Memorias de un Pobre Diablo
| Introducción |
Debe ser un caso poco común que un mercachifle autodidacta haya escrito unas memorias tan largas, preciosas y emotivas como las que nos dejó don Electo Urquizo. Página tras página nos va transmitiendo sus experiencias de pobrezas, luchas y trabajos descritas de manera conmovedora. Por contraste, hace resaltar acontecimientos de sus contemporáneos que él pudo observar y evaluar a lo largo de sus caminos. Y como buen observador nos cuenta detalles históricos de los lugares en que él pudo actuar; de manera que sus relatos reflejan la vida y las costumbres de la gente de su tiempo, cosas que escapan a la mayoría de los historiadores. Los relatos son interrumpidos por reflexiones. Estas a veces resultaron tan largas y pesadas que no pocas veces preferimos dejarlas de lado. Pero por toda la obra corre el hilo de una idea, de una enseñanza y, en parte, de una acción de gracias resumidas en estas palabras evangélicas: Dios exalta a los humildes y destrona a los soberbios. A veces menciona otro axioma de Cristo: Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. El mismo lo ha experimentado en propia carne, porque en su niñez y en su juventud ha sufrido más que pobrezas, miserias. Luego se lanzó a la aventura en busca de trabajo y superación. Harto trabajo le costó ubicarse en la vida. Pero finalmente llegó a una situación bien holgada y cristalizó sus anhelos en unas realizaciones que le granjearon nuestra gratitud y reconocimiento. Según su relato, cumplía 33 años cuando inició, en curva ascendente, su bienestar. Ese mismo año, 1880, empezó a escribir unos borradores para rememorar sus recuerdos y en 1907 escribió la mayor parte de sus Memorias.
En un bosquejo rápido podemos marcar las siguientes etapas de su vida:
Nació el 12 de febrero de 1847 en Monteros, Provincia de Tucumán, como hijo de una pobre sirviente.
En 1854 inició sus trabajos como cadete de tienda y sirviente de una familia.
En 1864 lo buscó su “dicho” padre, que hasta entonces no lo había reconocido.
En 1868 se largó a la aventura, viajando a pie hasta Buenos Aires.
De 1869 a 1871 fue peón, mercachifle y cigarrero en Chivilcoy y Bragado.
1872 a 1879 fueron sus años más bravos, mientras actuó como bolichero entre los indios de Coliqueo en Los Toldos.
1880 a 1892 fue pulpero y ya comerciante de mayor categoría y fundó varias sucursales.
1892 inició la fundación del pueblo Los Toldos (Partido de General Viamonte).
En 1894 se retiró de los negocios, dedicándose a construcciones en su pueblo y en Bragado.
De 1892 a 1907 hizo gestiones por el desarrollo de su fundación, por su familia y realizó sus primeros viajes a Europa.
En 1908 murió su primera esposa, con la que había convivido desde 1868. De los ocho hijos sólo tres los sobrevivieron. La redacción de sus memorias y de su primer testamento fueron de 1907.
De 1907 a 1919 fue rentista de vida tranquila, dedicada a lecturas, viajes y redacción de varias obritas históricas. En 1914 contrajo segundas nupcias. Vivió entonces en su Quinta de Liniers.
El 17 de noviembre de 1919 murió en paz en su casa de Buenos Aires.
El marco de su vida es sencillo, pero el contenido es rico y don Electo Urquizo supo explicárnoslo, sin pretender contarnos grandezas ni trivialidades estridentes. Ha hecho madurar en la reflexión cada acontecimiento, que va reviviendo en un diálogo imaginario con su hijo, a quien se dirige en primer lugar para animarlo, corregirlo y confortarlo en el camino de la vida. Los jóvenes tienen entusiasmo y los viejos experiencia. Y don Electo Urquizo se mantuvo joven aun cuando se acercaba a los setenta años. Nos habla de sus errores y no los calla; sólo los relativiza mostrando, a veces con profusión, los errores y las flaquezas de amigos y conocidos. No disimula tampoco el poco éxito que ha tenido en la crianza de sus hijos. Con dolor ha visto la prematura muerte de algunos de ellos. Con sentimiento profundo medita sobre la quiebra de los sucesores en su negocio, cuando él lo había hecho surgir de la nada y supo llevarlo a buena altura. Pero él es grande también en el perdón, en la disculpa, cargándose a sí mismo buena parte de las culpas, por haber sido demasiado indulgente y mimoso. A sus empleados los llama cariñosamente “hijos del trabajo” y se goza de haber educado toda una generación de comerciantes.
También supo gozar de sus propios éxitos, que ningún envidioso le pudo arrancar. Y, ganada la batalla, se retiró a descansar, dedicando su tiempo y su afecto a su obra quizás largamente soñada, la fundación del pueblo Los Toldos y la redacción de sus recuerdos. Como se ve, ya no es un pobre changuito, ni un flaco cigarrero, ni el sonriente bolichero de bombacha, alpargata y en mangas de camisa; ya es un señor cuando ha puesto la estructura básica de la ciudad de Los Toldos (General Viamonte). No es un figurón. Consciente de su origen y de sus limitaciones, no quiso entrar en círculos políticos ni sociales. Pero un gran amor hacia sus semejantes, especialmente hacia los pobres, lo impulsó a hacer obras de bien público. Ha sido un hombre de grandes aspiraciones, de espíritu inquieto y de energías desbordantes. “Pichi Cultral” lo llamaban los indios, que quiere decir Pequeño Fuego, y se sabe que los araucanos tienen un don especial para caracterizar en pocas palabras un paraje o una persona.
Su filosofía e ideología es la de su época, influenciada por sus múltiples contactos, sus ricas lecturas. Podría decirse que ha sido un libre pensador cristiano y un criollo amante de la Patria y derrochador de elogios al inmigrante europeo: un criollo en pantalones sin ser cajetilla. Políticamente no pudo ser menos que unitario por haber nacido en Monteros de Tucumán, de población netamente antirrosista. Mitrista luego, habría aceptado y fomentado más tarde el socialismo si entonces no hubiera sido anticristiano. Socialismo razonado se llamó el libro que siendo niño leyó a hurtadillas. Y en sus últimos años escribió un proyecto de legislación social que hoy estaría superado por las leyes sociales vigentes en todos los países, pero que no deja de ser un testimonio de horizontes amplios. En ciertos pasajes manifiesta un anticlericalismo que ciertamente ha sido el fruto de falta de educación y de haber bebido antipatías en cierta literatura volteriana, cuando no era clásica. Lo cierto es que fue cristiano en su modo de pensar y obrar y murió religiosamente en su casa de la calle Saavedra en Buenos Aires. Sus escritos están salpicados por sentencias de sabiduría criolla. Su memoria mereció un modesto monumento en el pueblo que le considera como fundador.
Pero quizás estas memorias que ahora publicamos serán su mejor monumento, de manera que muchos puedan conocer al hombre humilde que con su constancia llegó a triunfar y será así un ejemplo para todos los que aspiran a superarse, venciendo dificultades de todo tipo y clase.
Hace 25 años, movido por la curiosidad de conocer el origen histórico de nuestra ciudad, di con la pista de que don Electo Urquizo había escrito unas memorias. Don Vicente Francisco Urquizo, uno de sus nietos más encantadores que conocí, me dijo que había oído de boca de cierto pariente que existía algún escrito del fundador de Los Toldos. Desde entonces traté de consultar entre todos los descendientes, los Urquizo y Accame, Lescano y colaterales, para dar con el paradero de tales noticias que yo consideraba importantes para la historia local. Finalmente di con los hermanos Accame quienes habían conocido parte de lo que buscaba, pero no sabían si existía ya. El Dr. Gregorio Accame me decía que habían sido unas treinta páginas y recordaba que en ellas había relatado su viaje de a pie desde Tucumán a la Provincia de Buenos Aires. El me animó seguir en mi búsqueda. Entre tanto, había dado con un documento curioso y feliz, su testamento de 1907 en el legajo del escribano Luis M. Hernández. Más tarde encontré a don Juan Arata, sobrino político, quien había convivido los últimos años con don Electo Urquizo y fue el feliz poseedor de la primera parte de los manuscritos de las Memorias, 31 capítulos de puño y letra del fundador y gustoso me hizo depositario de las mismas para que pudiera preparar una futura publicación y aprovecharlas en mis estudios y trabajos. El me supo decir que había tenido una segunda parte que se había prestado a la hija Josefa y que no la había recuperado. Que una prima suya, Cecilia Reinoso, había copiado a máquina estas memorias y otros trabajos, pero que no sabía si existían ya. Tampoco la Srta. Cecilia, a quien luego consulté, me pudo dar más detalles. Quince años de búsqueda habían pasado, cuando otro sobrino, don Carlos, me trajo personalmente lo que habíamos buscado; lo había descubierto, cuando todos lo creíamos perdido o vendido a algún anticuario.
Habíamos recuperado cinco libros manuscritos rotulados: 1. Memorias póstumas de un pobre diablo; 2. Impresiones de mis viajes; 3. La Roma Pampeana (Bragado); 4. Los Toldos mi hijo; 5. Recuerdos de antaño y 6. Reminiscencias de mi vida y algunos capítulos sueltos que bien pueden encuadrarse en los últimos dos libros. Todo está escrito “en letras de molde” o sea copiado a máquina por su secretaria quien me decía que los había copiado tal cual y que los originales se habían destruido. Según el último testamento que don Electo firmó el 1» de abril de 1919 había legado estos sus escritos a su esposa de segundas nupcias. La mayoría de los capítulos lleva fecha de redacción. En el cartón tapa de las hojitas (media hoja) n* 1 dice textualmente Primer tomo de las Memorias Póstumas de E. Urquizo, escritas a la edad de ... años. Impresas el año ...
Las Memorias, efectivamente, tienen dos partes. Y por algún momento pensó concluir la obra con el capítulo La Fundación de Los Toldos. Son los capítulos más dramáticos y cronológicamente desarrollados. La segunda parte nos pareció una redacción más provisoria. De esta parte hay tres copias distintas, capítulos variados y de diversa data y de distinto valor, de manera que nos parecía necesario hacer una selección y ordenación más lógica. Dejamos de lado capítulos enteros, porque parecía que encuadrarían mejor en la obra Recuerdos de mi vida. Por respeto al lector hemos corregido las muchas faltas de ortografía y algunas de sintaxis que podrían haber menoscabado el valor de la obra. El estaba consciente de esa deficiencia, cuando escribe hablando de un comerciante compañero: “Escribe con mala ortografía. Ni él ni yo conocemos más gramática que la criolla ‘La Cardalera’ ”.
Cuando escribí mi libro Coliqueo, el Indio Amigo de Los Toldos, ya pude incluir muchas citas de esta obra original que despertaron gran interés. Por fin nos animamos a presentar la interesante obra, no de un literato, sino de un hombre del pueblo, autodidacta y generoso observador y agudo crítico, a su manera, que creo que va a gustar.
P. Meinrado Hux
Los Toldos, 8 de Mayo de 1981.