Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 3. Como y porque me ataron al yugo |
Tenía siete años cuando cambié de traje, dejé de andar en faldas de camisa y me puse el primer pantalón y saco. Don Telésforo García le habia dado a mi madre un par de pantalones viejos. Mi madre los deshizo, los lavó, los planchó y me fabricó un par de pantalones y una chaqueta. Antes de cambiar de pellejo como la víbora, mi madre me zambulló en el arroyo, me rapó bien echando aguas abajo todos los yaguaneses y me plantó mi traje nuevo. Yo no cabía en el cuero de contento.
¡Oh pobreza, tú también tienes momentos de dicha! Con un poco el pobre es feliz. Sin nada se arregla y se aviene a todo. Cualquier pingajo limpio, por ordinario que sea, colma las ambiciones de los desheredados.
Mi calzado aún no cambió. Seguí siendo siempre de la orden del talón rajado. En el mes de febrero de 1855, peleando un día a cascotazos con otros pillos de mi calaña, rompí una tinaja de barro en la cual mi madre juntaba las orinas que le servían para teñir los hilos de lana que ella hacía en el huso para fabricar frazadas y cojinillos. Mi madre puso el grito en el cielo, me agarró del cuello y por un momento quería estrangularme, degollarme o destriparme. Pero luego tomó un partido diferente: me arrastró de un brazo, me llevó a la rastra hasta la tienda de don Telésforo y le dijo: “Le traigo a este desgraciado. Se lo regalo para toda la vida. Haga usted de él lo que quiera. Ya sabe que es un ser sin ningún amparo en la vida. ¿Yo qué puedo enseñarle? Sólo que sea un infeliz como yo”.
El señor García me tomó del brazo; me entró al interior de la tienda y mi madre se fue a su casa. Por fin ya tenia uno menos que la hiciera rabiar, porque yo era realmente un pihuelo travieso, camorrero, zafado. Era lo que debía de ser. No tenía ni freno ni ejemplos. Cuántos se han criado con buenos ejemplos, en buen ambiente y se han extraviado en la vida.
Tú, hijo, quizás me dirás: ¿Qué provecho tendrá que yo sepa cómo usted vino al mundo? Y yo te diré: ¿Qué pierdes vos al leer estos relatos o escuchándolos? ¿No pierdes horas enteras charlando con algunos fatuos que sólo saben llenarte la cabeza con humos? ¿No gastas el tiempo en leer macanas ajenas? Leyendo las peripecias del autor de tus días has de aprender algo más. Por lo menos serás modesto teniendo en cuenta tu origen humilde. ... Creo que algún bien he hecho a mis semejantes en el pequeño radio que he adelantado durante mi viaje por este mundo. Vos no sos responsable de ser hijo de un “pobre diablo”, como yo tampoco soy responsable de haber nacido tan desamparado. Si quieres elevarte, tienes todo a mano, muchos materiales y mucha mezcla. Levantá el edificio a tu gusto, si sos capaz, pero ten mucho cuidado con las alturas. Allí soplan vientos muy fuertes y será preciso agarrarse con “uñas y dientes” para poder sostenerse.
Sigo mi narración: A los tres meses de estar en casa de don Telésforo, ya era un redomoncito de riendas corrientes. Ya era útil, pues había aprendido a barrer, a lavar los platos, a fregar los cubiertos, a cebar mate, a sacudir la tienda, hasta sabía andar a caballo. Durante el primer mes me había proporcionado una “felpa” por la mañana y otra por la tarde. Dos veces me le escapé a la casa de mi madre, pero mi madre me sacó pisándome los garrones con la chancleta en la mano. Así me hicieron como un guante. Al año de estar con mi patrón sabía cocinar, planchar, ordeñar y hacer quesos. Estaba completamente metamorfoseado (cambiado). Hasta mi lenguaje se había transformado gracias a los bifes que me encajaban mi patrón y un hermano suyo, llamado Pedro, más bruto y zafado que yo, a pesar de que había tenido buena educación y era de alcurnia. “Mi cuna ilustre” no se le caía de la boca. En verdad, su padre había sido maestro de carretas que no sabía ni leer ni escribir. A pesar de todo esto, yo bendigo a ese hombre. Don Telésforo tenía un corazón noble, un alma pura, sin odios ni rencores. No tenía vicios; era servicial y virtuoso. Una vez que me había domado a su gusto, se convirtió para mi en un padre cariñoso. Desde 1855 a 1860, mientras estuve a su lado, depositó una buena dosis de consejos en mí, los que me han servido de guía en los momentos de vacilación. Han sido la luz que alumbraría el camino de mi triste y trabajosa juventud hasta la edad madura engolfándome hacia una vejez tranquila. Jamás recibí de él un mal ejemplo. Más bien me inculcó nociones de honradez, de integridad y constancia en el trabajo; la economía y el orden como principios morales. El me enseñó a cumplir un trato o una promesa aún a costa de grandes sacrificios. “El hombre sin palabra —me decía— no será honrado, no tiene derecho a que se lo respete. ¡ No seas adulón —me aconsejaba— ni del pobre ni del rico, ni de los que gobiernan! ¡Sé circunspecto, pero no servil! ¡No te aproveches nunca ni de tus amigos, ni de tus conocidos o parientes! ¡Respeta el sudor ajeno, si quieres que te respeten el tuyo! ¡Ten siempre presente —me decía— que el hombre tiene la dignidad en la frente y la mujer la tiene en el útero!”
Un día, don Telésforo me encontró haciendo números en la pared usando un pedazo de carbón. Hacía tiempo que yo me ejercitaba en hacer letras y números copiándolos de algunos papeles. El patrón entonces me compró una pizarrita y me dijo: “Aquí podrás copiar y borrar con más facilidad. ¡Aprendé a leer y a escribir si querés prosperar en tu vida!” Ya ves, mi hijo, que yo nunca estuve en ningún colegio. Por esta razón no conozco la ortografía. Yo fui mi propio maestro (autodidacta).
“¿Quién sabe —me decía mi patrón— no sea tu suerte de haber venido a la vida tan desheredado, si sabes aprovechar el tiempo y sacas partido de tu misma necesidad? No teniendo ni nombre ni fortuna, tú de todo te lo tenés que hacer. Esa misma lucha que vas a afrontar, te puede traer la suerte, a lo menos, en los últimos escalones de tu vida. ¡Cuántos hay que llegan infelices al término de su vida por haber sido los hijos mimados de la fortuna en los albores de su existencia!”
Parecía que alguien revelara los destinos que iba a encontrar su único hijo varón. Telesforcito García era un niño bien formado, culto y criado en un ambiente de virtud. Recibió esmerada educación en un colegio de Santa Fe y luego se colocó de empleado en una gran casa comercial de Rosario. Allí alternó con los mejores círculos sociales de Santa Fe y de Buenos Aires. Empezó a tomar y terminó de hacerse un borrachín. Regresó hecho un desgraciado y murió joven por causa del alcoholismo. ¡Y éste habia nacido en el seno de la virtud! Es como los abrojos brotan libre y espontáneamente en un jardín bien cultivado, así puede brotar la corrupción en un ambiente moral.
En el año 1858 don Telésforo se casó con doña Lucía Núñez, una excelente señora y compasiva con los desvalidos. En el año 1859 dispuso mi patrón construir unas casas en una quinta que tenía como a diez cuadras del Pueblito. Tomó albañiles por día y a mí me mandó como cocinero e inspector de los trabajos. Cuatro meses duraron los trabajos de la construcción. Yo me porté como un león: pisaba maíz para hacer el locro y la mazamorra. Ordeñaba dos vacas todos los días. Tuve que ir a los bosques a cortar maderas para las puertas, techos y guardapatios. Yo era cocinero y boyero. Todos los días al aclarar salía del pueblo a la quinta y por la noche volvía a la casa de mi patrón para darle cuenta de los trabajos realizados en el día. El calor, el frío y el hambre me zamarrearon a sus anchas. ¡ Pero si es éste el patrimonio de los que nacen pobres! Nada tienen que echar de menos.
Hasta ese momento mi cama era un cuerito de ternero para tender en el suelo; una piedra y otro pedazo de cuero encima eran mi almohada y un ponchito bicharaco bastante viejo era mi única cobija. ¡Oh miseria! Sólo de tu seno salen los hombres de acero para luchar con el trabajo y las penalidades de la vida. En efecto, siento un placer especial en contarte, hijo, mis penurias, así como los afortunados se complacen al contar sus grandezas. Se echan atrás (se engríen) sin comprender que no son más que usufructuarios del sudor ajeno. Grandezas sin sacrificios ni luchas.
Ya tendré ocasión para contarte en mis narraciones los fracasos de muchos que en su juventud habían sido afortunados. Ahora te voy a referir otro incidente jocoso y serio a la vez. Ocurrió ruando tenía 12 años y nueve meses. Era en el mes de noviembre. Había hecho el pregón, como se decía entonces. Consistía cu ponerlo al cadete, el día domingo, desde las siete de la mañana hasta las doce del mediodía, en la puerta de la tienda. Tenía que gritar a voz en cuello el detalle de los artículos de batalla: “¡Lienzo a un medio la vara (o sean tres centavos de hoy)! ¡Bramante a un real la vara (siete centavos)!” y otros por el estilo. Eran los avisos a viva voz para los clientes que iban a misa. Estos eran los paisanos que sólo los domingos venían de sus chacras. En aquellos tiempos el café con leche, que hoy está al alcance del último cadete, ni los patrones lo olían entonces. Apenas podíamos pescar unos cuantos cimarrones con los palitos nadando. Eran las doce y media del día, cuando mi patrón me mandó servirle la comida. A la una y cuarto recién terminaron mis patrones de comer y recién entonces me mandaron que me desayunara. No me podía sostener ya de hambre. Desde las cinco de la mañana tuve que estar de pie para darles mates en la cama tanto a mis patrones como a la tía de don Telésforo, una “beatona” llamada Braulia. Era solterona y muy tragasantos que se copaba tres misas todos los días y se confesaba todos los sábados. ¡Manos muertas y estómago vivo!
Al llegar a la cocina para comer —tenía un hambre canino— ella me llamó y me dijo: “¡Andá volando, llévale esta empanada al curita Campos que se la he mingado para él!” Y me entregó una rica empanada de pollo en una fuente de plata y tapada con una servilleta bordada primorosamente. De mal talante salí con la empanada que exhalaba un olor tentador para mi estómago vació.
De repente me asaltó una idea, de esas que sólo el diablo sabe sugerir: “¡A que me como la empanada!” fue mi primer pensamiento. “¿Y dónde me la puedo comer que no me vean?”, fue mi interrogación que me hice. En ese momento llegaba frente a la iglesia. Y el diablo me sugirió otra idea más: “¡Entrate en la iglesia y te la comes!” Dicho y hecho. Me zampé dentro del lomillo, me metí en un confesionario y allí me la devoré. En mi vida no había comido una empanada más rica, más apetitosa. Salí de allí medio “atorao” y fui en busca de agua al almacén del cuñado del cura. Me tomó un jarrazo de agua y me volví muy fresco con la bandeja y la servilleta a la casa de mi patrón. Le dije a la “beatona” muy orondo: “Dice el curita que le da las gracias. Que debe de estar muy rica, basta que venga de sus manos. Que para qué se ha incomodado. Y que la va a gustar a su nombre”.
La tragasantos tragó la píldora y yo pasé a la cocina y me hice que comía.
Habían transcurrido como quince días desde el día de mi hazaña en que comí lo que no me pertenecía y falté a mis deberes de fidelidad, cuando se presentó en casa el cura Campos (del Campo) para visitarnos. Un sudor frío me corrió por todo el cuerpo. “¡El que tiene cola de paja, teme que se la quemen!" Un presentimiento poco feliz atormentaba mi espíritu. La solterona me llamó para cebar mates. Ellos comenzaron por hablar de misas, de novenas, rosarios y procesiones, cuando la conversación recayó sobre la muerte de una vieja que hacia unas empanadas muy especiales. Otro escalofrío pasó por mi cuerpo. Doña Braulia esperaba, sin duda, que el cura le diera las gracias por el obsequio de la gran empanada. Pero, no. El cura no daba señal de recordarla. La tragasantos entonces le dijo: “Yo tengo que pedirle disculpas por la empanada que le remití, los días pasados, que creo que no estaba bien hecha”.
A mí me acosaron ímpetus de salir corriendo de aquella casa. Sudaba y no sabia adonde estaba; tal era el “jabón” que tenía, porque me estaban revolviendo el hormiguero.
El cura la miró serio; pero cambió de conversación. La solterona se mordía los labios, me miró a mi, como el tigre mira a su presa. Yo habría querido tener alas para encumbrarme a las alturas celestes. Los ojos de aquella pantera relumbraban como los del gato en la oscuridad. Por fin el cura se puso de pie y saludó, y la “beatona” lo acompañó hasta la puerta del zaguán.
Al volver, estaba lívida. Aquella señora me dijo con voz ronca:
—¿Tiene bastante agua la pava?
—Sí —le contesté.
—¿Está hirviendo?
—Sí, señora —le volví a contestar.
—Bueno. ¡Tráeme la pava! —me dijo.
Fui al brasero. Le alcance la pava. Ella con una mano agarró la pava y con la otra me cazó del cuello de la camisa y me dijo: “¡Aquí me vas a decir qué hiciste de mi empanada, cacharino y tarabilla'.’’ Y me amenazó que me iba a echar un chorro del agua. Fue tal el tirón que le pegué para zafarme de sus garras que la pava se meneó de forma que el agua le saltó por la tapa. Le quemó la mano e hizo que soltara la pava. Yo de un brinco estuve en la calle y corriendo fui a mi antigua guarida, la casa de mi madre. Esta se puso en guardia, porque me vio llegar tan azorado.
—¡Ah, bribón! —me dijo—. Habrás hecho algún zafarrancho —y me quiso acosar ya con la chancleta. Yo principié a cuerpiarle (esquivarla) y a contarle que doña Braulia me quiso regar con agua hirviendo. Mi madre suspendió entonces su ataque. Hizo que le refiriese la causa sin mentir. Yo se lo conté todo, sin faltar a la verdad. Al fin ella era madre. Y exclamó: “¡Pobre hijo! Sólo has venido a este mundo para ser estropajo y servir de animal de martirio para los demás. ¡ Hasta la una y media de la tarde estabas en ayunas y esa hipócrita de santulona todavía te mandó con su regalo para su ... ma". Mi madre pronunció una dura expresión. Me tomó del brazo, me llevó a la casa de mi patrón y le contó lo que había sucedido. Mi patrón no se había apercibido de mis apuros y fuga. Nada sabía de la empanada. Quiso que le refiera también toda la verdad. Se la dije, sin omitir nada.
“Has hecho mal por un lado —me dijo don Telésforo—; pero "I diablo te tentó y el hambre te dominó. Hay faltas perdonables, sin que exijan sacrificios. Aquí hay que tener en cuenta la edad y la hora intempestiva. Te perdono tu falta. Pero bien entendido: ¡que no vuelvas a reincidir (a hacer semejante cosa)! ¡Anda, pedile perdón a mi tía!”
Fui, me arrodillé diciéndole: “¡Perdón, señora! No volveré a faltarle”.
Ella largó un rugido como de fiera y me dijo: “Después que te haya regado bien con agua hirviendo, te voy a perdonar”.
Don Telésforo había escuchado todo y vino a decirle: “Se guardaré usted, mi tía, de hacer semejante crueldad. Ni usted ni nadie tiene derecho a hacer sufrir ni a abusar de este pobrecito desvalido. Bastante desgracia sufre por ser huérfano. Lo que come y lo mal que viste bien se lo gana con su trabajo. Usted sabrá que este infeliz no tiene sueldo. Y usted todavía quiere martirizarlo. ¿Dónde tiene usted su Dios y su conciencia? ¿Qué clase de religión es esa que usted profesa, que le manda a martirizar a un inocente? Usted no tuvo en cuenta ni la edad, ni la hora. El cura del Campo bien podía esperar unas horas más para comerse la empanada”.
A los tres días la beatona se mudó a la casa de su sobrina, doña Lidia García. Yo me regocijé, porque tenía uno menos a quien servir.
Quizás, Gregorio, me dirás: ¿A qué contarme esos vejámenes que le deprimieron? ¿A qué esos relatos tristes de su niñez? A esos tristes recuerdos les debo las pocas dulzuras de mi vejez. Los he convertido en experiencia. Esas duras luchas me han enseñado a ser rico con poco, y a no abusar del poder que proporciona el dinero. ¡Compara tu vida y la mía! A la edad de doce años vos estabas en un colegio, pupilo, bien cuidado y bien atendido. ¿Terminarás tus días navegando con viento en popa?
Cuántas veces en mis noches de insomnios o en ratos de mis soliloquios me he hecho esta pregunta: ¿Seré yo acaso el causante de las desgracias que le puedan sobrevenir a mi hijo? Le he amontonado toda clase de facilidades materiales y morales, casas y locales espléndidos para su comercio, gran crédito en plaza ilimitada, un ambiente local con una confianza ciega de la clientela, casa en que los chacareros depositan su dinero en Los Toldos y en Bragado ... Hace varios años me entristece el solo pensar que esas facilidades podrían aplastarte1.
Nota:
1 En una copia de diciembre de 1916 agregó don Electo este epílogo: En 1913 mi gran casa quebró. Está cerrada. Y mi hijo está arruinado. “Padre juntador; hijo desparramador”.