Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 15. El casamiento de Vázquez |
Voy a referirte otro casamiento que debe ser digno de mención por la nobleza de su protagonista, por su carácter afable y su desprendimiento.
Nuestro país es rico en todo; en productos materiales, morales e intelectuales. Y es tan fácil hacer fortuna habiendo honradez, constancia y economía. Pero esas mismas facilidades nos corrompen a veces y nos hacen incurrir en graves errores que tarde o temprano hemos de llorar. A muchos les gusta ser chicharra, más que ser hormiga, la juventud alegre y la vejez estrecha. .. Algunos sólo se preocupan de farras y de darse importancia a costillas del sudor de los padres. La necesidad sabe formar y transformar a los hombres. Si el general San Martín hubiera sido hijo de millonario, no habría resultado el Libertador de la mitad de la América del Sud.
Vamos a la narración: En 1869 había en Chivilcoy un joven español, Vázquez de apellido, natural de Vigo. Estaba colocado en la Casa de los Señores Lista Hnos. como dependiente de almacén. Vázquez era un muchacho vivaracho, inteligente y trabajador, muy interesado en hacer prosperar los intereses de sus patrones, juicioso y económico. A todas estas cualidades unía un físico simpático; era rubio, alto, bien desarrollado y tenía unos mostachos en ciernes. Las chinitas del barrio suspiraban por el galleguito, porque era de un carácter alegre, jocoso y oportuno. Este era un candidato seguro para llegar a tener buena fortuna en esta tierra de promisión, en donde sólo los haraganes viven en la miseria. Vázquez tenía veinte años, edad de oro del hombre. ¡Cuántas esperanzas, cuántas ilusiones encierra el corazón a esa edad! Todo es alegría, no existe la tristeza porque aún no hubo decepciones. Pero desde esa edad ya comenzamos a dejar las ilusiones para entrar poco a poco en el laberinto de los sufrimientos.
Próximo al almacén vivía la señora viuda de Menéndez con su hijita de trece años. Esta familia era entonces la más rica del barrio. Tenía una estanzuela con mucha hacienda vacuna y lanar. Un día se enfermó la señora. Se encontraban solas porque las sirvientas no se hallaban. Había necesidad de ir al almacén para buscar un poco de aguardiente para preparar un remedio. La niña salió corriendo, fue al almacén de los Lista. Vázquez la atendió y no pudo contenerse de hacerle un tirito amoroso. Le largó un fogonazo a boca en jarro, diciéndole: “La comprometo para que nos casemos cuando usted tenga dieciocho abriles y yo 25 inviernos. ¡ Qué linda yunta haremos, criollita de mi vida! ¡ Qué ojos! ¡Qué boquita y que talle!” Todo esto le decía Vázquez, mientras la despachaba y le daba el vuelto. La niña salió corriendo sin contestar nada, pero las mejillas de su cara se habían enrojecido como una granda. Entró corriendo a su casa. Pero la madre se dio cuenta que algo le había pasado en el almacén o en la calle. Estaba nerviosa. La madre empezó a preguntarle qué le había sucedido. Pero la niña no quiso confesárselo. Decía que nada le había ocurrido. La madre con esa suspicacia que proviene de la experiencia y con el cariño que una mamá ejerce sobre sus hijos, poco a poco le fue sacando las palabras que Vázquez le había propinado en su discurso amoroso. La viuda calló y no dijo una palabra por el momento. Era una mujer reservada, una criolla orgullosa y “empretinada”. A los pocos días, ya recuperada de salud, se acicaló, se empolvó lo mejor que pudo y enderezó para el almacén de los señores Lista Unos. Entró por la puerta de la esquina y preguntó, sin dirigirse a nadie:
—¿Está alguno de los patrones gallegos de esta pulpería?
—Sí, señora —le contestó uno de ellos—. Un servidor de usted. Estoy a sus órdenes.
Ella entonces le dijo:
—Vengo a ponerle a usted una queja. ¿Hay aquí un galleguíto atrevido y pretencioso, llamado Vázquez?
—Sí, señora —le contestó el patrón—, hay un señor Vázquez aquí.
—Los otros días —dijo la señora—, tuve necesidad de mandar a mi niña a su almacén y ese galleguito insolente y atrevido tuvo la desvergüenza de proponerle casarse con ella.
En ese momento entró Vázquez al almacén. Venía del depósito donde estaba haciendo una estiba de tercios de yerba (fardos), y, como era natural, estuvo casi en paños menores con una camiseta, una bombacha de brin y con alpargatas. El patrón se dirigió entonces a Vázquez interrogándole qué era lo que había sucedido con la niña de la señora. Vázquez se abatató y sólo le contestó:
—Bromas y nada más. Yo no le he dicho nada que podía ofender su honor, ni le he faltado en nada al respeto. De todo modo no volveré a incurrir en tales faltas. Le pido perdón, señora.
Vázquez lo dijo con sincera humildad. Pero la viuda estaba furiosa.
—¡Miserable! —le gritó—, gallego de patas sucias, sarnoso y zaparrastroso. ¿Te has creído que mi hija se rebajará a ser tu mujer? Atrevido y guarango sin cultura, mejor sería que aprendas a vestirte para ponerte frente a gente decente.
La mano de Dios castiga la soberbia de grandes y pequeños, pensaba yo, pues yo me encontraba en el almacén tomando una copa. Vivía en el barrio y era amigo de Vázquez.
La viuda, después de haber largado sapos y culebras, salió hecha una arpía. El señor Lista no supo qué contestar a los improperios que vomitara la criolla orgullosa. Nosotros no tenemos derecho a deprimir a los españoles cuyos padres nos civilizaron. El pobre Vázquez, después del terrible sermón de la viuda, quedó abatido y más todavía cuando recibió otro del patrón, corto y contundente. Gracias a que era muy buen dependiente, no lo despidieron.
Transcurrieron algunos años. En 1874 los señores Lista Hnos. se retiraron del todo del negocio y Vázquez quedó al frente de la casa. Tenía ya su capitalito, buen crédito en la plaza y en el pueblo su casa estaba bien acreditada.
Mientras Vázquez prosperaba, la viuda de Menéndez iba arruinándose. Entre abogados y procuradores la saquearon, como de costumbre, al arreglarle la testamentaria de su esposo. Una vez en posesión de sus bienes, la viuda se vino a la Capital, se instaló regiamente y se rodeó de un vasto círculo de relaciones brillantes. En cuatro años derrochó a manos llenas lo que su marido le había reunido en treinta años aguantando hambre, frío y calor; comía mal y dormía poco, todo para formarse esta estanzuela.
El señor Menéndez era español. Vino a este país en buque de vela en tercera clase. Fue peón de la estancia La Choza, en Luján. Quince años estuvo allí de peón y capataz. Con la ayuda de su patrón compró media legua de campo cerca de la Guardia del Bragado, en 1855, cuando el Gobierno vendía los campos a plazo de ocho años, a 55 mil $ m/c. la legua (de 1600 cuadras), o sea por 2.200 pesos m/n. Eran campos desiertos. Los pobló. Luchó con los indios y con los gauchos cuatreros que eran peores que los indios. Y luchó con las inclemencias del desierto, con su triste monotonía, desamparado. La orgullosa viuda también era hija de español, de uno de los fundadores de Chivilcoy de apellido Sánchez, un chacarero honradísimo. Al morir este, les dejó una chacra y dos casas en el pueblo. La viuda criolla era de aquellas que no sabían recular para gastar y derrochar.
Bien pronto vendió todo y luego desparramó su importe. Cuando el finado Menéndez llegó a conocer a su señora, ésta era una joven de 22 años, costurera de la antigua tienda de don Pepe Indas. Se casó con ella. Y a los diez años de casado, murió Menéndez, dejándole varios hijos que se murieron, cuando el cólera en 1868. Sólo quedó con vida la criollita llamada Anita Menéndez. La viuda liquidó la media legua de campo repleta de hacienda, gastando todo en fausto, garbo y orgullo por vivir unos años en un palacete en la soberbia y por otros arretrancas. Cuando fustigó a Vázquez con tanta dureza, no quiso acordarse que todo su bienestar lo debía a pobres gallegos que tanto habían luchado para que ella lo tuviera que tirar. Era tan ingrata que renegaba de su misma sangre. Y así se liquidó la viuda de Menéndez. Apenas le quedó una casita con techos de paja en Chvilcoy. Y allí vino de la ciudad a refugiarse en su rancho viejo.
En los carnavales de 1875, Vázquez fue a un baile de familia y allí se encontró con Anita Menéndez que estaba hecha una preciosa niña. Entre polcas y mazurcas le recordó el incidente de 1869 y le reiteró su promesa o pedido, aunque su mamá había sido un poco dura con él. Todo lo había olvidado y volvió a correr el mismo riesgo de aquel tiempo. Le decía: “Desde aquel día en que su mamá me pegó esa filípica tan dura, le hice a usted un tabernáculo en mi corazón alumbrando constantemente su imagen con la antorcha de mi amor. Me hice más circunspecto, más perseverante, más económico. Y estoy dispuesto a cualquier sacrificio a fin de que usted me acepte como esposo”. La criollita estaba saltando por coparle la banca. Pero era una buena hija y temía contrariar a su madre, teniendo en cuenta lo que había pasado antes.
La viuda, aunque arruinada, aún tenía sus barruntos, pero era caprichosa. A los quince días de ese baile en que Vázquez renovara su promesa matrimonial, se presentó la viuda temprano en el almacén preguntando por el señor Vázquez. Al momento fue atendida con los mayores cumplimientos, aunque Vázquez tenía una batata de mi flor. Creyó que la señora le iba a enrostrar otra filípica como la de hacía seis años. Pero cuál fue su sorpresa, cuando la viuda con toda humildad le dijo que había venido para pedirle costuras, que su estado financiero era precario y que necesitaba trabajar para ganarse el pan para vivir. Efectivamente, Vázquez había agregado a su almacén una tienda de ropa confeccionada para trabajadores y buscando su baratura, la hacía confeccionar en las casas. “Con el mayor gusto —le contestó Vázquez—. Estamos a su disposición”.
Así entró la orgullosa señora a ganarse el pan con el trabajo que le proporcionara el joven generoso y noble, a quien ella había llenado de improperios, seis años antes.
No había terminado ese año 1875, cuando Vázquez se casó con su adorada Anita. La llevó a su casa juntamente con su suegra a quien colmaría de atenciones y caricias. Pocos yernos tan buenos como Vázquez había para suegra. Una vez la vieja quiso acordarse del incidente ingrato para pedirle perdón. Vázquez se levantó, la besó, la abrazó con el cariño que se besa a una madre y le dijo: “No te acuerdes más de eso, si es que me tienes respeto. Con el amor de mi esposa y con tu estimación estoy resarcido con usura de aquel mal rato”.
Ahí tienes, hijo querido, un acto de nobleza, de abnegación y constancia. Perdonó una ofensa que brotara del orgullo. La mano de Dios castigó severamente la soberbia de la mujer. Y la Providencia iluminó el corazón y la mente de Vázquez para que no recordara la ofensa y saborease la dulzura del perdón.
Este es un caso diferente a los anteriores, pero en el fondo está el mismo problema, la soberbia es humillada. ¡Qué diferentes eran Vázquez y Antuña! Este ha sido un estafador. Estafó al confitero, al hotelero, al sastre, al cura y a su suegro; estafó la candidez de la niña y el orgullo de una madre extraviada; explotó un pueblo entero haciéndose estimar dándose méritos que no los tenía. Vázquez a nadie explotó, a nadie estafó. Era un tipo de hombre laborioso, honrado e íntegro. Hizo un casamiento modesto, sin farsas ni deslumbres, de manera que nadie le pudo envidiar. Antuña murió joven devorado por el desprecio público dejando a su viuda con dos hijas que para vivir se agarrarían a las costuras para poder vivir. También Misia Genoveva tuvo que ganarse el pan con su trabajo hasta los últimos momentos de su vida. Hace seis años que murió Vázquez, dejando a los suyos una fortuna regular. Siempre fue estimado por el pueblo. Vivió tranquilo y no fue perjudicial a nadie. Un joven pobre, laborioso y sin vicio es preferible a un joven rico, lleno de vicios y enfermedades por su vida desordenada. Una niña pobre, honrada y trabajadora es preferible a una niña rica, orgullosa y gastadora. La mujer rica es autoritaria y de difícil trato en el hogar. Don dinero es un potro quisquilloso, apenas le aprietan la cincha un poco, ya sale parando la cola yéndose a pértigo. Así es, mis queridos nietecitos. Hay que casarse por amor y no por dinero...