Memorias de un Pobre Diablo

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios
Capítulo 16. Mi viaje al Bragado

Ahora seguiré la narración de mis luchas y pobrezas. En el año de 1870 volví a trabajar en las siegas. El oficio de cigarrero no me sentaba bien. La vida sedentaria conspiraba contra mi salud. Hasta 1871 permanecí en Chivilcoy.

Yo buscaba medios para volver a mi antiguo oficio del comercio; pero tenía familia y esto era un inconveniente. Para ser dependiente tenía que ser solo. Me resultó duro abandonar a tu madre y a mi hija.

Entonces hice una partida de cigarrillos. Me compré dos cajones vacíos de ginebra; en ellos coloqué mi factura y los ubiqué como las árganas en el lomo de un petiso que había comprado a unos santiagueños. En una casa de prendas usadas me adquirí un recado viejo y me lo monté al petiso. El día 6 de marzo tomé el camino que va de Chivilcoy con dirección a Las Escobas en el Partido de Bragado, camino del monte de Villarino cruzando el Paso de Las Negras del Salado. En todas las casas de negocio oferté mis cigarrillos y en todas me compraron. A la tarde llegué hasta el almacén de los Trejos en Las Escobas. Allí liquidé mis mercaderías por completo. Me fui a una chacra próxima a pedir licencia para pernoctar allí. Era la chacra de un criollo de apellido Iriarte, que más tarde sería suegro de uno de mis hijos del trabajo (empleado), de don Silvestre Arzuaga. Me agasajaron bien esa noche, como suelen hacerlo en estas chacras. El porteño es generoso aunque viva en un triste rancho. Siempre es hospitalario y alegre y de carácter comunicativo. En esto se conoce que es hijo directo de la Andalucía, tierra rica y alegre de la madre patria. Al otro día bien temprano, ensillé mi petiso y me dirigí a la Guardia del Bragado. Así lo llamaban entonces al Bragado, porque antes había sido campamento de veteranos. Antes de partir regalé al paisano mis dos frasqueras que me habían servido de depósitos en mi expedición. Luego me puse en marcha a ese pueblo. Entré por la calle real, hoy boulevar. Paré en la fonda de Artola que entonces era la fonda del pueblo, la más popular.

Ya ves, Gregorio, cómo llegué a tu pueblo, luchando siempre con la necesidad. Cantando y chiflando había atravesado el trayecto de Chivilcoy a Bragado. Allí llegué sin conocer a nadie, sin recomendaciones. El hombre debe bastarse a sí mismo sin que moleste a nadie, excepto en casos muy difíciles de la vida. En esta patriada yo estuve en mejores condiciones que cuando venía de mi terruño. Tuve un caballo, mi recado, buen traje y sobretodo. Tenía por lo menos un oficio que en cualquier punto de la campaña me podía producir 50 $. Tres años antes había corrido bastante a pie, sin dinero y casi en cueros. Ahora traía 530 $ m/c. como producto de mis cigarrillos.

El Bragado fue fundado en 1846 1por el Coronel Eugenio del Busto, jefe del Regimiento de Blandengues. Hasta 1864 fue campamento de tropas que guarnecían las fronteras; es decir que aquí terminaban los límites de la Provincia al Oeste, acababa la parte del territorio que estaba bajo la férula de la civilización. De ahí para afuera iba la pampa desierta y salvaje, donde dominaba el indígena. A fines de 1864 fue poblado el Nueve de Julio en el paraje que se conocía con el nombre de Tres Lagunas. Desde 1848 el Bragado fue invadido 2 por una manga de langostas humanas provenientes de Santiago del Estero importadas de Loreto, conocidos como Trejos y Lugones... En buena hora se descolgaron sobre el pueblo y sus alrededores. Y estos fueron las primeras autoridades civiles, señores de la horca, del cepo y del cuchillo... Después siguieron Guillermo Dolí y Carlos J. Costa más o menos el mismo sistema... Se puede decir que al Bragado le tocó bailar con la más fea, desde 1848 hasta 1894... Ni los Trejo, ni Dolí, ni Lugones ni Costa querían reconocer el derecho de la libertad de sufragio. ¡Pobre del que fuera opositor en política! Ellos decían que habían prestado muchos servicios a la Patria. Nunca taparon ni un pantano, ni hicieron algo por el progreso por cuenta de la municipalidad. Jamás se pudo saber el fin que llevaban los dineros comunales... Bragado les debe... una estatua negra. Qué diferentes han sido los fundadores de Chivicoy: los Villarinos, Benítez, Suárez, Calderones que han sido modelos de honradez, respeto y orden. Chivilcoy ha sido progresista ya por sus colegios...

Voy a referir un episodio de cuando yo había llegado al Bragado. En 1871 hubo en Bragado un casamiento ruidoso y relumbroso, pero con un desenlace semejante al de Antuña. Marianita Vega (hija del Dr. Vega) era entonces la flor más codiciada del pueblo, la más hermosa y elegante, niña de 20 años. Era la hija de la familia más culta y aristocrática de la localidad. Y era festejada por un señor Contreras, gerente de la antigua casa de Villafañe. Este señor era un habilitado de la Casa. Era ostentoso y lleno de pretensiones por su linaje. Se creía un sabio, un gran personaje. En realidad era un gran zopenco, hijo de una pobre santiagueña que había sido cocinera de don Federico Suárez en Chivilcoy. Además era alcoholista; empinaba el codo muy a menudo. Al fin consiguió conquistar el corazón de Marianita y engatuzar a los padres diciéndoles que él era socio de Villafañe. Así se proyectó el casamiento para el mes de setiembre de ese año. Se amuebló una casa bastante buena. Hicieron un casamiento deslumbrador y de mucho aparato, un gran banquete y gran baile. A los quince días de las bodas, vino Villafañe y lo echó a la calle. Le quitó todos los muebles porque Contreras debía a la Casa como cuarenta mil pesos m/c. De este modo se encontró con una mujer linda, elegante y culta, pero no tenía un peso para sostenerla. En vez de buscar trabajo para sostener a su familia, su estado precario lo echó en brazos del vicio, de la borrachera y murió a los pocos años, separado de su interesante esposa caída en la última miseria.

Ya ves, hijo mío, que en todas partes hacen estragos esas hambrunas de grandezas, los humos y las farsas.

En aquel entonces ya se había extendido la agricultura en toda la comarca. Alrededor de Bragado, Las Escobas, Palantelén y la costa del Salado todo estaba resembrado de chacras y los negocios prosperaban. La fanega de trigo de 220 libras se vendía a 200 $ m/c (unos 8 $ oro o 17 $ m/n). Los campos aún eran baratos. El arrendamiento de una cuadra valía 10 $. Un novillo valía 150$ m/c (12$ m/n); el capón, 80$; el jornal del peón 30 $. Todo era barato, pero los productos se vendían por el doble de hoy. Y no obstante pocos chacareros adelantaban, porque eran politiqueros, farristas, carreristas; les faltaba el espíritu de economía. Vivían al día y poco les preocupaba el mañana. En el comercio ocurría lo mismo. Faltaba capacidad de administración.

El mismo día que llegué a Bragado, encontré trabajo en un boliche de cigarrería perteneciente al Sr. Juvenal Gómez. Buen muchacho. El día 8 de marzo entré a trabajar con mi nuevo patrón. No he nacido para ser haragán. Estando en eso, me escribió tu madre desde Chivilcoy anunciando que los patrones de la piecita en que vivíamos nos cobrarían mil pesos por mes. Nosotros pagábamos 50 $. La causa era que la fiebre amarilla hacía estragos en Buenos Aires y todo el mundo huía a las afueras, pues morían hasta quinientos noventa personas por día cuando la población no llegaba a doscientos mil habitantes. Entonces le contesté a la “vieja” que se buscara un carro, cargara las calchas (¿colchas?) y se viniera al Bragado. A los tres días cayó la vieja y nos instalamos en tu pueblo.

A los pocos días de haber trabajado, don Pedro Alvarez —vos lo has conocido— me propuso establecer una cigarrería en forma. El sería el socio capitalista y yo el socio industrial. Yo acepté la propuesta y entramos a trabajar con el nuevo patrón. Este resultó ser un tacaño terrible. No reconocía más gastos bucólicos que carne, yerba y sal, comida típica del antiguo criollo semisalvaje. Para poder comer arroz, fideos, papas y verduras teníamos que desembolsar nuestros propios pesitos. “Estas son comidas de gringos y gallegos”, decía; pero se prendía a nuestro arroz, a los fideos, al pan, al vino, a los pasteles de dulce y de carne que nos hacía tu madre, como se prende un ternero guacho en teta ajena. Para ganar estas gollerías, tu madre tuvo que coser calzoncillos de lienzo para la tienda de Anastasio González. Su casa era la más fuerte del pueblo. (Tú has visto como terminó este gran comerciante de 1871: murió bastante pobre por haberse metido en demasiados negocios sin haber tenido las aptitudes necesarias para administrarlos.) A los cuatro meses liquidamos nuestro pequeño negocio. Don Pedro me arregló mi trabajo a jornal y nos separamos. Su hijo Miguel, de doce años entonces, te dejó un buen recuerdo de sus diabluras.

Volví, luego, a trabajar en las siegas en la chacra de don Patricio Arza, padre de don Segundo. Desde la llegada al Bragado hasta fines de 1871 habíamos juntado como 1100 ? m/c. Allí se enfermó mi hija Fortunata y entre el médico, la botica y un sablazo de un pariente político, me los desparramaron.

En febrero de 1872 volví a las siegas. Luego resolví hacer una gira por 25 de Mayo y Saladillo para ver si podía colocarme como dependiente en una casa de comercio. Me puse, pues, en marcha.

Pero antes de seguir mi narración de la gira a Saladillo y Las Flores, debo contarte otro incidente de mi vida, vida de lucha continua. El 6 de diciembre tu madre volvió a darme otro hijo al que llamamos Nicolás. Este segundo hijo nació en un rancho que estaba donde hoy se encuentra el Molino de Santa Rosa. En cuanto su madre se había repuesto, yo partí a las siegas porque era un trabajo remunerador. A mediados de enero, estaba trabajando en el rastrojo cargando unos cueros (bolsas) con trigo para llevarlos a la era, se me presentó mi compadre Arias, padrino del chico nacido hacía poco. Venía a avisarme que mi hijo se había muerto casi repentinamente. Yo monté a caballo y fui a la estancia del patrón. Le pedí permiso para ir a sepultar al chiquitín y le rogué que me anticipara 200 $ m/c para que pudiese sufragar los gastos del entierro. A la entrada del pueblo compré un cajoncito de angelito. Llegué a mi rancho y encontré a tu madre en cama enferma de un fuerte resfrío y por el pesar de muerte del hijito, el desamparo y la escasez de recursos. Una familia sola nos acompañó en el velorio y en el entierro. Fue la familia de doña Luisa Ferreira que vivía enfrente, la única que nos hizo el favor de acompañarnos en este triste lance de nuestra vida entonces. Nunca hemos olvidado esta atención y hasta hoy cultivamos el cariño y la amistad con esa buena señora. Ella era relativamente rica, a lo menos si la comparábamos con nosotros. Tenía un rancho de su propiedad. Al otro día temprano yo puse a mi hijo difunto en el cajoncito, me lo cargué al hombro y marché al cementerio a sepultarlo, acompañado solamente por dos chiquillos, hijos de doña Luisa. Volví luego a mi rancho. Tu madre se había empeorado y tuve que llamar a un médico y hacer uso de la botica. A los cuatro días tu madre se había compuesto; pero nos encontramos sin un centavo. Los 200 $ también se habían volado entre el cajón y la licencia para sepultar el angelito y los gastos de la botica. No tuvimos ni un “maravedí”. Entonces fui a buscar al patrón. No estaba en el pueblo. Así agarré la mejor pilcha de nuestro ajuar de ropas que era mi sobretodo y se lo empeñé a don Abelardo Gijena, alias “Mosca” por 50 $ con el interés de 5 $ por mes. Hasta hoy le agradezco el servicio que me hizo, de tomarme esa prenda por dinero para que pudiera darle un pan a tu hermana (Fortunata) que lloraba de hambre.

Comparé, mi hijo, tu vida y la mía cuando teníamos 24 años. Yo, ¡cuánta lucha, cuanta penuria tuve que sufrir! Hacer de carro fúnebre para llevar a un hijo al cementerio; empeñar un sobretodo para conseguir pan para mi hija. A esa edad vos estabas nadando en la abundancia. ¡Qué situaciones, hijo!, tener que enterrar a un hijo, triste y solo, sin otra compañía que dos chiquillines. Pensaba que la pobreza me esclavizaba. Pero también la riqueza esclaviza. Yo en mi condición no necesitaba tantas arretrancas para cumplir con los deberes de buen padre. No es mejor padre el que conduce a su hijo al cementerio en un fúnebre aparatoso y relumbroso que el que lo lleva al hombro.

En esa época no tenía otros deberes que cumplir. No tenía dinero. Hay un dicho que muchos aplican: “Cuanto tienes, tanto vales”. Veintisiete años más tarde perdí a mi hijo Electo, también en Bragado. Todo lo más selecto del pueblo estuvo en el velorio.

Mi casaquinta quedó chica para contener tanta concurrencia. También el entierro fue muy concurrido. No quedó un magnate del oficialismo o del comercio que no fuera al sepelio. No quedó volanta ni tílburi o sulky que no fuera ocupado. El cadáver fue llevado a la iglesia y allí los sacerdotes le echaron “Requiescat in pace” (R.I.P.). ¡Cómo cambian los tiempos! A mi hijo Nicolás yo le serví de fúnebre; a mi hijo Electo lo acompañó todo un pueblo. Recibimos telegramas de pésame, tarjetas y cartas de varios puntos. Estoy muy agradecido por estas manifestaciones de aprecio y de duelo, por esas distinciones de parte de Bragado, quizás inmerecidas. Todo esto lo digo para demostrar lo influyente que es don dinero; cómo este señor hace respetado a un hombre que ayer había sido un pobre diablo anónimo. Efectivamente parece que sin dinero nada valemos.

Anterior Siguiente

Notas:

1 Don Electo Urquizo podía decirnos más detalles sobre la fundación de Bragado ya que conoció a gente de la época y su señora había nacido allí cuando era campamento en 1845. Concuerda el año 1846 con la valiosa Memoria de Don Fabián González de época anterior. El traslado del campamento a Tres Lagunas (9 de Julio) se efectuó a fines de 1863.

2  Cuando don Electo Urquizo habla de los políticos de Bragado se apasiona ofuscado en aquellos recuerdos de la época rosista en que los santiagueños invadieron al Tucumán. Hemos sobrepasado muchas diatribas que parecen injustas o equivocadas.