Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 20. Subí al pináculo de la miseria 

A la tarde del 19 (de septiembre de 1872), cuando volví a mi boliche todo era tristeza y desolación. No nos habían dejado nada. Hasta nuestros pequeños cachivaches, compañeros de nuestra pobreza desde la salida de Chivilcoy, estaban hechos pedazos. Ni un pingajo que valiera un centavo nos había quedado. Yo y mi compañera estábamos en el pináculo de la miseria, si es que la miseria tiene derecho a subir un pináculo como lo tiene la fortuna. Después de recoger de la zanja y del patio algunas botellas y otros objetos insignificantes, me senté en el umbral de mi triste rancho, todo acongojado y perplejo. ¿Y mi hija y mi compañera, qué suerte habrán corrido? pensé yo. ¡Oh Dios! —exclamaba—, ¿cuáles son mis delitos, cuáles mis crímenes? ¿Por qué me persigues con tanto rigor? ¿Qué males he hecho durante mi triste vida, para merecer este castigo? ¿Por qué la fatalidad me persigue de esta manera tan cruel? Hacía cuatro años, tres meses y dieciséis días que había salido de mi país, lleno de esperanzas. Por lo menos estaba vestido y hoy me encuentro desnudo, con deudas y sin crédito. Ni un banquito miserable me había quedado, ni nada para tender, ni con qué poder taparme. En ese momento la idea siniestra del suicidio volvió a tentarme. Pero una voz secreta me dijo en mi interior: “Ten paciencia, hijo querido. Mendigarás caras y voluntades”. Era la voz de mi madre que tal vez de doscientas leguas me hablaba para reanimarme en este trance tan duro.

El día 21 vino un vecino de la estancia de Rubio. Me trajo la noticia de que tu madre se había salvado, que estaba con unas chinas en los alrededores de la azotea de La Cautiva. El 26 mandé buscarla en un carro que iba con algunos frutos a Bragado y justamente quería pasar por la azotea de don Segundo Rubio para completar su carga. Este era el carruaje que gastábamos en aquella época de lágrimas y miserias. El mismo 26 también yo me puse en marcha a Bragado.

Te describo mi traje, mi recado y mi capital: Después del saqueo, mi traje era un pantalón de gambrona viejo y remendado, una camiseta de Oxford vieja y sucia, alpargatas viejas y rotosas, un calamaco pampa viejo también y un sombrero medio roto completaron mi vestido. Un patria viejo era mi rocinante, medio rengo y con la oreja patria cortada casi a la raíz. Un cuero viejo de carnero, viejo también, era todo mi recado. Un cabestro viejo me sirvió de rienda y freno y cinco pesos en el bolsillo que me había dado mi patrón para el camino. O sea: 43 centavos de hoy era mi capital. Traje, caballo y recado eran la perfecta imagen de la miseria. Si mis dependientes habilitados de 1896 o mis socios me hubieran visto en este momento y les hubiera dicho: este pobre diablo miserable y envuelto en pingajos es su patrón y a la vera de este hombre se formarán ustedes... Un desdichado como yo el 26 de septiembre de 1872 caracterizado por la pobreza, el infortunio y la roña protegerá a don Ventura Cruces, a don Dionisio Martin, a don Juan de La Torre, a José Martín, a Ignacio Arzuaga, Teodoro de La Torre... ¿No es verdad, hijo, mimado de la holgura, te parece todo esto una novela?

Eran las siete de la noche cuando llegué al Bragado. Hacía una hora que tu madre también había llegado. Apenas me había bajado de mi patria en casa de mi patrón y había dicho “buenas noches”, vino mi hijita corriendo hacia mí porque me había reconocido. Estreché en mis brazos a aquella tierna criatura inocente que participaba de nuestra pobreza. El llanto, tanto tiempo reprimido, brotó a raudales de mis ojos, pensando que ésta mi hija y también mi compañera estaban medio desnudas.

Hay momentos en que uno duda de todo y la rabia y el despecho se apoderan del hombre más prudente y lo conducen al precipicio. Yo volví a preguntarme, cuáles eran mis delitos... El duro pan que había comido, lo había ganado con mi sudor y lo había ablandado con mis lágrimas. ¿Qué culpa tenia esta niña inocente?

Llegó el momento de dormir y se renovó nuestro llanto. No teníamos ni qué tender, ni con qué taparnos. Cualquier matrimonio, aun el indígena tiene su choza y un cuero o una estera para tender. Nosotros no tuvimos nada; no poseíamos “ni un comino”. Unos llegan al pináculo de las grandezas. Nosotros habíamos llegado al pináculo de la miseria.

¿Qué te parece a vos, hijito Gregorio, que oigo que te quejas de tu suerte y de tu trabajo? ¿No estarás predestinado a llorar en tu vejez por la misma razón de que te quejas de la abundancia? ¡Cuidado, hijo querido, no abuses del dinero ni de la fortuna, porque ésta es muy inconstante!

Esa noche la pasamos llorando con tu madre. Tratamos de consolarnos mutuamente. No sabíamos qué hacer en una situación tan precaria. Al otro día le pregunté a mi patrón si había cobrado la parte nuestra de la coima y me contestó muy fresco y con un aire de malos modos: “De eso no se acuerde más. Piense en trabajar para vestir a su familia. ¡Y no piense más en coimas! Mi aparcero Juan Andrade anda por Chacabuco. Y no hablemos más de eso”.

“Tras llovido, mojado”. ¡Mi última esperanza se había disipado! Me habían saqueado los indios y ahora me han robado, entre mi patrón y el haragán Juan Andrade, mi único recurso que tenía para vestirme y para comprar algunos trajecitos nuevos. Todo se me había vuelto humo.

Hay momentos en la vida que son como esos oasis en el desierto donde pueden descansar y mitigar la sed los que atraviesan arenas abrazadoras. Yo era un oasis, pero de miserias, de rabia, de desesperación. En vez de brotar aguas cristalinas, brotaban imprecaciones y blasfemias. El infortunio me había doblado y abatido de tal modo que los días 27 y 28 estuve como mareado. Agarré el cabestro de mi patria con la idea de colgarme de un sauce. Mi patrón me había robado nueve mil pesos m/c. en circunstancias tan críticas. El no había perdido casi nada por el saqueo. Desde abril a septiembre yo había mandado a su familia más de tres mil pesos en efectivo. A su debido tiempo daré los detalles del usufructo que se sacó de mí ese bribón. Jamás volví a hablarle de la coima y jamás volví a saludar al pícaro de Juan Andrade y jamás volvió jugador alguno a poner sus pies dentro de mi casa; de mostrador adentro no pasaron más. ¡Pobre comerciante de campaña que admite jugadores y jugadas al interior de su negocio! Su ruina será segura.

Tú desearás saber las peripecias por las que pasó tu madre hasta llegar a la azotea de Rubio y durante los días que estuvo con las chinas en La Cautiva. Una vez puesta en las ancas del caballo de Tomás Andrada, éste tomó el rumbo a la azotea de don Segundo Rubio. De casualidad se encontró con Justo Ramos al pasar frente a la casa del capitanejo José Carranza. Este buen indio alcanzó una lanza a cada uno y les aconsejó que se sacaran los sombreros y se pusieran una vincha en la cabeza, cosa de parecer indios malones y así los dejarían pasar tranquilos. Así fue. Varias partidas de indios malones los encontraron y pasaron de largo sin mirarlos bien y sin preocuparse de reconocerlos. Al aclarar llegaron a la azotea de Rubio. Dice la vieja, que más de veinte veces estuvo por tirarse al suelo para caminar a pie; pero sus compañeros le decían: “Tenga paciencia, ya estamos cerca. Si se baja, la cautivan los indios malones”. De todas las direcciones se sentían sus alaridos y lengüeteos. Cada vez que encontraban una tropilla de animales, andaban disputándoselas como tigres. Imaginate, cómo habrá llegado tu madre después de andar tres leguas en ancas y en pelo y estaba embarazada de cinco meses y con mi hijita Fortunata de dos años y seis meses. Estuvieron casi desnudas, ella y la chica y había caído una tremenda helada. Lloraba tu hermana en todo el camino por el frío. ¿Es o no es un vía crucis este mundo? Llegados a la tranquera de la estancia de Rubio, se bajó tu madre y se quedó sentada, tal era el estado de su postración; sentía muchos dolores. Tomás Andrada corrió a traer a su familia a la azotea; distaba unas ocho cuadras del casco de la estancia. Y volvió con la mujer y ocho hijos que tenía y ayudaron a tu madre a llegar hasta la cocina. Estaba engarrotada de frío y mi hija lo mismo. Nunca está de más hacer un servicio a un pobre, por desgraciado que sea. No debe mirárselo en menos ni con desprecio; en primer lugar porque es un hermano nuestro, un prójimo desgraciado. Hay casos “prismas” como éste en que un borrachón desgraciado les hizo un servicio desinteresado y que no hay oro en el mundo suficiente para pagárselo. ¿Quién nos hubiera dicho a mí y a tu madre, cuando arrastrábamos a este pobre hombre caído de borracho en el patio hasta la cocina y lo tapábamos con unos cueros, le desensillaba su caballo y le guardaba el recado, que esos pequeños servicios nos pagaría con usura el pobre paisano? Al lado de un buen fogón, encendido por la mujer de Andrada, tu madre revivió un poco y también tu hermana. Pero la señora de don Segundo Rubio no fue capaz de hacer a tu madre ningún agasajo, a esa infeliz desgraciada que el infortunio le había traído 'a sus puertas. Cosa extraña en una criolla y porteña que siempre se distinguían por su desprendimiento y por sus agasajos. La porteña, aun la que esté en un mísero rancho, nunca pregunta quién es, ni qué madre lo ha parido, ni qué vaca lo ha lambido. Basta que se presente en las puertas de su casa para que la porteña dadivosa eche el resto en agasajarlo. Pero esta señora de Rubio era una excepción de la regla. Era una paisanita de las orillas del Bragado, casada por interés con un viejo lujurioso de 65 años, encumbrada de la noche a la mañana pasando del rancho al palacio. Ni buenos días le dijo a tu madre, ni una cebadura de yerba le dio, ni “pase a la cocina” le dijo, cuando la encontraron como tirada en la tranquera de la estancia. ¿Quién le pudo presagiar a aquella gauchita engreída e inhospitalaria que dentro de 35 años estaría en la miseria ganándose la vida como planchadora y cocinera en un rincón del gran Buenos Aires y que esa infeliz chivilcoyana que hoy la veía casi desnuda y tan zamarreada por el infortunio, en la misma época (1907) ésta tendrá casas de altos con escaleras de mármol, diez piezas llenas de confort y nadando en la abundancia; casa propia con cocinera y sirvienta, lavandera, planchadora y modista? “Vos en un conventillo y tienes que hacerte todo. El orgullo, la haraganería y el despilfarro te arruinarán y la pobreza, ese terrible enemigo de los soberbios, te hará bajar la cabeza. A esa infeliz de hoy, el trabajo, la humildad y la economía la elevarán”. ¿No es verdad?, parecía imposible ese trueque y cambio de la vida de la señora de Rubio y la de tu madre. Y sin embargo es la realidad. Tú ves en qué holgura y comodidad vive tu madre, mientras la señora de don Segundo Rubio, el estanciero, está de cocinera en la calle Paraná frente a la Plaza Vicente López. ¡Tengan cuidado con el orgullo, hijitos míos! Hagan un bien a un pobre. Nunca miren en menos a los desvalidos. Acuérdense de que sus padres fueron tan desdichados entonces. Hagan algún bien en obsequio a las desdichas sufridas por sus padres. El orgullo es un mal consejero.

Por aquella tarde —siguiendo la narración— tu madre fue recogida y amparada por unas chinas (de la tribu) que se habían refugiado en un monte de la azotea. Ellas le prestaron unos quillangos y unas mantas para que se hiciera la cama. Había más caridad entre los indígenas que entre los cristianos. Y durante tres días, las chinas le dieron de comer hasta que ellas volvieron a Los Toldos. Después tu madre estuvo dos días en casa de una mujer pobre, llamada doña Toribia, criolla vieja, pobre y compasiva.

Diez años más tarde, cuando la fortuna me sonreía ya, tomé datos sobre el paradero de Tomás Andrada, y supe que, en 1873, se había ido para Tapalqué y me dijeron que los indios de Catriel lo habían muerto, cuando (en la Revolución) se sublevaron en 1874. A doña Toribia pudimos compensar bien sus servicios y lo mismo a las chinas. Todas han muerto ya. Nuestros corazones laten de gratitud al recordar sus nombres.

El 27 y el 28 los pasé como un idiota desesperado. Quise liquidarme. ¿Pero mi hijita, mi madre y mi compañera?... ¿Qué sería de ellas? Sería el culpable de que mi hijita fuese desgraciada, si la dejaba huérfana. ¿Qué ganaría con eliminarme y qué bien podría reportar mi muerte a estos seres queridos? ¿Me voy a matar porque no tengo plata, porque estoy pelado? “Nunca tuviste gran cosa y tan pobre estabas cuando vagabas a pie en busca de trabajo. No tenés ni cama ni cachivaches. La mayor parte de tu vida has vivido sin ellos. Te faltan comodidades. Jamás las conociste. Además ¿qué es un suicida? Es un cobarde, un loco, un mentecato que huye de la vida que sus padres le dieron gratis; no tiene valor para luchar contra las adversidades.

¡Lucha! ¡No te anonades, soldado viejo del trabajo, veterano del infortunio!” —me decía—. “¿No tenés valor para seguir en la brecha, cuando aún no has llegado a la plenitud de la vida? Además, vos sos de la religión cristiana que nos manda a amar hasta a nuestros enemigos. ¿No has de amarte a ti mismo, máxime cuando tenés obligación de vivir para amparar a estos seres débiles y desgraciados como vos?”

Lo que más me indignaba y me hacía perder la cabeza era la felonía de mi patrón que me despojó en connivencia con su aparcero Juan Andrade de una suma que pudo haberme remediado en mucho y atenuar nuestra triste situación. En los pocos meses en que estuve en Los Toldos al frente de mi boliche, había tomado algún crédito. Don Fortunato Pacerón le había propuesto a mi patrón que él me daría unos quince a veinte mil pesos m/c. bajo su garantía, si yo me animaba a volver a Los Toldos, siempre que quedase en sociedad con mi patrón. “¡Volvé a tentar la fortuna! —me decía el señor Pacerón—. Algún día se cansará la suerte adversa. Los malones no volverán más”. Yo estuve entre la espada y la pared no tuve más remedio que aceptar y volver a Los Toldos con un nuevo boliche.

Así fue. El 8 de octubre (de 1872) estuvimos de nuevo instalados en el mismo rancho con un capitalito de 19 mil pesos m/c., bien surtidos. Me acompañó Gorozábal como dependiente. Comenzamos a trabajar bien. Gorozábal y yo éramos tenderos, almaceneros, barraqueros y cocineros. Tu madre se quedó en Bragado, estaba enferma. Pronto olvidamos el saqueo y sus amarguras que nos había traído. Ya tenía crédito abierto en Bragado y varias casas de comercio me mandaban lo que pedía. Entonces formé mi plan que, en cuanto tuviera cinco mil pesos m/c. entregaría el negocio y me retiraría de aquel infierno, porque los indios seguían invadiendo por todas partes.

Yo llevaba las utilidades del negocio al dedillo: En febrero de 1873 tenía siete mil pesos m/c. Me dije: voy a tirar hasta tener diez mil pesos. En mayo tenía ya reunidos los diez mil pesos míos; pero tenía que cargar con algunos fiados que se me habían ido y era probable que no los cobraría más. En agosto tuve catorce mil pesos. Entonces propuse a mi compadre la separación.

Nos habíamos hecho compadres con mi patrón (Hipólito Mercado) a pedido de él y su señora por el chico que tu madre llevaba en la barriga, cuando nos sorprendió la invasión. El niño nació en enero de 1873 y la llamamos Arturo; murió de once meses. Al proponer a don Hipólito la separación, me dijo que no era posible porque se había arruinado con sus negocios, especialmente en la casa de Ancalú, hoy General Pinto porque las tropas se habían marchado a Entre Ríos. “Quédese usted —me dijo—. Ya tiene crédito en Bragado y tiene clientes en esta casa. Aquí se formará más pronto que en otra parte. Quédese usted mismo con el negocio. Dé usted mismo el balance. Tengo plena confianza en usted. Deme una manito. Yo estoy casi arruinado. Todo mi capital tengo en la División que está operando contra López Jordán”.

No tuve más remedio que quedarme en Los Toldos, haciéndome esta reflexión:

El saqueo me trajo la ruina material, pero me hizo conocer como luchador y como administrador. Hay contrariedades que nos violentan hasta tal punto que creemos que hemos perdido nuestro porvenir. Hay desastres y contrastes que después resultan favorables. Yo desde entonces tuve a mi favor la gran palanca del crédito. Si los indios no volvían a invadir, después de un año podía liquidar mi negocito y retirarme con veinte mil pesos m/c. (800 $ oro), lo que me parecía un capitalón. Efectivamente, el 26 de agosto de 1873 liquidamos nuestro negocio. Tuve que entregar a mi patrón 14.490 $ m/c. Esta era su parte de las utilidades liquidas y no había puesto más que un crédito, después del saqueo.

Antes de seguir más adelante con la odisea de mis luchas y trabajos, te voy a hacer una descripción del usufructo que sacó ese bribón de patrón y compadre de mí, cómo se aprovechó o cómo quiso estafarme de una manera muy ruin. Gracias a dos infelices a quienes yo había dado permiso para parar en mi casa y les daba de comer me salvé. Me protegieron para que no me robase de manera infame. Pues era un hombre hipócrita, muy nervioso e impulsivo, de mala fe y de malos tratos. Era un ignorante sin cultura y los ignorantes son por lo general hombres sin conciencia y sin palabra. El capital que mi patrón me confió el 6 de abril de 1872 fueron 7.227 $ m/c. (203 $ oro, equivalentes a 437,81 $ m/legal, calculando el peso oro a 2,20 $). Antes de la invasión, él se había retirado dos chanchos de 500 $ y se llevó luego todas las prendas de plata que importaban unos 1.500 $, más otros 1.500 $ que yo había remitido a su señora al Bragado, más su parte en el balance de agosto de 1872, es decir 6.700 $; en suma que da un capital de 13.927 $. Descontando 3.500 $ como gastos, queda un saldo líquido de 10.427 $ m/c. ¿Qué perdió entonces por la invasión? Y vamos a ver lo que él sacó del negocio después que habíamos vuelto a Los Toldos: Cobró a tu tío Gregorio Ferreira 3.200 $; hablo de moneda corriente de aquella época. A Cirilo Borda cobró 2.400 $. A mi cuñado Montiel, padrastro de Celedonia cobró 900 $. La coima, las cenas cobradas y los almuerzos importaron alrededor de 17.000 $. Sus gastos, después de la invasión fueron 2.387 $. Su parte de la liquidación y separación fue de 14.890 que suma un total de 41.477 $ m/c. Este fue el usufructo (pie mi ex patrón sacó de mí, después del saqueo de los indios. El verdadero “pavo de la boda” fui yo. El hilo tiene que cortarse siempre por lo más delgado.

Yo pedí a mi ex patrón que me diese cuenta de los créditos cobrados a tu tío Gregorio y a Montiel, que eran créditos del negocio saqueado por los indios. Me contestó muy fresco que eso le pertenecía a él, porque el negocio había sido más de él que mío. Tuve que avilarme la boca y aguantar este otro despojo injusto. Se me quedó con 3.225$ que legalmente me pertenecían a mí. ¡Oh pobreza! ¡Oh necesidad! ¡Cómo nos obligan a cada paso a morder un cascote y a soportar a un ladrón descarado y que hace alarde de sus bribonerías! Pero para verdades el tiempo y para justicia Dios.

La mayor pillería que este hombre me quiso hacer fue la de la noche de nuestra separación. Yo tenía un depósito en la casa de don Juan Arzuaga y Cía., unos 15.000 $ m/c. provenientes de una partida de plumas que le había vendido. Esas plumas las había comprado con dinero que el mismo señor Arzuaga me había facilitado. Como mi socio, mi patrón y mi compadre, me lloraba diciéndome que le diera su parte al contado. “Hágalo por sus hijos” —me decía—; yo le aflojé y consentí en darle su parte al contado para sacármelo de encima. “Está bien, compadre le contesté—. Usted se llevará el dinero y yo me quedaré con los clavos”.

Se puso muy contento y para celebrar nuestra separación amistosa, matamos un pavo y preparamos una cena luculina. “Compadre —me dijo—, antes de cenar será mejor que se vaya a lo de don Juan para traerme el dinero que me tiene que entregar; porque, en cuanto salga la luna, yo me pondré en marcha paira Ancalú y al tiempo de irme, me lo entregará”.

Así lo hice. Fui y traje el dinero justo que le tenía que entregar. Lo coloqué en un cajón sin llave. Todos vieron adonde había puesto el paquete con el dinero. Hacía unos días que tu madre se había ido al Bragado con el chico enfermo. Nos pusimos a cenar. Mi compadre me invitaba a cada momento a beber vino Carlón que era el champagne de nuestros banquetes. Yo bien pronto me puse en pepe y mi ex patrón me daba charla y me incitaba a beber. A mis dos agregados les guiñaba el ojo cada vez que yo empinaba el codo. Uno era un español y el otro un santiagueño, gente trabajadora y honrada pero viciosa, porque eran dos borrachos. Pero esa noche, desde un principio, sospecharon la felonía que mi ex patrón quería hacer conmigo y se abstuvieron de excederse previendo que yo me iba a pasar de los límites. Cuando sentí que estaba ebrio, tendí un catre y me tire sobre él y entré a roncar mi tranca. Entonces don Hipólito se sacó la careta y dijo: “Así te quería agarrar, hijo de una... . Y a los dos clientes les dijo: “Señores, estamos de bolada. Ustedes dirán que no saben nada. Yo me guardo los pesos y mañana lo echo a la calle a este jo... La casa está a mi nombre. Les regalaré mil pesos a cada uno de ustedes”.

En realidad yo no tenía contrato ni había firmado nada respecto a nuestra separación. Así pudo decir que no había mas dueño que él. Y se levantó con ánimo de agarrar el dinero. Pedro Salas —que así se llamaba el santiagueño— se abalanzó al cajón, arrebató el dinero, sacó el facón y le dijo al pérfido de mi ex patrón: “¡Venga a quitarmeló, si es hombre!” El español sacó el revólver diciéndole: “Por las barbas de Santiago de Compostela, que lo abraso a balazos si usted intenta algo en contra de mi amigo Urquizo. Usted no es nadies aquí; no tiene derecho ya a nada. Mañana se le entregará su dinero y se irá a la gran P..., porque es usted un traidor miserable que quiere robar a este pobre muchacho, víctima de su buena fe. Bastante lo ha explotado ...

Mi ex patrón se abatató. El pecado es cobarde. Fue a la cocina y allí esperó hasta la madrugada cuando me despertaron mis defensores. Yo me levanté con los humos de la turca. Don Hipólito ya estuvo con el caballo ensillado. Le entregué el paquete que balas me entregó diciéndome que lo había guardado por temor de que alguien entrara al negocio y se lo llevara. Mi ex patrón acepto el paquete sin revisarlo. No me dio recibo ni yo advertí de que debía pedírselo. Se despidió y tomó el rumbo a la pampa con dirección a Ancalú. Así fue la separación de mi primer patrón en Los Toldos. No volví a verlo hasta once años después, año en que fui yo al Ancalú y allí volvió a clavarme de la manera siguiente.

En 1884 fui a Gral. Pinto con el objeto de establecer allí una casa de comercio. Buscaba un solar para comprarlo. El (señor H Mercado) tenía uno contiguo a su casa. En esa época tuvo un hotel. Me ofertó, pues, el terrenito, pero yo rehusé comprárselo para no tener tratos con ese mi compadre y ex patrón. Pero el conocía mi lado flaco y comenzó a llorar pobrezas. “Cómpreme mi solar —me dijo—, me lo pagará cuando usted guste y usted mismo le pondrá precio. Ese dinero lo voy a precisar recién dentro de tres meses. Tengo un vencimiento en el Banco de Lincoln y con ese importe y algo que yo le agregaré, voy a remediar la situación”.

Volví a tragar el anzuelo. He sido muy débil y aflojador, demasiado compasivo y confiado; con otras palabras, he sido muy zonzo, muy pavo, tardío para escarmentar. Todo lo que ahora en mi vejez tengo de desconfiado, de egoísta, tenía en aquella época al revés: era confiado, amigo de hacer un servicio aun a picaros conocidos. Cometí, pues, el error de dar principio a la construcción sin haber antes deslindado el precio. Cuando la construcción estaba a la altura de los marcos —habría transcurrido como un mes—, Mercado me dijo una noche: “Hágame el favor de entregar en lo de Lagrave en Lincoln los 5.000 $ m/c. del solar. Mañana le haré el traspaso del boleto”.

Me quedé frío, sin saber ni qué decir ni qué contestarle. Enfrente del solar me habían ofertado dos solares baldíos, uno de 1.200 $ y el otro de 1.500 $ m/c. Le hice pues la observación de que su precio era muy caro y que enfrente no había querido comprar por los precios indicados. Y me contestó muy orondo: “Usted está rico, compadre y amigo y yo estoy pobre, cargado de hijos”. Me mordí un puño. Rabié un poco esa noche y le eché unas cuantas maldiciones a ese bribón. Pero le pagué los 5.000 $. Mi casa estuvo terminada cuando vinieron del Juzgado de Paz de Lincoln a embargarle a Mercado todo el moblaje del hotel por una cuenta que adeudaba a un habilitado del mismo hotel, pues quiso estafar también a ese habilitado, llamado Alberto Arsaca. Este buscó un procurador y le dio la cuenta a medias. Era de 5.600 $ que entre alguacil, cepillos, pitos y flautas subió a 9.960 $ m/c. No había apelación. O pagaba o se iba á la calle. Desgraciadamente yo me encontraba en ese momento en General Lavalle (este era el nombre que le habían puesto al Fuerte Ancalú). Me vinieron a llorar él, los hijos y las hijas. Me prometió hipotecarme la finca del hotel para que le facilitara 10.000 $ para poder pagar el embargo. El zonzo viejo volvió a aflojar y le facilité esa cantidad por noventa días sin interés. Vencido el plazo me dio un pagaré con seis meses de plazo con un interés de 9 % anual. Este se venció, se prorrogó por otros seis meses hasta que terminara la testamentaría. Mi comadre había muerto a fines de 1883. Antes de haber terminado el arreglo testamentario, él había vendido su parte a un procurador para eludir la obligación de pagarme a mí y a otros deudores más. Hasta hoy, que hace 23 años, esos diez mil pesos no han ingresado en mi bolsillo. En el año 1895 volvió a presentárseme en Bragado para pedirme dos mil pesos prestados, quería abrir una carnicería en Lincoln. Yo no pude aguantar más a este pícaro y lo mandé a la... Me había tomado por un manantial de plata. Se había gastado toda la gratitud que debía tenerle a este hombre por haberme confiado un boliche miserable en tiempo de mis estrecheces, pero que me sirvió de pedestal para llegar a la cumbre de la holgura.

Así es como brota la ingratitud en el corazón, cuando abusamos de la buena voluntad de los que protegimos. Al fin, todas sus bribonerías sólo le han servido para su ruina. Hace muchos años que anda peonando por la Pampa; últimamente supe que está en Toay tullido, viviendo de la caridad pública. Ninguno de sus hijos, que ahora están bien, se ha acordado de recoger a ese pobre desgraciado. ¡Vé, hijo, el dedo de Dios!

Basta de esto. Sigo mi camino sembrado de abrojos.

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