Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 17. Una gira al Sud y mi expedición a Los Toldos

Terminados mis trabajos de las siegas (1872), resolví hacer una gira al sud de la Provincia en procura de colocarme en alguna casa de comercio. Me dirigí primero al 25 de Mayo. Allí busqué un empleo y no pude conseguirlo. Luego pasé al Saladillo y desde allí me trasladé al Carmen de Las Flores. Iba con la idea de pasar, si era necesario, hasta el Tandil. Pero yo llegué a la zona en un momento crítico. Todo individuo desconocido era conducido a la comisaría y se le averiguaba la vida y las andanzas. Y para remachar el clavo, yo no tenía ni papeleta de enrolamiento ni pase.

Hacia pocos días que se había cometido el bárbaro “crimen de Tandil”, en la estancia del señor Chapar. Fueron asesinados el patrón de la estancia y treinta peones más, todos vascofranceses y españoles. Los asaltantes eran unos gauchos fanatizados por dos santiagueños, uno con el nombre de Tata Dios y otro que se hacía llamar San Jacinto. En este crimen bárbaro se ha traslucido el odio del gaucho semisalvaje en contra del extranjero civilizador. La barbarie y la haraganería quiso degollar a la civilización y al trabajo.

Una vez cometido el crimen, se fugaron, se desparramaron en todas las direcciones y la policía de todas las provincias se puso en movimiento buscando los criminales. Tata Dios y San Jacinto fueron capturados y fusilados 1.

Por esa causa fue que, apenas había llegado al pueblo, me enderezaron a la comisaría a que declarase quién era, de dónde venía y para dónde iba. Mi situación era crítica. Yo no tenía ningún documento para justificar mi buena conducta. Además era infractor a la ley de enrolamiento, porque no me había enrolado en esta provincia. Así fui presentado al Juez de Paz. Me averiguó minuciosamente mi vida. Se notó que el juez era un hombre ducho en el arte de arrancar la verdad a los hombres. “¿Cómo es posible, me dijo, que usted no tenga pase ni papeleta? ¿No lleva usted ningún documento siquiera que pueda servirle para justificarnos que su nombre es realmente el que usted dice llamarse.

—Señor —le dije—, es un descuido por la confianza que tengo en mí mismo de que soy un hombre inofensivo. No tengo armas de ninguna clase. Me vine a pie de Tucumán, mi país natal, sin pase, sin papeleta, sin armas. Soy trabajador y nada más. Soy un veterano ya en el trabajo. Y esta misma confianza nos causa hoy este fastidio. Por las averiguaciones de usted he comprendido que usted no duda ni un momento de que yo no soy un hombre molesto para los demás.

—Es verdad —me dijo el señor Márquez (este era el apellido del juez)—. Conozco que usted es un hombre inofensivo. No tiene ni armas ni cuchillo; cosa rara en un criollo. Además su traje mismo le recomienda como hombre decente.

Yo vestía traje completo, color torcaz. Usaba corbata y sobretodo; el traje del hombre civilizado. En aquel tiempo, el hombre del campo vestía chiripá y era muy raro ver a un hombre de pantalón. Y si era pobre, con más razón. Parecía que el traje de saco y pantalón sólo los ricos lo debían usar, es decir ricos civilizados; porque había muchos ricos criollos, cargados de vacas, que no usaban más que el chiripá. El Juez de Paz me dijo: “Voy a faltar a mis deberes de juez y voy a faltar a las órdenes terminantes del gobierno, que todo ciudadano que no tenga papeleta, sea destinado por tres años a un cuerpo de líneas y el individuo que no pueda justificar su buena conducta sea conducido a la cárcel de Dolores. Esto se lo hago en obsequio de mi conciencia que me dice que usted es un hombre inofensivo. Pero le impongo la condición de que tiene que abandonar el pueblo inmediatamente, porque, si lo sabe el Comandante de la Guardia Nacional, no voy a poder salvarlo de que lo manden a cantón de la Frontera. Usted es un hombre en el aire, porque no tiene ningún resguardo”.

Así era y así fue que le di las gracias a este buen señor. Me había librado de una buena “palenquiada” de tres años, de ir como veterano a la Frontera. Este señor se llamaba José Márquez. En tiempo de Rozas tuvo que emigrar por unitario. Luego siguió a Lavalle. En 1840 y 1841 se encontró en los combates de Yeruá y del Sauce Grande y en Quebracho Herrao. Fue ayudante del Coronel Acha en el combate de Angaco en San Juan. Se encontró en la batalla del Rodeo del Medio, en Mendoza y fue de los que atravesaron los Andes, acompañando, en pleno invierno, al General La Madrid. Fue un héroe y un mártir de la Tiranía.

Ese mismo día me volví al Saladillo y de ahí al 25 de Mayo. Al otro día de estar en ese pueblo, llegó la noticia de que el gran Cacique Calfucurá había invadido en La Verde (laguna del Partido de 25 de Mayo) al Cacique Ralinqueo y lo había hecho prisionero. Calfucurá venía al frente de tres mil indios de pelea.

Todos los pueblos fronterizos se pusieron bajo las armas para conjurar este peligro. Desde el Fuerte La Blanca, hoy Olavarría, hasta Fuerte Ancalú, hoy General Pinto, todo se estremeció de espanto. Todas las fuerzas de línea de los campamentos y los Guardia Nacionales desde Rojas, Junin, Nueve de Julio, Bragado, Veinticinco de Mayo, Saladillo, Alvear y Azul marcharon a La Verde a batir al Rey de la Pampa. En San Carlos se libró un gran combate entre indios mansos e indios salvajes. Tropas de línea, el Cacique Catriel, de Azul, y Coliqueo, de Los Toldos, pelearon con sus tribus defendiendo a los cristianos. Y la victoria fue favorable a estos últimos; pero no se pudo rescatar al Cacique Ralinqueo ni a sus tribus porque los indios los llevaron prisioneros a Tierra Adentro, como entonces se llamaban los campos que hoy son los Partidos de Guamini, Trenque Lauquen, Carhué y Victorica. Allí estaban radicados los indios malones con sus tolderías.

Así me encontré en Veinticinco de Mayo como de paso. Inmediatamente todos los hijos del país fuimos arriados al cuartel. Se cerraron las casas de comercio. Se hicieron barricadas en las calles. Se formaron cantones en las azoteas. Se eligieron a cincuenta criollos de los mejor parados para echar una (patriada) de a pie. Buscaron a aquellos que tenían caras de malos. Entre ellos me tocó a mí la suerte. Nos pusieron a las órdenes de un paisano pardo que dragoneaba de capitán. Nos armaron con lanzas y sables viejos. A mí me tocó un sable corto de cincuenta centímetros que hacía un ruido infernal. Me dieron un matungo bastante inquieto y a duras penas me pude sostener encima de él. Salimos del pueblo con rumbo al oeste. Habremos andado como una legua, —íbamos a descubierta—, cuando divisamos como a treinta cuadras a vanguardia una gran polvareda y entre el polvo se veían unas cosas que relumbraban, como si fueran armas, puntas de bayonetas. Unos opinaban que era hacienda que arriaban. Otros decían que parecían ver moharras de lanzas. Nos paramos a consultar con el capitán. Este dispuso mandar una avanzada compuesta de diez hombres para cerciorarse si era hacienda o eran indios. En estos estábamos, cuando llegó hasta nosotros el eco de muchos gritos que se acercaban en dirección nuestra. Todos eran maturrangos (que no sabían andar a caballo) y el capitán tenía muchas ganas de no seguir más adelante. Mandó dar media vuelta y comenzamos a desandar el camino, primero al trote. Y como no falta un chusco (gracioso) en todos los casos cómicos de esta eterna comedia de nuestra vida, uno gritó: “¡Nos alcanzan, señores!” Los cincuenta taleros cayeron sobre las ancas de los caballos, como movidos por un resorte y nos largamos, lonja a lonja. Levantamos una polvareda y una algarabía de todos los diablos y entramos al pueblo en el más completo desorden. El ruido que metía la vaina de mi sable y los porrazos que daba sobre el costado de mi “bucéfalo”, lo había puesto furioso. Parecía que volaba. Al entrar al pueblo, gritamos “¡Ahí vienen!” Y echaron las campanas a vuelo anunciando la próxima invasión.

Yo pasé de largo y tomé el rumbo a Bragado. Esa noche dormí en Las Escobas y al otro día entré a Bragado con precaución para que no me arriaran para el cuartel. Al enfrentar lo de don Ramón Ibarra, salió a mi encuentro el negro Silva diciéndome:

—Lo andan buscando para citarlo para que marche a pelear a los indios que han invadido La Verde. El campamento está en la Barrancosa. Allí tiene que presentarse hoy o mañana, a más tardar.

—Esta noche me incorporaré sin falta a la división de la Barrancosa —le contesté al Negro citador.

Volví a mi rancho. Abracé a mi hijita. Tu madre estaba un poco seria; creía que mi gira al sur obedecía a otros planes. Le conté pues el percance de Las Flores y del 25 de Mayo. Luego me dijo:

—La Virgen de Luján me ha hecho un milagro patente; le pedí, cuando te fuiste, que de todas partes te corrieran y no encontraras trabajo, porque sos inquieto y muy amigo de andar recorriendo pueblos. Los andariegos no echan raíces en ninguna parte.

Me impresionó la vieja con sus agüerías, porque los percances que me habían ocurrido estaban contestes con sus deseos. Esa noche nos pusimos de acuerdo con el padrastro de Celedonia (Palmas) para irnos a Los Toldos para no ir a la Barrancosa a incorporarnos a la columna de la Guardia Nacional.

Al otro día, 6 de marzo, bien temprano, nos pusimos en marcha a Los Toldos. Allí estaban radicados los hermanos de tu madre: don Gregorio, Juan y Sebastián (Ferreira). Así es la caprichosa fortuna. Lo que menos pensaba era ir a visitar Los Toldos. Y cuántas veces se encuentra uno la suerte donde menos pensaba encontrarla. Es verdad, yo la encontré entre los indígenas de Los Toldos; pero tuve que afrontar muchos peligros y tragar saliva amarga. Permanecí, pues, en la casa de don Gregorio como diez días, hasta que la bulla de los indios malones había desaparecido.

Luego regresé a Bragado y pasé a El Paraíso, en el Partido de Chacabuco, a buscar trabajo en las juntas de maíz. No quise trabajar más como cigarrero, temía que por la vida sedentaria me pusiera tuberculoso. Los maíces estaban verdes aún, no se podían juntar hasta mayo. Por eso regresé a mi covacha. No tenía un centavo. Tu madre cosía costuras y con eso pudimos pasar muy escasamente. Es triste que un hombre tenga que vivir del trabajo de la mujer. Ella tenia que coser una docena de camisas de oxford o calzoncillos para ganar en tres días 40 $ m/c (2,80 $ m/n actualmente). Con 90 centavos diarios tuvimos que arreglarnos; no había más remedio. No era posible ir a pedir fiado sin tener alguna seguridad de ganar lo que había que pagar. No ha entrado en mi pellejo ni la tentación de embrollar a alguien, aunque haya sufrido en esta vida. Me convertí en mucamo y cocinero de tu madre. Yo lavaba la ropa, planchaba, cocinaba, hacía la limpieza y el acomodo de nuestra vivienda, cosa que la vieja le metiera duro a la aguja. De noche yo también pegaba botones a las costuras. Nos sentíamos solos y abandonados.

Aquí te voy a “enjaretar” otra anécdota de la vida. Próximo a nuestro humilde rancho vivía la familia de tu tío Salomé Villarreal, primo hermano de tu madre y que se había criado casi junto a ella. El estaba bien situado, tenía campo propio y bastante hacienda. Estaba casado con tu tía política doña Flora Villamayor, familia de abolengos que en su tiempo habían sido ricos y de muchas campanillas. Una vecina le dijo a doña Flora que la mujer del cigarrero era prima hermana de su esposo. La señora le respondió que ni ella ni su esposo tenían parientes chusmas, ni pelagatos. Que ella no acostumbraba a tratarse con gente sin cultura. Tu madre, al saberlo, se puso furiosa. Y para remachar más el clavo, su primo Salomé pasó varias veces enfrente de la puerta de nuestra covacha y nunca quiso saludarnos. Tu pobre madre tragaba saliva y decía que jamás los había incomodado. ¡Paciencia! Hay un Ser Supremo que se complace en elevar al abatido y bajar al orgulloso.

Transcurrieron doce años. Ellos habían comenzado el camino del descenso. Se habían dado mucho corte, mucho tono, garbo y fiestas. A nosotros nos tocó la lucha y más lucha. Nos hacíamos con constancia y economía; sin garbo ni fiesta ascendimos. La sociedad principiaba a tomarnos en cuenta. Un día se presentó la señora madre de doña Flora para preguntarle a tu madre, si ella aceptaba ser la madrina y yo el padrino de un hijo que su prima política acababa de dar a luz y que traía muchos recuerdos y cariños de parte de su primo Salomé, de sus sobrinas y sobrinos. (¡Cómo cambiamos de criterio según nuestro inverné!) Tu madre le contestó diciéndole que una señora como ella hacía muy mal en buscar a unos chusmas y pelandrones de padrinos para sus hijos. Que se acordara de sus palabras de doce años atrás. Y que ella, ni en la adversidad ni en la prosperidad quería ya acordarse de ella ni de su primo.

Jamás he podido hacerle olvidar a tu madre ese rencor. No he podido convencerle que “el perdón ennoblece y la venganza envilece”. En 1901, es decir, 29 años más tarde, doña Flora solicitó de tu madre si le daba el permiso para depositar el cadáver de su esposo (Salomé) en nuestro sepulcro de Bragado. Yo accedí al pedido; pero tu madre se negó a otorgárselo. Yo le decía: “¿Qué mejor ocasión para perdonar una ofensa vieja, por esas nuestras ofuscaciones? ¿Por qué desafiás con tu rencor las iras de la justicia divina ? ¿Quién sabe, no nos mida a nosotros con la misma vara con que los ha medido a ellos? Para nosotros no es sacrificio alguno, ni perdemos con que hagamos un servicio a unos parientes. Si nos ofendieron fue que se habían extraviado por don dinero, mientras nosotros luchamos con la escasez. No está bien que nosotros incurramos en el mismo error que ellos habían caído. Por toda contestación tu madre me dijo, que yo debía de andar balándome por la viuda y que por eso tenía empeño en intimar con ella. Ante semejante contestación me di por derrotado.

Aquí tienes, hijo, otro ejemplo de lo que somos los hombres. Cuando estamos pobres, somos humildes. Una vez que don dinero se ha hecho nuestro compañero, nos ponemos soberbios y orgullosos.

Sigo mi narración: Mi situación pecuniaria era triste. Tu madre trabajaba como una leona para ganar, a duras penas, el pucherito. Tú, Gregorio, en tu vida no tuviste que andar cincuenta leguas a caballo, con poco dinero, sin conocer a nadie, buscando trabajo y mendigando un techo donde tender el recado. No fuiste ni cocinero ni mucamo en tu hogar a fin de que tu mujer gane el bocado cotidiano. No recibiste el desprecio de tus parientes que te abrieran una llaga rencorosa en tu alma. Y sin embargo te oigo quejarte de las contrariedades de la vida. No puedes gozar de la abundancia porque no conociste la pobreza, i Qué fácil te ha resultado conseguir tus comodidades! A mí cada comodidad me ha costado años de lucha. Los cigarros habanos marca Hoyos de Monterrey que hoy consumo, son hijos de los cigarros de hojas criollas, cinco por 4 centavos. Cuando tenía 25 años estaba bien pobre y sin trabajo. Tuve momentos de tristezas; meditabundo y sombrío me quedaba largas horas del día. Tuve pocos momentos de expansión y estaba en la flor de mi vida. Aún no había llegado a su plenitud, a los treinta años. Y desde allí algunos empiezan el descenso. Sombrío veía yo mi futuro. Un hastío de mi vida trabajosa quiso apoderarse de mi espíritu. Hacía cuatro años que había salido de mi terruño con el corazón henchido de esperanzas. Y nada aún había hecho. Sólo veía que me había extraviado en mi vida íntima. A cada paso se me presentaba en mis sueños mi madre pidiéndome un socorro. No hay mejor juez, más recto y más listo, para juzgarse a sí mismo que su misma conciencia, siempre que haya un temperamento honrado en uno. Los bribones por naturaleza no tienen conciencia. ¡Miserable! —me decía a mí mismo, no has sido capaz de darle a tu madre todos los meses un modesto socorro, sino que estás viviendo a costillas de una pobre infeliz que trabaja día y noche para mantenerte a vos y a tu hija. Estás en la flor de la vida y no sos capaz de ganarte el pan para tu hija, para tu madre.

Hay momentos en la vida del desgraciado en que duda si no es el suicidio un puerto de refugio en las tormentas de la vida. Muchas veces miraba con atención los gajos más fuertes y gruesos de los sauces cercanos a nuestra vivienda. Ideas siniestras pasaban por mi mente. ¿Pero, —me preguntaba—, y mi madre, y mi hija? Además me decía: Nunca estuviste mejor que ahora. Nunca fuiste rico. ¿No te han convencido ya de que sos de esos seres predestinados a sufrir siempre, a llorar siempre, a vivir siempre rodeado de estrecheces y penurias? Confórmate con tu suerte. Pronto tendrás trabajo en las juntas de maíz. Sos criollo y debes ser poco amante de las comodidades. ¿Acaso otros criollos que viste en Bragado, en Chivilcoy y en tu pueblo Monteros viven mejor? Sus ranchos, rodeados de cicuta de ortigas y abrojos, con vizcacheras hasta en las mismas puertas de la vivienda, unos cuantos perros, dos o tres matungos y una guitarra. ¿No están colmadas sus ambiciones, criollo? ¿De qué te aflijes entonces, si estás dentro del margen del criollo común, si tenés el mate y un churrasco? Naciste pobre, pobre has vivido, pobre estás y pobre tendrás que vivir.

Tales reflexiones me hacía para distraerme en mis momentos sombríos. Pero otra voz secreta me decía: Para vivir en un mísero rancho, rodeado de cicutas y vizcacheras y vivir como un semisalvaje, no merecía la pena que hubiese venido de mi terruño pasando tantas peripecias. He abandonado a mi madre, a mi patrón Aráoz, a mi protector don Forneris del Café Colón donde me encontraba bien y vine a arrinconarme en un pobre rancho como un gaucho semibárbaro. Esto no puede ser, me decía. Hay que salir de esta situación triste. ¡Luchá, trabajá! Con constancia y economía llegarás al triunfo de tus ambiciones...

El primero de abril vino tu tío Juan Ferreira a verme y me dijo que en Los Toldos había un señor Mercado que tenía un boliche y que lo daría a medias si hallare a un hombre con familia que quisiera administrarlo. Mi cuñado agregó que el boliche era muy pobre y desacreditado; pero que no estaría demás que yo probase fortuna.

—Si es competente —me decía—, podría reanimarlo. Si usted se anima, iré a ver a Mercado y creo que a usted se lo daría.

—Tratándose de trabajar —le dije— me voy al fin del mundo y me arreglaré en una cueva. Estoy harto de que tenga que vivir a expensas de su hermana.

—Si es así —me dijo Ferreira— mejor sería que nos fuésemos juntos a Los Toldos. Y si el señor Mercado se resuelve a cederle el boliche, usted se hace cargo de él sobre tablas.

El cuatro de abril nos fuimos a Los Toldos. Una voz secreta me decía que allí estaría la continuación de mi martirologio. ¿Qué hacer? El náufrago se agarra aún de un tronco espinoso con la esperanza de salvarse de la tempestad y del mar. El día cinco, por la mañana, lo hablamos al señor Mercado y en dos palabras estuvimos de acuerdo. Ese mismo día me puse a dar el balance de las existencias. Por la noche estuvo todo listo. A las dos de la madrugada había sumado todo. Todo estaba sacudido, barrido y lavado y limpio. A esa hora tendí mi recadito y dormí hasta las seis de la mañana. Después que el patrón se había levantado, le presenté el balance. Había un capital de 7.227 $ m/c entrando en el haber dos chanchos calculados en 500$ m/c. Había 1.500$ en prendas de plata empeñadas, todas clavos porque habían entregado por ellas más de su valor. El capital líquido en mercaderías disponibles para la venta era de 5.227 $ m/c (219 $ oro sellado, equivalente a 437 $ m/n con 13 centavos). Todo era viejo, ajado y la poca mercadería de tienda con tierra y roña. En un tercio con un resto de yerba había un nido de gallina y allí entre la yerba había sacado su cría. ¡Hazte cuenta, hermano! ¡Cómo sería (habrá sido) de desgraciado el boliche!

“La necesidad es la madre del hallazgo”. ¡Bendita seas! Este capitalito tan chico, tan pobre, tan sucio y roñoso que sirvió de base para mí y para mis colaboradores y sucesores que se han hecho platudos. Ese era nuestro cimiento para nuestro bienestar. Parece mentira que con tan poco nos hayamos iniciado. Mi capital que incorporé entonces en el negocio fue de dos pesos m/c. 10,08 $ oro equivalente a 17 centavos m/n.) Este era mi capital “grande”. Pero en obsequio a la verdad he de decir que había sido más pobre cuando me parió mi pobre madre; estaba desnudo y era inútil para ganarme la vida. Parece mentira que con tan poco nos hayamos formado nuestro pequeño bienestar. Y pronto se estaban formando otros a la vera del nombre del viejo luchador. Pero para prosperar con un capitalito tan exiguo se necesita mucha contracción, una economía bien razonada, nada de lujo, ni de bombo, ni exhibiciones. El comerciante debe ser modesto y tener como base la humildad y la amabilidad, pocos amigos y buenos; mucho apego al mostrador; nada de anillos ni sortijas en los dedos, ni cadenas, ni alfileres en la corbata. El comerciante muy finchado se hace antisimpático a los clientes y sospechoso a sus acreedores. Hoy, en 1907, a los 35 años, el gerente de esa Casa fuerte en Los Toldos, que tuvo por cimiento aquel boliche, entre anillos, la cadena y el reloj, más el alfiler de su corbata, tiene un capital ocho veces más grande que el que tenía la casa en 1872. No vaya a cumplirse el refrán que “torres muy altas por los suelos rodaron”.

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Nota:

1 La información de Urquizo es buena. La revista Todo es Historia, año I Nº 4 publicó un artículo bajo el titulo Los crímenes de Tata Dios, el Mesías gaucho de Tandil. El 31 de diciembre de 1871 cincuenta gauchos asesinos soltaron los presos y al grito de “Exterminio de gringos y masones” empezaron su gira de exterminio. El 1º de enero asaltaron la estancia del inglés Thompson y la pulpería de Juan Chapar, donde liquidaron a 18. Al grito “Viva la Religión. Viva la República. Mueran los gringos y masones" iban hasta la iglesia. En total habían muerto 36, cuando la policía los acorraló. Urquizo se equivoca si dice que Tata Dios era santiagueño; era boliviano que ejercía el curanderismo en la provincia de Santa Fe, donde había ocurrido semejante crimen en 1869.