Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 26. Más infiernos y más pobrezas

Ahora te voy a dar unos detalles de la acción salvadora que nos vino del Bragado. Como he relatado, el primer cañonazo nuestro lo tiramos a las ocho y media de la mañana el día de la invasión. Este fue sentido en Rauch y don Faustino Lavalle, un vecino antiguo de ese punto, mandó de inmediato un chasque a Bragado, el que salvó esa distancia en una hora y media. Tan pronto que la noticia había llegado a oídas del Juez de Paz, don Guillermo Dolí, se puso en movimiento; arreó con todos los caballos que había en el pueblo y montó a los cien hombres de la Guardia Provincial lo mejor que pudo, pues estuvieron en Bragado de paso para el Nueve de Julio. Y a las once se puso en marcha acompañado también de los señores civiles que mencionamos arriba. A las dos de la tarde estuvieron en Rauch y desde allí desplegaron una descubierta en vanguardia. Esta marchaba una diez cuadras adelante. Todos apresuraron la marcha porque se sentía un continuo cañoneo. Pero del Bragado a Los Toldos antiguo hay doce leguas y una tropa militar no puede moverse con la celeridad con que puede adelantarse un particular. A las cuatro y media de la tarde habían alcanzado la orilla del campo de la tribu a la distancia de una legua de la azotea. El cañoneo había cesado y no se sentía ningún estallido de fusilería. Al no encontrar alma viviente a quien hubiesen podido preguntar sobre los sucesos, todos creyeron que habíamos sucumbido, ni se divisaron indios malones en esos alrededores. Esto les afirmó en la opinión de que los malones se ocupaban en el saqueo y en el masacre. Entre el lugar en que la tropa hizo parada y la azotea se hallaban un gran monte de sauces (perteneciente a la casa de los Coliqueo) que se interponía a la vista de los recién llegados. Les impidió ver lo que pasaba en las proximidades de la azotea. El Mayor Víale decía que él no retrocedería y don Guillermo lo secundó junto con sus compañeros. Así formaron cuadro y siguieron la marcha. Recién a unas seis cuadras de distancia de la azotea se apercibieron que los indios invasores estaban aprestándose para el asalto. Fue entonces que el Mayor Viale mandó que la banda de música tocara su famoso paso doble La Retirada de Cepeda.

Veamos a todo esto lo que ha hecho don Ataliva Roca por la parte de Junín. Este insigne proveedor y acaparador de sueldos y de raciones, tenía un regimiento de 350 hombres armados de Remington y sable y como 300 hombres de la Guardia Nacional de Junín y Chacabuco. Toda esa tropa había salido el día siete (de octubre) y acampó en el Fortín Morote (no Maroto), como a tres leguas de Junín. El día ocho marchó hasta la estancia de Sosa, hoy Quirno Costa. Allí hizo noche. El día nueve sintió el primer cañonazo y más claramente que lo habían sentido en Rauch. De la azotea de Los Toldos a la estancia de Sosa había unas cuatro leguas, en línea recta, y a Rauch hay cinco leguas largas. Don Ataliva no se dio por notificado. Recién a las once, más o menos, cuando había recibido un chasque del alcalde Martínez que le decía que la azotea de Los Toldos estaba sitiada por una gran invasión, se puso en marcha al tranco. A la una de la tarde, el mismo alcalde volvió a mandarle otro chasque, el que le decía que en Los Toldos se batían desesperadamente y que apresurase la marcha. A las cuatro de la tarde llegó a El Hornito, hoy de Arnulfo Rocca (Zavalía). Allí mandó desensillar diciendo: “Mañana temprano vamos a caer sobre ellos, los vivos y los muertos y no les daremos cuartel”. Y nos dejó desamparados. Este gran especulador del fisco no quiso protegernos, porque buscaba lo que había buscado en 187273 y 74: que los Coliqueo se fueran o que cayeran en la trampa para que él pudiera apropiarse de las seis leguas de campo de la tribu. Esta era su isla “Barataría”, su sueño dorado en el tiempo en el que no había acumulado aún la fortuna colosal que hoy posee, ciertamente no debido al trabajo honrado y paciente, sino debido a la explotación de la alta posición de su hermano. Pero en esta ocasión don Ataliva se portó como un gran canalla, palabra bien adjudicada por el autor de un libro publicado en 1884 (por J. Mohr, de Junín) bajo el título La gran Canalla (Ataliva Rocca y la política local) en donde lo pinta negro y azul, relatando todas sus canalladas.

Recién el día diez como a las nueve de la mañana se presentó en Los Toldos con mucho aparato de clarines y tambores y con un despecho en el semblante que denotaba la decepción al ver sus cálculos frustrados. Cuando don Guillermo Dolí le decía: “Pero ¿ha tenido flema para dejarse estar tranquilo a cuatro leguas de distancia con 650 hombres bien armados y bien montados y no proteger a estos infelices?”, se puso amarillo y colorado y no supo qué disculpa dar a su cobardía especulativa.

El día diez fue otro infierno para nosotros. Tuvimos que atender a toda la tribu y a toda la Guardia Nacional y la tropa, en total como 800 hombres. No había más casas de comercio que la nuestra y esta era reducida. No pudimos ni darnos vuelta por la presencia de tanta gente, ni por dentro ni por fuera. Esto era una batahola infernal. No fue posible dar cumplimiento a tantos pedidos. Eramos sólo tres para atender a tanta gente.

Ese día por la tarde se tuvo noticia de que los invasores habían repasado la línea vieja de fronteras, a la altura del Fortín Bagual. El día once por la tarde, llegó la Guardia Nacional de Rojas. Entonces se colmó la medida de la batahola comercial. Estos últimos eran unos 300 hombres. Los días 10, 11, 12 y 13 fueron un infierno moral y material. No nos dejaron un minuto para descansar. Durante esos días prácticamente no probamos un bocado de comida cocida. Vivíamos picoteando (tironeando) pedacitos de salame y de galleta y dormimos parados. En el infierno no se podría estar peor. Los Guardias Nacionales de Junín y de Rojas nos insultaban, nos amenazaban ofertándonos hachazos y puñaladas, si no los despachábamos al minuto o porque no les dábamos por sus prendas lo que ellos querían. Era clavarnos de todo modo. Y para remachar el clavo, don Juan cayó enfermo de sus almorranas al extremo que no pudo moverse. Así quedamos yo e Ignacio en la brecha.

Don “Atalivador” no pensó ni por un momento en perseguir a los malones. Desde el día 10 hasta el 14, se pasó jugando a la taba y corriendo carreras con sus Guardias Nacionales. Esta era la forma para popularizarse. En estos días se juntaron los dos presuntos caudillos que más tarde debían acaparar una fortuna colosal, sirviéndoles como cimiento el prestigio que habían adquirido sobre los gauchos, parodiando al tirano Rosas en escala menor. Don Ataliva Roca y don Carlos J. Costa especularon con el prestigio del pobre gaucho, y ninguno de los dos ha dejado algo en beneficio de ellos o de sus pueblos. Ni Junín ni Bragado tienen estaca alguna que hubiesen dejado ellos.

El día 14, por fin, se marcharon los Guardias Nacionales de Junin y de Rojas. El día 15 se marchó también don Guillermo (Dolí) con los cien Guardias Provinciales del Bragado. Nos dejaron 20 hombres de la G. N. del Bragado al mando de un teniente 1.

Aquí termino mis relatos de lo que me tocó vivir entre los indios. De aquí para adelante, el camino de mi vida comienza a bordearse con algunas flores, cuando antes sólo tenia abrojos. Ahora vienen sufrimientos de otra clase, otras decepciones, pero más soportables. No hay dicha completa en este mundo, ni bienestar que se pueda gozar tranquilo. Siempre habrá tempestades y contratiempos.

Para terminar mis recuerdos de las peripecias pampeanas me resta sólo decirte que los hermanos don Simón y don Antonino Coliqueo fueron siempre muy fieles al Gobierno. Nunca les sospeché una decepción ni deserción. Eran honrados a carta cabal. No fueron perjudiciales a nadie. Eran lo que llamamos hombres nobles. Esto prueba que la nobleza del alma no es patrimonio exclusivo de los hombres de los palacios o de grandes capitales. En la cabaña, en el rancho y en el aduar del indígena también existe la nobleza del alma y del cuerpo sin los cortinados, las alfombras y los mármoles, pues éstos no determinan ni la inteligencia ni la nobleza.

A pesar de la defensa heroica de ese día (9 de octubre de 1876) por parte de los hermanos Coliqueo en bien de la Patria, de Junín, de Bragado y de Nueve de Julio, —que iban a sufrir los perjuicios de haciendas, de vidas y de cautivas—, no recibieron ni un ascenso, ni una nota de felicitación que reconociera su sacrificio, ni de parte del Gobierno, ni del jefe de la Frontera. No fueron indemnizados por la pérdida de sus haciendas, pues no les dejaron ni una vaca, ni un animal yeguarizo. Todo se lo llevaron los malones. Los indios de Coliqueo fueron (casi) las únicas víctimas de esta invasión. Si algún militar hubiera hecho esta hazaña de resistir a mil y pico de indios de pelea con unos cuantos Guardias Nacionales y unos pocos indios con sólo sus lanzas, ¡cuánto bombo y cuánto ruido habrían hecho! ¡Cuántos ascensos y cuántos banquetes! Pero los pobres indios no recibieron ni una gota de estímulo y de gratitud. Hemos sido muy injustos con estos servidores fieles y baratos. En cuanto a la sublevación de Justo diré: ¡Cuántos generales de alta graduación han estado sublevados al Gobierno de 1874 y de 1880! Hicieron derramar sangre. El país entero hizo sacrificios para arrancarles las armas fratricidas de las manos. Y después han sido repuestos en sus grados. Se pidió el exterminio de la tribu porque don Justo se había sublevado. Esta sublevación en realidad se debía (en gran parte) a su locura. El General Arredonde, en 1874, fue un sublevado y un criminal, porque asesinó a un general de la Nación, soldado benemérito de la Patria. Hizo derramar torrentes de sangre. Después fue derrotado y perdonado y reincorporado al Ejército. El Gral. Garmendia, en 1880, el Coronel Arias, el Coronel Correa Morales y otros jefes más fueron rebeldes al gobierno de Avellaneda, hicieron fuego a las armas de la Nación en favor de un gobernador ambicioso, despótico y sublevado al Gobierno Nacional, y después fueron repuestos en sus cargos y colmados de honores. ¡Qué injustos somos los civilizados para con los incivilizados! En muchos casos somos más bárbaros y crueles que los mismos salvajes.

El 16 de octubre le dije a don Juan que yo no seguiría más en Los Toldos; que hiciéramos un trato y que me diera lo que en conciencia creía que yo tenía ganado. Don Juan me contestó que si yo me iba, el tampoco quería seguir allí, que estaba harto de tanto sufrir. “Yo le daré a usted hasta la mitad del último centavo que tengamos ganado. En verdad los ha ganado en buena ley y con muchos sudores y sufrimientos. Desde ese 16, nos pusimos en movimiento para mandarnos a mudar. Temíamos otro asalto de don Justo y sus compañeros, ya de día, ya de noche. Seguramente harían lo posible para rescatar a sus familias las que teníamos amontonadas en el foso. Aunque de noche se colocase una guardia, a lo mejor el centinela se ponía a jugar al truco o se acostaba muy fresco a dormir y pudimos muy bien ser sorprendidos. El primero de noviembre nos pusimos en marcha a Bragado con todo el negocio. A pesar de mis tormentos y penurias sufridos en Los Toldos, cuando les dije adiós, una lágrima de gratitud asomó a mis ojos. Hacia cuatro años y siete meses que había llegado con dos pesos m./c. (0,08 ctvs. m/n). Ahora calculé tener por lo menos 150 mil pesos m/c. (alrededor de 6 mil $ oro, equivalente a 13 mil $ m/n.).

Es verdad, había adquirido este pequeño capital a costo de afrontar amarguras por toneladas. Pero ahora llevaba con qué trabajar en cualquier rincón del mundo. Además llevaba experiencias, un capital que sólo se adquiere sufriendo, errando y llorando. Dicen que de los pesares ha salido la filosofía y de los placeres salen los vicios. Enseñan más las lágrimas que las polcas y mazurcas.

A fines de noviembre llegó a Bragado la noticia de que los indios malones habían lanceado a don Justo. Era la referencia que trajeron los indios que habían vuelto a Los Toldos, después de haber ido con él. Regresando con los malones hacia sus toldos después de la invasión, don Justo les dijo que se volvía a tierra de cristianos llevándose los indios que le habían acompañado. Sus compañeros no le hicieron caso, porque preveían que los iban a matar, que no los dejarían volver sin pelearlos. Don Justo no quiso entender a nadie, ni a su tía Chaimá. Los llamó traidores, cobardes y picaros. Efectivamente ensilló su mejor caballo y solo tomó el rumbo a tierra de cristianos. Cuando el cacique Pincen supo que don Justo se dirigía a sus antiguos toldos, mandó veinte indios en su persecución con la orden de lancearlo en donde lo alcanzaran. Ese mismo día fue alcanzado y a la tarde pagó con su vida los errores causados por su locura.

Durante veinte años había sido un fiel defensor de las fronteras confiadas a su resguardo. En muchas ocasiones blandieron la lanza él y su tribu en defensa de los intereses de los cristianos. Si don Justo no se hubiese hecho loco, jamás habría cometido el disparate que cometió. ¡Cuánto gritaron entonces algunos pidiendo el exterminio de la tribu, despojarlos de todo, matarlos y quitarles los hijos! A los invasores los dejaron ir sin hacerles ningún daño, porque no llevaron más arreo que el de los pobres indios fieles. Hemos sido crueles con ellos y nos titulamos civilizados. .. Ibarra de Santiago de Estero, por ejemplo, ha sido un Nerón, hacía enterrar vivos a sus adversarios o los hacía retobar en un cuero fresco de vacuno y después los hacía colocar al sol para que se secaran. Y él gozaba con los tormentos de sus víctimas. A los Coliqueo ni al cacique viejo ni a ninguno de sus hijos se les pudo reprochar un acto de crueldad o de despojo. En la administración de la justicia de su tribu han sido muy rectos. ¡Cuántos Jueces de Paz entre los cristianos quisieran tener la conciencia tan tranquila en este sentido, como los Coliqueo!

Demos por terminada la odisea de sustos y calamidades entre los indios.

En enero de 1877 resolví volver a Los Toldos, en vista de que habían desaparecido los peligros de una invasión, porque don Justo había muerto y las Fronteras estaban instaladas definitivamente en Trenque Lauquen y Guaminí. Yo pensaba establecerme en Olascuaga, pero Ignacio (Arzuaga) a quien había prometido habilitar, solo aceptaba la habilitación en Los Toldos. Y como yo quería a Ignacio como si hubiera sido un hijo, le “cabrestié” y le hice el gusto. Me hice cargo de los restos de mercaderías del antiguo negocio y el 20 de enero abrimos el negocio bajo la razón social de “Electo Urquizo y Cía.”; la compañía era Ignacio. Yo invertí 120 mil pesos m/c. y él puso 11 mil $ m/c provenientes de sus sueldos. Yo le ofrecí el 50 % de los beneficios, pero comprobé que el querer demasiado a los hijos o los protegidos, es causa de su perdición. Dar desde un principio a los habilitados demasiadas ganancias es un error, es un mal que uno les hace quizás creyendo que les haría un bien. Esos se ofuscan, se ponen altaneros y engreídos. Y del engreimiento a la ingratitud no hay más que un paso. Hoy en la vejez, considerando el montón de decepciones provenientes de errores cometidos de buena fe e intención, me explico el significado del refrán: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Aquellos por quienes hemos dispensado más deferencias y protección, pueden resultar con el tiempo los peores enemigos. Ignacio y Ventura han sido los más beneficiados y los más protegidos por mí. A ninguno de mis colaboradores, “hijos del trabajo”, le hice las concesiones que a ellos he dispensado y fueron los que más fuertemente me cociaron, hasta me hicieron llorar y tragar saliva. Ellos fueron los que más guerra me hicieron, los que más me rajaron. Pero “a cada uno lo suyo”. A su tiempo fueron los mejores dependientes y habilitados que tenía, principalmente V. Cruces.

Por fin, a los treinta años de mi vida y de mis luchas, salí a flote comercialmente. Yo surgí de un rincón oscuro, pero mi humilde apellido estaba ya inscrito en los libros de las principales casas de comercio de Bragado. En todas ellas tenía crédito. Desde entonces la lucha comercial me iba a poner a prueba, pues empecé a figurar como patrón principal y el trabajo principal y la dirección pesaba exclusivamente sobre mí. ¿Tenía yo derecho a ser lo que representaba? El tiempo se encargó de darme la razón. Creo que entre los pequeños comerciantes de la campaña he sido el que más ha trabajado y el que más hombres ha formado. Hacía ya 22 años que mi madre me había regalado a don Telésforo García en Monteros, como ya he narrado. Pasando por muchas pruebas he llegado a la cumbre.

Querido Gregorio, si comparas tu vida comercial con la mía... Vos a los 18 años has sido habilitado en una casa con un capital de 150 mil $ m/n. A los 19 años llegaste a ser gerente de otra casa con otros 150 mil $. Tu nombre figuraba ya en plaza por la razón social. Ibas a Buenos Aires y te tapaban de mercaderías. Los Bancos te daban crédito. Niño aún, has sido un emporio de Los Toldos y de Bragado. Si llegas a mi edad, ¿conservarás ese emporio y esa abundancia? ¿No se te dará vuelta el picazo viejo? No abuses de nada y te puedes conservar la salud y las comodidades. Acordate del niño Aníbal, del joven Camilo y del señorito Núñez. “Por todos los caminos se va a la gloria”, decía un porteño. Y “por todas las güellas podés ir a los infiernos”, contestó un cordobés.

Así es la vida. Unos la recorren por caminos de tropiezos y encajaduras bordeados de abrojos y espinas; otros lo encuentran llano sin obstáculos y en sus márgenes un sembrado de flores. Pero yo he conocido a muchos que al principio eran afortunados y su fin fue la amargura y tristeza. Se secaron las flores y donde ellas crecían brotaron abrojos. Te he dado un apellido humilde pero exento de lastres, trampas y embrollos. Mi crédito en plaza llegó adonde ni soñé que podría llegar. Jamás he trampeado un centavo. No he incomodado a las autoridades ni como demandado ni como demandador. Te vuelvo a repetirlo: Hay que ser honrado por deber, por conciencia y por egoísmo. Para el honrado no hay puertas cerradas; en cambio los picaros viven siempre en trastornos y confusión. Jugador, borracho y tramposo será víctima de su propia picardía. La honradez es modesta y tranquila, no es molesta para nadie y es estimada de todos los hombres juiciosos. Vos te has puesto muy rumboso y engreído. ¿Escaparais, vos y tus socios, de la rodada?

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Nota:

1 En el libro Coliqueo capítulo XXXIII, El Combate de la Tapera de Díaz, 9 de octubre de 1876 M. Hux aprovecha estos interesantes recuerdos, completándolos con datos de otras fuentes.