Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 23. Injusticias cometidas con los indios. 

Muchas veces habrás oído decir que los indios han sido ladrones y rateros. También aquí diría el refrán: Unos llevan la fama y otro la lana. Los verdaderos ladrones picaros y criminales, en su mayor parte los maestros corrompedores de los indios, han sido los gauchos cristianos y los indios criollos nacidos en La Barrancosa, en Jun., en Veinticinco de Mayo, en Azul y Tapalqué. El indio “salvaje” de la pampa sólo era ladrón cuando (durante una sublevación) invadían; entonces arriaban vacas y yeguas de las estancias de los cristianos. Fuera de esos momentos eran tímidos, diría cobardes y sin imaginativa para asaltar poblaciones. Su misma ignorancia los inhibía a perpetrar robos aislados. Durante 20 años pude comprobar que en Los Toldos de Coliqueo los picaros, cuatreros y criminales han sido los cristianos refugiados en la tribu, los criollos, los alcaldes y sus auxiliares vecinos a Los Toldos. Y como el pobre indio no sabe leer ni escribir, ni tiene doctores amigos que los defiendan, les cargan la mano y les han atribuido pillerías que cometieron los cristianos. El indio criollo de hoy, el hijo del indio araucano y pampa que vino con el Cacique viejo (don Ignacio) Coliqueo es más bien honrado, ratero y criminal, más zafao, más atrevido que el indio realmente “salvaje”. El indio criollo cristiano actual ha aprendido todos los vicios y las picardías del gaucho semibárbaro: odia al indio viejo y del mismo modo que el criollo, hijo de europeo, mira de reojo a su padre al que llama gringo o gallego. Esta es una manía generalizada entre los criollos que se origina por la falta de instrucción.

En la época a la que yo me refiero, el pobre indio era víctima en todo y por todo de los cristianos y de los indios criollos. Jamás le dieron razón al indio. La justicia cristiana sólo existía para hostilizarlos, para robarles, para garrotearlos y “dele cepo y dele palo”. Por tales causas estos infelices indígenas han permanecido tanto tiempo semibárbaros estando en el seno de la civilización. Una mentira o una calumnia pronunciada por un gaucho o un indio criollo era tomada en cuenta por el alcalde y por el Juez, aunque el indio hubiera tenido razón. Si por casualidad algún cristiano salía en favor de un indio, restableciendo la verdad, lo tomaban para el titeo y hacían caso omiso de su testimonio. Desde 1878, época en que se cimentaron las fronteras en el Río Negro, comenzó una vía crucis para estos indios infelices (en la retaguardia). Había desaparecido la autoridad del cacique, reemplazada por la del Juez de Paz y el Alcalde. En peleas o disputas en chacras o en casas de negocio el indio era siempre la víctima. El Comisario y el Juez le hacían un sumario terrible, se lo hacían firmar “a ruegos”, y a la cárcel.

El yerno del cacique Simón Coliqueo, un tal Vázquez, cristiano que nunca tuvo cuentas limpias con la moral ni con la humanidad, mató a un indio de gusto y por lujo pegándole un tiro. El Juez le hizo un sumario diciendo que la muerte había sido hecha en defensa propia, que el indio lo había asaltado en su casa. A los 20 días fue puesto en libertad y lo hicieron alcalde del cuartel en que él había cometido el crimen.

El indio Florencio González, estando de vigilante, mató a un gaucho asesino y ladrón. Esta fue una muerte verdaderamente en defensa propia, pues, si el indio no le ganaba el tirón, el cristiano lo despacharía. Pero le hicieron un sumario, lo hicieron firmar “a ruegos” con dos testigos y le encajaron diez años de cárcel. Gracias al abogado de los pobres, le rebajaron cinco años; porque personas serias intervinieron diciendo la verdad.

Un indio criollo, llamado Tomás Romero (alias Pestaña Blanca), ladrón y vago de profesión, asaltó una estancia para robar. Fue sentido por los dueños, quienes corrieron a defender sus intereses. La noche era de luna. Se encontraron con el ladrón con una res carneada. Al intimarle a que se fuera, él les contestó a tiros de revólver. Los dueños también hicieron uso de sus armas y lo dejaron fuera de combate por dos tiros. Fue transportado a la estancia, lo curaron y luego dieron parte al Juez. Lo llevaron preso y herido a Lincoln y con el cuerpo del delito, el cuero de la res. El indio fue remitido a Mercedes. A los cuatro meses fue puesto en libertad porque fue cuartiado por don Ataliva Roca, caudillo prestigioso de Jun. Estos caudillos de la campaña han sido los verdaderos alcagüetes y defensores de todos los gauchos vagos y ladrones, pues eran operarios de las industrias politiqueras.

Un indio de apellido Cayún estaba de peón en las siegas en las chacras de Fauzón. Un día de lluvia se fueron a un almacén a tomar una copa y echar una manito a la taba, única expansión de esos infelices. Como nunca falta un gaucho compadrón y camorrero en los boliches de campaña, uno de tantos comenzó a insultar a los indios peones y a provocarlos llamándolos salvajes, rateros, infieles y otros epítetos del vocabulario gauchesco. Se armó una de a pie, de toma y traiga. Los rebenques y las boleadoras silbaron por el aire; las fariñeras salieron a relucir. Hubo tajos, rebencazos y bolazos. El gaucho camorrero achuró; un hermoso hachazo le partió la jeta y lo agasajaron con un magnífico bolazo en los matambres, dejándolo tendido en tierra. De la pelea resultaron tres indios con la cabeza rota y otros dos más con unos bonitos hachazos. Cinco indios fueron heridos y un cristiano. La justicia cristiana de 9 de Julio sólo encontró a un criminal, a ese Cayun. A éste lo llevaron preso; le hicieron un sumario a satisfacción del juez y del comisario, lo hicieron firmar a ruego y dos testigos. Cayún dice que no le preguntaron nada y ha estado tres años en la cárcel. Nunca le probaron que él había herido al gaucho compadrón y hoy, después de quince años dice que él no fue el que le pegó los hachazos sino que ha sido un peón viejo cristiano de Fauzón, muy compinche con el Sargento de Policía. Pero Cayún pagó el pato. Los indios no tienen nunca razón porque son ignorantes. ¿Qué ha hecho la sociedad hasta hoy para educar a esos infelices? El Gobierno a nombre de la Patria no ha hecho más que aprovecharse de ellos para resguardar las fronteras sin darles sueldos, ni vestuarios, ni ascensos. Los pocos sueldos que el Gobierno a veces les acordó, rara vez llegaron a poder de estos pobres. Entre el comisario y el jefe de frontera se hacían humos. ¿Tienen los indios y los gauchos la obligación de ser educados, si nunca han recibido este “Don Preciso” de los tiempos moderaos?

Tenemos en el pueblo (hablo de Los Toldos) un alcalde llamado don Melitón. Este debía una muerte y para deber dos, mató a un pobre extranjero de gusto. Los dos estaban ebrios. Lo llevaron preso. El sumario fue a su favor, como que había sido en defensa propia. A los dos meses estuvo en libertad. Y a éste el caudillo político de Nueve de Julio lo hizo alcalde e inspector de la Municipalidad en la parte de Los Toldos que pertenecía al Partido de Nueve de Julio. ¿Hasta dónde llega nuestra decadencia política que se premie a un criminal con la vara de la justicia? Creo que en el terreno de la justicia hemos retrocedido. Nuestro país sufre dos calamidades: una política cochina y una injusticia que se da el nombre de justicia. ¿Dónde están aquellos jueces de paz modelos de antaño?: Federico Suárez y Villarino de Chivilcoy; Fauzón e Isidoro Godoy del Bragado; Muñoz y Saavedra de Jun.; Pastor Dorrego de Nueve de Julio; los Lucos y los Abregos del Veinticinco de Mayo... Todos los antiguos Jueces de Paz y Alcaldes eran labradores, estancieros o comerciantes. Hoy son satélites del caudillo del pueblo... Hasta cierto punto, podría decirse que las mismas autoridades se encargaban de criar forajidos por efecto de sus mismas injusticias. Todos gritaban a voz en cuello: ¡Indios ladrones! No negaré que no haya habido ladrón alguno entre los indígenas. Los hay en París, en Londres y en Nueva York, en esas tres grandes capitales, focos de cultura y con una policía de primer orden. Allí, desde que nacen, los hombres saben que hay leyes que prohíben el robo y que hay cárceles y presidios para castigar esos delitos y sin embargo, allí hay ladrones. En Buenos Aires, nuestra Capital rica en trabajos bien remunerados, hay esa plaga de ladrones de baja ralea y de copetudos de levita y guantes, a pesar que hay un vigilante en cada bocacalle. Todos tienen el freno de la civilización. Los indios no tienen ningún freno, nada que los ilustre y conduzca al camino del bien.

Vos dirás que un robo no autoriza a otro robo. Tienes razón. Pero te voy a describir las hazañas y las habilidades de los antiguos alcaldes. Los Toldos ha sido desgraciado con sus alcaldes, siempre le tocó bailar con la más fea.

El primer alcalde: Este vivía próximo a donde hoy está La Cautiva de Calderón. El era hijo de un estanciero rico de los primeros pobladores de estos campos, llamado don José Rubio. Luego heredó unos bienes de fortuna por fallecimiento de la madre. Se fue a Las Escobas (Part. de Bragado), puso una chacra; se casó y a los dos años se fundió. En 1871 volvió al lado de su padre. Este le dio un pedazo de campo, 400 ovejas y unas 50 vacas. Con esto inició una chacra lindera al campo de la tribu. Al año tuvo como 800 ovejas y ciento y tantas vacas, habiendo tenido bastante consumo de carne en la chacra. El tenía cuatro auxiliares en la alcaldía, cual más asesino y ladrón. Ellos venían a las pulperías de Los Toldos a emborracharse, todos los días, a jugar a la taba o a pelear. Y cuando de noche se retiraban, arriaban dos o tres animales vacunos o una punta de ovejas, o se carneaban una res, llevándose la carne, o cuereaban tres, cuatro animales, todos de los indios. En esos tiempos, los indios no tenían marcas en sus haciendas ni de vacunos ni de yeguarizos; todos eran orejanos. Las ovejas no tenían señal alguna hasta 1873. Recién entonces los Coliqueo y algunos Capitanejos compraron marca propia. El alcalde vividor les ponía su marca a vacas y yeguas y señalaba las ovejas con la señal de su boleta y no hubo reclamo posible. Al indio desgraciado que iba a reclamar sus animales lo sacaban a empujones ofertándole una buena estaqueadura o una espléndida paliza por ir a faltar a la autoridad reclamando animales que estaban con la marca y la señal del serenísimo alcalde. Este vendía cueros y cerda, como si fuera un gran estanciero. Siempre tenía animales recién herrados y recién señalados.

El otro alcalde vivía en la parte del Partido Lincoln, cerca de La Delfina. El era alcalde de Jun., pueblo fronterizo. De Jun. afuera no habla ningún pueblo. Este alcalde, llamado Manuel Martínez, vino en 1867 a poblar (el paraje de La Delfina). Trajo cien ovejas, treinta vacas y diez yeguas. Ese fue todo su plantel. Según confesión del mismo alcalde, jamás carneó una vaca de su propiedad, ni oveja. Siempre vivió comiendo vacas y ovejas orejanas de los indios. Como no había alambrado en ninguna parte, en esos tiempos, las haciendas se extendían a todas las direcciones. Y como el hombre medianamente civilizado es más experto y más sagaz que el indígena, muy fácilmente se da que el civilizado se aproveche del ignorante. Este alcalde era el más audaz, el más cínico. Yegua o caballo que caía a su campo, los enlazaba o los boleaba y los cerdeaba. Vacas, terneras u ovejas orejanas que se juntaron con su hacienda, no volvían más al campo de la tribu. El también vendía cerdas y cueros y lanas, como si hubiera sido un gran estanciero. Cuando iba a Los Toldos a las casas de negocios y veía que algún indio venía a vender cerdas, lo primero que decía era que esa cerda había de ser de sus yeguas, indio así e indio asao. Si los infelices indios hubieran tenido la arrogancia del gaucho, su desfachatez y su cinismo, le habrían contestado al alcalde: De mano me estás ganando, hermano. Se necesita ser tupé y bribón redomado para llevar el descaro a tal punto hasta afrentar a sus víctimas con sus propias pillerías. Los indios le contestaban: “No, señor alcalde. Yo no robando cerda. Si querés, andá a mi toldo y te voy a enseñar las yeguas que he cerdiado. Son mías”.

El alcalde modelo contestaba con garbo: ¿Quién sabe? Ustedes los indios son muy bribones. Yo mandaría a todos a Martín García.

Así somos, los hombres cínicos y egoístas. Este alcalde vivía a costa de los indios; les robaba; los insultaba. Jamás le hicieron un daño, como él mismo confesó. Si los indios hubieran tenido los instintos criminales del gaucho cristiano, lo habrían carneado cien veces. El tuvo que pasar por el campo de la tribu de noche y a toda hora, jamás le faltaron en nada.

El tercer alcalde pertenecía al Partido de Bragado. Estaba situado en donde hoy se encuentran las quintas del pueblo con rumbo al sur. Tenía un gran sauce, única planta que se veía en esos campos entonces. Se llamaba F. Molina. Aquel sauce era, según decía, su principal auxiliar. Allí no faltaron dos o tres capones salteadores con el nombre de auxiliares. También él vendía cueros y cerdas como si hubiera sido un gran estanciero. Nunca tuvo más que mil ovejas, una tropilla de caballos y unas treinta vacas. Según confesión suya, lo contaba como una hazaña, tuvo años en que vendió 150 cueros vacunos, quinientos lanares y más de cien yeguarizos.

Ya ves, mi hijito, cómo todo lo que relumbra no es oro y todo lo que se comenta no es verdad. Los alcaldes ladrones de los que estaban rodeados los indios eran los primeros en robarles y en cargarles el mochuelo a estos infelices indefensos. Fueron tan cínicos que decían que el robarles a los indios no era delito ni pecado; que Dios los perdonaba de antemano porque esos eran infieles (expresión de los españoles para los moros y los indios no bautizados).

En otro capítulo te voy a contar una injusticia de la justicia de la Roma Pampeana (Bragado). Y para remachar el clavo de los alcaldes picaros de antaño, voy a referirte las hazañas justicieras del primer alcalde vitalicio que tuvo mi pueblo de Los Toldos, desde su fundación en 1893 hasta que lo declararon cabeza de Partido en 1908. Este fue un alcalde muy progresista, al uso de sus amos viejos, los Trejos, los Lugones, don Guillermo y don Carlos Costas, que jamás pusieron una estaca para el adelanto edilicio. Este alcalde perpetuo se llamaba don Gabriel Monje. Era criollo a macho como cabrestiador a la coyunda de los caudillos; uno de esos instrumentos humanos ciegos y sumisos de los sátrapas. Jamás, en 14 años que estuvo en Los Toldos, hizo tapar un pantano o permitió poner una planta. Era alcalde y luego delegado municipal, investido con un mando absoluto y con las (facultades) extraordinarias para poner preso, garrotiar y patear y cachetear, cobrar multas, crear impuestos para emborracharse en los prostíbulos y no pagar los consumos ni los servicios de las pupilas. Y para completar sus relevantes cualidades y tener una aureola de gloria hasta el otro lado de la tumba, cometió un crimen que siquiera entre los indios no se conoce. Una madre pobre le recomendó la crianza al tiempo de morir, de una hija de diez años ahijada del mismo alcalde. Cuando la ahijada e hija de crianza tuvo quince años, la empreñó. Llegó el momento del alumbramiento y resultó haber nacido un niño hermoso y robusto, según declaración de la partera. El alcalde y padre de la criatura lo envolvió en unos trapos sucios ahogando el llanto de la infeliz criatura y lo enterró vivo en el fondo de su casa. Se alborotó el avispero, porque la partera y otras dos mujeres que habían presenciado el hecho, lo delataron en público, a pesar de la oferta de darles una espléndida pateadura a cada una si se llegaba a trascender. El juez de paz don Eulogio Ramírez lo supo; el comisario de policía también tuvo conocimiento detallado del infanticidio, pero ni el Juez ni el Comisario se animaron a meterle la mano al omnipotente alcalde, si estaba bajo la férula del “Julio César Pampeano” de aquel año 1897, don Andrés Macaya. Este estaba en el apogeo de su poder. La camarilla de la “Roma Pampeana” lo adoraba como a un ídolo... Nadie en Los Toldos se atrevió a pedir el castigo de ese padre monstruoso, de ese criminal que, además de haber deshonrado a su hija de crianza, enterró vivo a su hijito infeliz. ¡Qué corazón, qué alma tan vil!

Un señor del Bajo Hondo, un paraje así denominado próximo al naciente pueblo, que tenía bastante autoridad personal, porque había actuado como caudillo en comandita, llamado Tomás Gómez, mandó una denuncia anónima al Juzgado del Crimen de Mercedes. Se revolvió el hormiguero. Lo tomaron preso y lo llevaron a la Capital Chica. Entre el Comisario y el Juez, amigos íntimos de farras y carpetas y por orden terminante de don Andrés, “el Julio César del Imperio”, le hicieron un sumario inmejorable; lo hicieron aparecer como una víctima de las calumnias de sus opositores, de envidiosos y pintaron al alcalde como un ciudadano cargado de méritos personales por sus virtudes, por sus servicios importantísimos prestados a la patria y sus progresos edilicios llevados a cabo en el naciente pueblo de Los Toldos. A los tres meses estuvo en libertad ese monstruo. Y la que pagó el crimen fue la pobre huérfana porque en el sumario la hacían declarar que ella misma había enterrado a su hijo, porque le parecía que estaba muerto. Para esto prepararon a la huérfana de antemano para que declarara esto ante el Juez del Crimen, diciéndole que le iban a hacer un buen regalo y que la pondrían en libertad sobre tablas. El Juez, al oír de viva voz la declaración de esta infeliz madre, ordenó la libertad del gran alcalde y encajó diez años de cárcel a la huérfana por ser una madre monstrua. El alcalde volvió a Los Toldos más engreído que nunca. Recuperó el mando y la delegación. Dos días estuvieron de fiestas y borracheras en la Capital Chica y en Los Toldos la orgía duró una semana. La infeliz madre fue la que cargó con todos los pecados. El Juez fue tan condescendiente con el Senador que ni por un momento pensó en dudar de la veracidad del sumario hecho por orden de él y confirmado por él verbalmente. Jamás un indio cometió un crimen tan execrado.

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