Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 12. Llegada a Buenos Aires |
El día 5 de diciembre, el patrón nos arregló las cuentas. Me encontré con 440 $ m/c (son 22 $ con 30 ctvs. oro y 44 $ %). Pero estuve casi desnudo. Mi traje estaba hecho jirones. El calamaco era aún mi pilcha mejor. Yaguané 1 que allí se guarecía, no salía con indulto. El patrón me preguntó si quería quedarme en la estancia para cuidar una majada. Yo no acepté, porque tenía como un hambre de conocer a Buenos Aires. No tenía vocación para ser ganadero. El día 6 me puse en marcha para Arrecifes en compañía de un santiagueño que iba a Navarro. Yo estuve mejor habiao que cuando había llegado a la estancia de los Césares. Un tal Varela, un catamarqueño, me había dado un mancarrón patrio y tuerto, manso como un cordero. Unas caronas viejas y unas bolsas rotas para embolsar lana componían mi recado. Una libra de cabo de Manila hacían las veces de riendas y cabezadas. Mis compañeros de trabajo me chichoneaban diciéndome que había de ser cantor, por el recado, o domador, por las riendas. Ese día dormimos en Arrecifes; el día 7, en Carmen de Areco. Marchábamos al sistema provinciano: al trote. El día 8 de diciembre llegamos a Mercedes, como a la una de la tarde. Me despedí de mi compañero, largué mi patrio a la costa del río y tiré mis pingajos que me servían de recado. Me quedé solo con mi inseparable calamaco.
Pregunté, entonces, en qué dirección quedaba la estación y allí me dirigí. Llegué como media hora antes que arribara el tren de esa tarde proveniente de Chivilcoy. Mi traje y mi facha debía infundir la sospecha de que fuera algún facineroso.
Les describo mi atuendo: Alpargatas viejas sin medias; pantalones de color indefinido por la mugre; saco de paño, color ratón, todo andrajoso y sucio; un pañuelo de algodón también sucio al cuello; calzoncillos de lienzo ordinario; sombrero de paja roto y sucio; mi calamaco al hombro. Era el representante genuino de la pobreza, de la roña y de la mugre.
Ya veo, hijo, que ponés cara fea al leer la descripción de mis miserias juveniles. “Aquellos barros han traído estos polvos” 2. Tengo la satisfacción de contarte mis pobrezas desde el centro de las riquezas. Tengo comodidades, bebo el aristocrático champagne, el espléndido Jerez, fumo habanos, piso alfombras... Sí, es uno de mis goces, poder contarte mis penurias desde el ámbito de la esplendidez. ¡Ten cuidado, hijo querido, no vayas algún día a contar tus grandezas juveniles estando en pobrezas, abatido por el infortunio!
Con el atuendo que les describí me fui a Buenoc Aires, el 8 de diciembre de 1868. Llegó el tren. Tomé asiento en segunda, porque no había tercera. Y partió el tren hacia Buenos Aires. Mi corazón latía fuertemente. Por fin iba a conocer la Atenas del Plata, la Metrópoli que llevó su bandera emancipadora a la mitad de los países de América Latina. En Luján subió al tren un público numeroso y una banda de música que habían venido de la ciudad para la fiesta de la Patrona. El tren reanudó su marcha y la banda rompió sus acordes ejecutando un pasodoble marcial. Yo me creí transportado a otro mundo. Aquel público bullicioso estaba bien vestido. Yo era el único roñoso mal entrazado. Con el pelo largo y mi barbita naciente, parecía un demonio en medio de aquella gente bien acicalada. Cuando llegamos a Flores, creció mi entusiasmo. Había allí otra banda de música y un público numeroso y elegante. Me impresionaron aquellas casas quintas con jardines de flores como yo nunca lo había visto.
Llegamos a la Plaza del Once, también llena de gente. Entramos a Buenos Aires por la calle Corrientes; después por la del Parque hasta que llegamos a la Plaza y Estación Terminal del Ferrocarril, hoy Plaza Lavalle. La estación estuvo en el sitio en el que hoy está el Teatro Colón. Al entrar nuestro tren en la calle del Parque (hoy Lavalle), la banda de música volvió a ejecutar un pasodoble que concluyó por exaltarme el entusiasmo en todo el cuerpo.
Comenzó el desembarco. Yo seguí hacia donde se dirigía la gente. Salimos a una calle. Miré la tablilla de la esquina y leí: Cerrito. En el otro lado de la misma esquina decía: Tucumán (!). Calculaba que la calle Rivadavia debía estar al sud y me largué en esa dirección. A la altura de La Piedad, hoy Bartolomé Mitre, vi un tablero que decía: “Ropería del Pobre Diablo”. Entré pues a la tiendita. Era una ropería donde se vendía ropa nueva y usada. Había llegado el momento de comprar ropa para dejar mis andrajos. Allí hice la siguiente compra: Un par de medias por 3 $ m/c., un par de calzoncillos de lienzo por 8 $, una camiseta interior por 7 $, una camisa percal por 10 $, un saco de lustrina por 20 $, un pantalón brin por 15 $, un sombrero de paño por 18 $, una corbata por 4 $, un par de zapatillas de carpincho, usadas, por 12 $, un pañuelo de mano por 3 $, dos peines, uno grueso y otro fino por 3 $ y un pan de jabón por 1 $. En total gasté 104 pesos moneda corriente, o sea alrededor de 11 pesos moneda nacional. En aquellos tiempos todo era barato y yo precisaba poco para vestirme con elegancia y con arreglo a mi capital.
Vuelvo a decirte, hijo mío, que compares tu ropero del mes de octubre de 1898 con el mío, el 8 de diciembre de 1868. ¡Qué diferencia entre el padre y el hijo! Cuando tú conociste a Buenos Aires en 1885, ibas en tren y en primera clase, bien vestido y acompañado de tus padres. Yo había llegado como un desamparado. Nadie me conocía ni yo conocía a persona alguna.
Hice mi lío, pagué el importe y seguí caminando hasta la calle Rivadavia. Allí me quedé sin saber a qué lado tomar. Pregunté a un transeúnte por dónde quedaba la Plaza de la Victoria y luego seguí su indicación. Cuando llegué a esa plaza, un grito espontáneo se escapó de mi pecho. “¡La Patria!”, exclamé mirando la estatua de la Libertad. Luego avancé hasta su pedestal y desde allí eché a mirar los edificios en torno. En el Cabildo el reloj marcó las seis y media de la tarde. Allí estaba la Recova de Anchorena con su histórico arco bajo el cual el general inglés Beresford, el de la invasión de 1806, rindió su espada. Esa Recova separaba la Plaza Victoria de la del 25 de Mayo. Allí estaba la Recova de Escalada, donde, en 1841, fue degollado el doctor Zorrilla por Cuitiño, esa guillotina humana del Tirano. Allí estaba el Cabildo de 1810 en el que nació la Patria. Esta era la cuna de nuestra emancipación política. Este es el edificio glorioso y parece que dentro de sus muros aún se oye el eco de la voz de nuestros proceres cuando discutían, en el Cabildo Abierto, con nuestros padres peninsulares, su derecho a ser libres. Allí estaba la Catedral donde el pueblo degenerado de 1840 adoraba el retrato del Tirano como si fuera un dios, y bajo cuyos portales la Mazorca pegaba con brea el moño colorado a las señoritas que no lo llevaban bien grande. Al lado del Cabildo estaba entonces el cuartel de serenos del Tirano en donde todos los días, después del toque de la diana, se fusilaba a los pobres reos políticos al grito de “¡Viva el Restaurador de las Leyes!” ¡Oh ciudad tan grande! Tú también has tenido tus épocas de decaimiento; has pasado por momentos tristes.
Mis apuntes, hechos en varias épocas de mi vida, son incompletos y mi memoria se ha gastado en el transcurso de cuarenta años. Pero me recuerdo que me senté en uno de los bancos de mármol que entonces rodeaban la Plaza. Estaba ebrio de placer. No cabía en mi pellejo de contento, pues estaba sentado en la plataforma más alta de la Patria, estaba en la Meca de mis sueños. Y me parecía un sueño. Me tocaba para cerciorarme de que no soñaba. Me parecía semejante a esos náufragos que, después de estar mucho tiempo en una isla solitaria y desértica, escudriñan el horizonte para ver si divisan una vela de alguna nave que pueda sacarlos del cautiverio, hasta que una barca los acoge a bordo, los conduce a sus playas y los vuelve a su Patria, a su hogar. En esa hora feliz entre los suyos ya olvida todas sus penas y peripecias. Lo mismo me pasaba a mí. Aunque yo no dejaba de ser un náufrago de la vida, estaba en mi Meca. Pero estaba solo, sin hogar, sin amigos, sin conocidos y sin otro protector que Dios y sin más amparo que los pocos pesos que me quedaban en el bolsillo. Pero todo lo había olvidado. Estaba en la tierra de promisión, la cuna de la libertad de Sud América. Respiraba el mismo aire que respiraban los proceres de la Revolución de Mayo.
A las siete y media me levanté de mi asiento. Me dirigí al río y en él me pegué un buen baño y una buena jabonada. Hice pasear mis peines por mi melena y mandé aguas abajo todos los yaguaneses. Me puse mi traje flamante y sólo me quedé con mi viejo y fiel calamaco. Sentí en mí otra vida.
Luego me fui al Paseo 9 de Julio buscando una posada. En la calle Piedad entré en un albergue, el Restaurant La Perla que hoy está todavía con el N° 234. Allí traté la cena y la cama por cinco pesos m/c. (20 centavos). La cena fue un mondongo y un asado viejo, sin pan y sin vino. La cama era un catre pelado y una almohada sucia. Todo debía estar arreglado conforme el capital y la vida que uno llevaba. Después de cenar fui a una barbería y por otros 5 $ m/c. me hice afeitar y pegar una buena rapada. Luego salí a dar un paseo: Primero visité a Santo Domingo, porque allí estaba la tumba de Belgrano...
Esa noche recorrí la parte central de la ciudad por Buen Orden, Artes, Corrientes y Venezuela hasta el Bajo. A las once fui a dormir. Estaba contentísimo y orgulloso al verme en Buenos Aires limpio y alegre. Mis penas habían desaparecido como por encanto. Mi traje nuevo, mi cara bien afeitada, mi cabeza rapada, todo contribuyó para hacerme feliz.
El día 9, bien temprano estaba ya en pie recorriendo el Paseo de Julio en dirección a Retiro. Iba a saludar la estatua de San Martín. Ese día le escribí a mi madre y le mandé 100 $ m/c. dentro de la carta. Por la noche del día 9, mi capital quedó reducido a 122 $ m/c. Había encontrado a varios paisanos y conocidos. Unos me sablearon 10 $, otros 20 $. Mis gastos se redujeron a sesenta y tantos pesos por la invitación de amigos improvisados.
El día 10 comencé a buscar trabajo como dependiente o como mozo de café. Me pidieron recomendaciones o referencias. Yo no conocía persona que pudiera recomendarme o garantirme, porque mis conocidos eran unos pobres diablos como yo. Seguí buscando trabajo como lavaplatos en fondas y hoteles o de peón en cualquier obra.
El día 11 mi capital se había reducido a 74 $ m/c. Me quedaban muy pocos fondos y empecé a cuerpiarle a todo el mundo. El día 12 un viejo español me dijo que en el Café de Bayona había un suizo que conchababa peones para las siegas (cosechas) en Chivilcoy. En seguida fui a verlo y me oferté. Me preguntó si era práctico en esos trabajos. —Nunca he visto esos trabajos —le dije— pero me comprometo a darle el gusto y ganarle la tumba como buen peón.
Me tuvo fe y aceptó por emplearme. En mí ya estaba arraigada la convicción de que, habiendo buena voluntad, no había trabajos fuertes ni difíciles para los que se sentían empujados polla necesidad. El soldado valiente no pregunta cuántos son los enemigos, sino dónde están. Me contrató a razón de mil pesos m/c. mensuales en mes corrido. Me parecía un sueldo de presidente y eran 42 $ oro, nomás.
Notas:
1 Yaguané tiene aquí el sentido de piojo y no de color de pelaje.
2 El refrán es al revés: Aquellos polvos trajeron estos barros.