por ese vicio envilecedor. De cien jugadores noventa y nueve mueren en la miseria. Y esa lacra se transmite a los pobres hijos que pagarán las culpas y los extravíos de sus antecesores. ¿Pero qué le vamos a hacer a esta débil humanidad? ¡Paciencia y adelante!

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Nota:

1 Un viejo poblador de Monteros me contaba que sus antepasados le habían contado que los naranjos allí hablan sido excepcionales en tamaño y calidad; que algunos alcanzaban la altura de 20 a 30 metros y de un solo árbol se habían cosechado quince mil naranjas. Esas cosechas formaban casi la base de la economía del pueblo.