Memorias de un Pobre Diablo
| Capítulo 14. El casamiento de Antuña y otras reminiscencias |
Cuando yo conocí (a Irene, mi novia), tu madre, ella era costurera de la señora Saturnina Fuentes de Ojeda. La familia de D. Esteban Ojeda era la más rumbosa y mejor colocada en la alta sociedad de Chivilcoy. Los Ojeda no eran ricos en dinero, pero eran ricos en relaciones y amistades. Todo lo granado de la sociedad de El Cairo Americano comía y cenaba en la mesa luculiana de esta familia. Había pavos rellenos, trufados y no faltaban lechones y corderos adobados. Todos los altos dignatarios que llegaron a visitar a Chivilcoy, pararon en casa del señor Ojeda o en casa de misia Saturnina. Los gobernadores Saavedra, Alsina y Castro pararon allí; los presidentes Mitre y Sarmiento y sus ilustres ministros Vélez Sarsfield, Rawson, Yrigoyen y Avellaneda se hospedaron en esa casa. Era el hotel gratis y mejor servido del pueblo. No había ni un señor de campanilla que viniera a Chivilcoy y no fuera recomendado a la casa de los Ojeda. Siempre tenía huéspedes copetudos. La señora y la hija lucían en los bailes los mejores trajes confeccionados en la Metrópoli. Andaban de fiesta en fiesta. Y para hacer frente a tales gastos no había más fuente productiva que una panadería, una ataona y un horno de ladrillos. Alcanzaba para vivir modestamente. Si, alcanzaba y sobraba con lo que producían estas industrias. Pero era imposible hacerles producir lo que demandaban los gastos de agasajos de magnates que tienen un paladar muy fino y delicado. Necesitaban muchas rentas para sostener sus amistades.
En 1874 (año de la Revolución de Mitre), el señor Ojeda tomó parte muy activa a favor del doctor Adolfo Alsina. Su casa era un comité y un club político, hotel gratis para sus conmilitones. En la campaña electoral triunfó su candidato y más tarde, el mismo año, en la revolución. En 1875 se le cerraron las puertas del crédito. Estaba con trampas hasta las orejas. Debía cuatro veces más de lo que tenía. No hubo más remedio que entregar todos sus haberes a los acreedores. No había empeños para él. Los altos personajes le cuerpearon. No querían apuntalarlo. Se trasladó a la Capital para buscar un empleo en el Fisco Nacional o Provincial para que pudiera subvenir a las necesidades más perentorias de la vida. Contaba con sus amigos que los ha tenido muchos y de mucha influencia, los que le habían comido parte de sus rentas. Ahora era justo que le ayudaran consiguiéndole un empleo; es decir dejarlo vivir a costillas del fisco, como vivía la mayor parte de esos magnates. Decían que iban a proteger a un amigo o correligionario y lo encajaban en un puesto donde había dos o tres empleados de sobra. Había que darle de comer. De todos modos pagaba el pueblo. Don Esteban Ojeda no pudo conseguir ningún empleo. Los amigos copetudos suelen ser olvidadizos. Son muy atentos cuando ven que sus amigos navegan con viento en popa; pero tienen cara tan desabrida, cuando los ven caídos y llegan a pedir una manito para sobrellevar los contrastes de la vida. Su hijo varón consiguió a duras penas colocarse en un empleo. Este se decretó el celibato para que pudiera socorrer a sus padres. ¡Esto se llama ser buen hijo! Cinco años gastó en gestionar un empleo hasta que pasó a mejor vida quebrado su corazón por las decepciones y amarguras.
Las amistades se arreglan al monto del capital o a la renta. Arruinarse por codearse con magnates, no vale la pena. Engordar flacos que traen en la mano la moneda de la ingratitud, no tiene sentido. Las amistades costosas traen la ruina segura.
La gran matrona y su aristocrática hija tuvieron que hacerse chalequeras y pantaloneras en una ropería para poder solventar los gastos que demandaba su vida modesta en la capital.
¡Hijo mío, ten cuidado con las grandes amistades! ¡Fuera los aparatos! ¡ Fuera las farsas! La vida modesta es más libre y en la mayoría de los casos más feliz y más moral.
Ahora voy a recordar un casamiento aparatoso y farisaico. Estos se suceden y se sucederán mientras el mundo es mundo. La vida es una cadena de virtudes, farsas e intrigas. Unos aprenden a vivir llorando, mientras que otros sucumben bailando. A unos los lamentos les enseñan el camino austero de la verdad, para otros son las orgías instrumento para demolerles sus comodidades. Alguno dijo que la vida era un teatro o comedia.
Ramoncita Silva era la flor más hermosa de “El Cairo de La Pampa Florida”, la tierra feraz del trigo. Esta tierra rica, pues, no producía solamente ese cereal con que se prepara el manjar de los manjares. También era fecunda en producir lindas muchachas. Además de Ramoncita Silva hubo otras beldades: Joaquina Bermejo, la hija de Manuel Benítez, Saturnina Ojeda, las niñas Calderón y muchas otras flores del jardín chivilcoyano de aquel tiempo. Pero la que más adoradores tuvo y más pretendientes a su mano fue esta Ramoncita. Mas ella ambicionaba a un hombre ideal que reuniera por lo menos tres cualidades: educación brillante, cuna ilustre y una gran fortuna, cosas difíciles de hermanar. Los cargados de plata generalmente son hombres vulgares. El dinero no es amigo de la sabiduría. Don Dinero es un amo terrible. A veces parece que el hambre de atesorar nos devora y luego nos esclaviza.
Doña Genoveva, la madre de Ramoncita, había despertado en el alma de su hija esa ambición desmesurada. Decía que no iba a dar a su hija a cualquier pedazo de pulpa. “Novio gringo o gallego no quiero ver ni pintado. Mi hija se ha de ayuntar con una ilustricidad. Entre los jóvenes, hijos de las familias de nuestro pueblo no hay quien llene sus aspiraciones”. Efectivamente no había ni millonarios ni quien tuviera mayor educación. Pero Ortal Torroba, Víctor Pichú, Carlos Luna, Lareda, Galán, Barranco y otros gallitos chivilcoyanos deseaban ganar a la Ramoncita, pero con una mueca desdeñosa los ahuyentaba. Misia Genoveva era una santiagueña de una cara de aloja fermentada y no era fácil palenquearla.
En el mes de febrero de 1870 cayó a Chivilcoy como llovido del cielo un joven de Montevideo de apellido Antuña. Era sobrino del ex presidente Berro. Antuña era un joven de unos 25 años.
Era rubio, de estatura baja. Su físico no tuvo nada de simpático ni de elegante; en cambio él era un petimetre, un botarate audaz con unas agallas de bagre. Este trabó amistad con Ortal Torroba, Víctor Pichú, Luna y otros de la juventud dorada de Chivilcoy. En el primer baile que hubo en el Club Social fue presentado a las familias criollas del pueblo. Carlos Luna lo presentó a misia Genoveva y a su simpática hija. Al oír misia Genoveva que el muchacho era sobrino carnal del ex presidente Berro, abrió los ojos grandes y de una mirada lo midió a¡ forastero de arriba a abajo. Estuvo lo más amable con el señor Antuña. Y éste estuvo “de temporada” con Ramoncita esa noche. Luego las acompañó a su casa y fue invitado para el otro día para comer con ellas. Antuña aceptó la invitación y al otro día se presentó bien acicalado, bien finchado y lambido. Parecía un figurín. Fue bien recibido por misia Genoveva, con frialdad por Ramoncita. El joven oriental era muy ducho para tratos sociales. Sabía desempeñar a las mil maravillas el papel de millonario. Deslumbró a doña Genoveva con las estancias que hizo desfilar en su conversación y por las altas relaciones que decía tener en Montevideo. También hizo resaltar su cuna ilustre. En fin, fue más obsequioso con la vieja que con la joven. Doña Genoveva aparte riñó con Ramoncita porque estuvo algo fría con el ilustre huésped, como empezó a llamarlo.
Ramoncita decía que no le era simpático, que era demasiado petiso y muy rubio. Que no le inspiraba cariño. Misia Genoveva bufaba diciéndole que éste era el único hombre bajado del cielo para ella y que se pusiera alegre y atractiva para pescar a ese bueno y magnífico “dorado”, de lo contrario la iba a soterrar en la chacra y prohibirle que frecuentara la sociedad.
Antuña empezó a menudear las visitas ya por la mañana ya por la tarde. Y tanta maña se dio y meneó el pico hasta que Ramoncita capituló, quizás más por las amenazas de su madre que por cariño. A los quince días de conocerse quedó arreglado el casamiento para el mes de mayo. Apenas había tiempo para arreglar la casa matrimonial. Durante ese lapso Antuña dio dos bailes por cuenta exclusivamente suya en el Club Social. Le costaron cinco mil pesos m/c. cada uno. Fue convidado a los bailes lo más granado de Chivilcoy y allí aprovechó para invitarlos a sus bodas. Quince días antes de la fecha, el vasto círculo de sus relaciones le dio un asado con cuero para despedirlo de la vida de soltero. El Cairo Argentino de entonces estuvo entusiasmado por la perspectiva de las bodas de este “camacho” oriental que iban a hacer época en los actas sociales de los “Faraones Argentinos”. No se hablaba de otra cosa en Chivilcoy. Todos estaban atentos y preparándose para el gran baile y el banquetazo, amenizados por una gran orquesta traída de la Metrópoli. Era el primer casamiento en Chivilcoy en que intervenía una orquesta para bodas de un particular. La casa del matrimonio era de diez piezas amuebladas a la Pompadour, así como hoy todo es a lo Luis XV. La Pompadour fue una ramera favorita del Rey Luis XV de Francia. ¡Cuántas veces se ensalza a un bribón y se menosprecia a un hombre bueno! ¡Cosas de la vida!
Como decía, la casa estaba amueblada a todo lujo. Grandes alfombras y cortinados, todo de lo mejor. Muchos espejos con soberbios marcos dorados. Las grandes casas comerciales del pueblo, la de Torroba Hnos, y la de Pichú Hnos. se encargaron de surtir de lozas, cristalería y batería de cocina. El señor Mucio, dueño del hotel El Globo, trató el banquete en veinticinco mil pesos m/n., un capital en aquellos tiempos en que se hilaba muy delgado. La Confitería del Banco contrató el servicio de masas, licores y refrescos en diez mil pesos. Todos los artesanos del pueblo trasnochaban confeccionando trajes y calzados para la alta categoría de la sociedad del Cairo Chico. En aquel tiempo no había aún tiendas con grandes surtidos de vestidos para señoras y trajes para hombres. Todo se confeccionaba a pedido. Y lo mismo sucedía con el calzado. Hoy es diferente. El país se ha hecho rico.
Todos esperaban con ansias el día señalado por este moderno Marco Antonio que iba a olvidar a Roma y sus legiones para entroncar en esta Cleopatra pampeana. Este sardanápalo oriental iba a deslumbrar una sociedad modesta, pero culta. Este nuevo Lúculo quiso figurar unas horas, para después hundirse en el barro del ridículo y de la miseria. ¡Cuántos envidiaron a Ramoncita por su suerte, su dicha de casarse con un millonario tan encumbrado por su linaje, su educación, sus relaciones en las capitales de ambas orillas del Plata ... !
Durante tres meses Antuña fue el niño mimado del pueblo. No había ni almuerzo ni cena festivos a los que no fuera invitado. Las niñas casaderas tragaban saliva al ver que una paisanita nacida y criada en las chacras de Chivilcoy había sido la preferida por este magnate, porque apenas hacía tres años que ella había entrado en la sociedad. Su padre, don Pablo Silva, era un paisano redondo, pero nada más que un hombre trabajador. Doña Genoveva era una paisana vulgar con un pequeño barniz social. Pero ella tenía muchos humos. Todos estaban creídos que Antuña era lo que representaba, que era muy rico. Por eso todos se apresuraban a abrirle las puertas del crédito facilitándole para que siguiese la farsa. Porque Antuña se abusó de sus amigos, se burló de un pueblo entero a fin de gozar de su Cleopatra chivilcoyana. Aún hoy es frecuente que un advenedizo se llene de amistades y de créditos, clave a todo el mundo y desaparezca luego dejando tras sí un reguero de llantos.
Doña Genoveva no cabía en el pellejo, tan inflada estaba. Con mucho garbo decía: “Conseguí satisfacer mi capricho. Voy a entroncar mi sangre de Loreto (lugar famoso de Santiago del Estero) con la ilustre sangre presidencial de los Berros de la Banda Oriental”. La paisana de los algarrobales santiagueños se había hecho insufrible.
Todo estaba preparado y pronto para la gran fiesta. Llegó el deseado día. Un boticario o farmacéutico de aquel pueblo, de apellido Viñas, decía que el día anterior a las bodas había vendido como cien purgantes. Los faraones de la Pampa Florida se habían limpiado los intestinos para hacer honores al nuevo Lúculo. El hotelero decía que iba a echar el resto: pavos por tropillas, corderos por majadas, lechones, gallinas, patos; empanadas a la cordobesa, pasteles a la criolla, carne con cuero. El banquete reunía todo el arte culinario de la europea y de la criolla.
El casamiento se efectuó en el tempo parroquial. La iglesia de entonces era muy pobre en su aspecto y muy chica. Pero el cura Badano con sus artificios le dio un aspecto de suntuosidad con cortinados, alfombras, profusión de luces y tiestos de flores. Parecía que el cura adivinaba que en este casamiento todo iba a ser farsa y aparato. ¡Soberbia humana, qué caro pagamos nuestras farsas! Sin embargo, a pesar de que tantas veces vimos esas farsas y esos fracasos, no aprendimos. Nadie escarmienta en cabeza ajena.
Los trajes de los novios eran espléndidos. El acompañamiento era brillante. Todo lo más granado en señoritas, señoras y caballeros de El Cairo estuvo presente. La ceremonia fue imponente. Y el banquete fue realmente luculiano. No se podía pedir nada mejor. Vinos exquisitos y el aristocrático champagne corría como agua. El baile estuvo soberbio. Todos los faraones del Cairo Argentino honraron estas bodas con su presencia: Los Villarinos, Benítez, Suárez, Calderones, Corias, López, Castros, Chávez, Melos, Moras, Villafañes, Ojedas, Barrancos, Contreras, Villegas, Torrobas y Pichús. La panzada fue enorme. Luego brindaron y se zarandearon hasta el amanecer del otro día. Luego acompañaron a los novios hasta la estación porque se iban en el tren de las seis a Buenos Aires a libar la luna de miel durante quince días.
Poco a poco el bullicio se fue calmando. Las envidias iban acallándose. La calma sucedió a la fiesta ruidosa. Después de las alabanzas y adulaciones que no faltaron mientras se estaban atracando y bailando a costillas del supuesto millonario, se asomó la cabeza negra de la ingratitud y la verdad empezó a despejar las farsas del impostor y a colocar las cosas en su lugar, a dar a cada uno lo suyo. Habían transcurrido unos cinco días desde que los novios viajaron a Buenos Aires, cuando comenzó a comentarse rumores sordos y a soto voce y luego con tono subido de que ese Antuña era un farsante, un tronado, un aventurero sin más capital que su audacia. Principiaron entonces las críticas, las rajaduras. Los bolsiados por Ramoncita y las matronas que habían tragado la saliva de la envidia esperaban el regreso de los recién casados como habían esperado sus bodas para gozar de la fiesta; ahora iban a gozar de su ruina. Ya se aseguró en todos los tonos y a voz en cuello que Antuña era un bribón sin más capital que su audacia. El que se ocupó con más empeño en estas averiguaciones fue Carlos Luna, uno de los pretendientes desdeñados por Misia Genoveva. Escribió, pues, a Montevideo, al Salto Oriental y al Salto Argentino en donde decía Antuña que tenía sus estancias. De uno de los tres puntos le contestaron que no era conocido más que un vago de la familia de los tinterillos.
A los veinte días regresó la pareja matrimonial a Chivilcoy. Y sobre tablas se presentaron sus acreedores. El primero de todos fue el cura Badano con una cuenta de ocho mil pesos m/c. por la bendición matrimonial, los adornos y la iluminación del tempo. Se presentó el hotelero Mucio con la cuenta de veinticinco mil pesos. El confitero, diez mil pesos más dos mil por extras. El mueblero venia a cobrar cuarenta y siete mil pesos por muebles, cortinados y alfombras. Torroba y Pichó, unos veintiún mil pesos por cristales y porcelanas. El sastre Gallardino, nueve mil pesos por trajes de levita y frac y otros trajes. Modistas, zapateros, planchadoras y todos se apresuraron para cobrar. Además había una letra de cincuenta mil pesos en el Banco con la garantía de su suegro, don Pablo Silva. A todos contestó Antuña que a fines del mes les pagaría, que esperaba un giro de la Banda Oriental, el importe del arrendamiento de sus campos. Por un momento se sosegó el avispero. Los que habían esperado las algarabías de las bodas, los aduladores, esperaban ahora la pronta caída del que alababan. Querían gozarse del mal ajeno. Tenían hambre de ver el derrumbe de ese coloso de cartón. ¿Por qué no habían preguntado antes de dónde venían o dónde estaban esos millones? Cuando estaban comiendo y bebiendo de lo mejor, sólo se ocupaban en adular, en mentir y fingir una amistad. Cualquier gesto o palabra sin valor de Antuña o de Ramoncita eran objeto de alabanzas. Ramoncita, antes de las bodas, estaba rodeada de las ninfas y matronas del Cairo Pampeano. No había frases suficientes y almibaradas para ensalzarla y encomiarla. Su casa era el centro de la sociedad a toda hora. Pero apenas asomó el infortunio su cabeza, las más amigas se hicieron víboras y los amigos de él, cocodrilos. Todos se prepararon a devorarlos. Sus farsas aparatosas los habían humillado a todos, haciéndoles cómplices de la bribonería...
Por fin llegó el fin de mes. Los acreedores volvieron a la carga, el cura en la vanguardia. Les contestó Antuña que esperasen unos días más, que aún no había recibido el giro. El mueblero, más apurado que todos, se fue derecho al Juzgado de Paz pidiendo el embargo de todo el mueblaje de esa casa. Efectivamente, don Federico Suárez libró la orden de embargo, pero el secretario del juzgado, aliado y cómplice como otros de su clase, demoró la orden de ejecución hasta el día siguiente y le dio aviso a Antuña para que pusiera a salvo todo lo mejor que tuviera en su casa. El mueblero comprendió ese juego y se instaló esa noche frente al zaguán de Antuña. Pero en el fondo de la casa había un terreno baldío y por allí sacaron el juego de dormitorio y algunos otros objetos de la señora. Ramoncita esa misma noche pasó por encima del tapial y fue a refugiarse en la casa de sus padres. Antuña, en cambio, ensilló su caballo, bien de madrugada y salió del pueblo con dirección a Chacabuco. Ese mismo día el juez colocó un vigilante a la puerta de la casa de los prófugos. Entonces estallaron las rechiflas y los bramidos de los humillados por el lujo gastado por el farsante Antuña y los desdeñados por Ramoncita; se oyeron los aullidos de los envidiosos. Triste ironía del destino. Esa misma casa que, hacía apenas dos meses, rebosaba de curiosos que iban a ver los primores del lujo y de los placeres, ahora rebosaba de curiosos que iban a ver el lujo acumulado por un audaz aventurero que había mareado a una pobre niña, víctima de la ambición y soberbia de una madre ignorante. Triste sarcasmo. Esa hermosa criatura, apenas hacía dos meses, había entrado en esa casa con el corazón henchido de placer y alegría, mareada por los humos de la vanidad y de la adulación. Ahora tuvo que abandonar la misma casa saltando a la media noche el tapial para evitar la rechifla de sus adoradores de otros tiempos felices. El lujo y los aparatos le habían pertenecido sólo de nombre. Carlos Luna se burlaba diciendo: A mí me llamaron pedazo de pulpa, sin ilustración. Pero se llevaron un poste por delante. El único que se compadecía de estos pobres caídos de su pedestal grandioso, fue Ortal Torroba. Fue el único que no cargó la mano a Antuña. Decía que Ramoncita era una victima y que pudo haberse casado con un hombre decente y laborioso. Pudo ser feliz sin necesidad de buscar troncos ilustres.
Efectivamente la verdadera ilustricidad está en la honradez y la buena moral de un ser humano. Padres o parientes ilustres no tapan las miserias de sus hijos bribones que faltan a los deberes del honor e infringen las leyes que no se deben infringir. Es preferible ser un hijo de padres humildes y ser honrado que tener padres ilustres y ser un canalla. Este sería desgraciado por partida doble. Antuña era un vástago de una familia ilustre, pero había heredado sólo sus vicios sin ninguna de sus virtudes.
Mis nietecitas: cuando quieran casarse, busquen hombres honrados y laboriosos. Pequen más bien por humildes que por pretenciosas. Cristo nació en un establo y Cristóbal Colón salió de una cabaña. No es la cuna que nos hace ilustres, nosotros debemos dar ilustricidad a nuestro nombre.
Ramoncita era como una segunda Isabel Medina (de la cual ya conté). Las dos cayeron en las garras de bribones. Los petimetres son siempre los mismos, vagos, despilfarradores, audaces y farsantes.
Si me he detenido en señalar esas flaquezas humanas, lo hacia con el fin de hacerte a vos, Gregorio, y a tus hijos amigos de la buena moral, de la verdad y de la justicia. ¡Nunca sacrifiques a tus semejantes por darte corte! ¡Acordate del viejo refrán que dice: “El que de lo ajeno se viste, en la calle lo desnudarán” y “No quieras para otro lo que no quieras para ti”. “Respeta, si quieres ser respetado”. “Comé de lo tuyo y vivirás tranquilo”. “El que guste comer de lo ajeno, vivirá disparando”.
Basta, Urquizo, sujeta tu zaino viejo. Enrolla tu chilena. No te faltará ocasión para volver a largar el rollo. Sos pulpero de muchas menudencias y para bolacero te pintas solo.