Memorias de un Pobre Diablo

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Capítulo 2. El niño Aníbal 

Antes de seguir contándote mi odisea de miserias, voy a relatarte un episodio de mi niñez, uno de esos incidentes que se grabaron en mi memoria con caracteres indelebles. El año 1854 vino a veranear a Monteros una familia de la ciudad de apellido Sal, familia de muchas campanillas, de noble alcurnia. Tres niños fueron el orgullo de esta familia. El padre era un hombre rubio, flacucho, de baja estatura y de barba rala. Tenía un físico antipático, pero era muy ostentoso y orgulloso. La señora era una linda dama de talle esbelto, muy elegante, de ojos azules como es azul el cielo tucumano. Era rubia, rubia graciosa, parecía una virgen de Rafael. Este matrimonio era un contraste: él tan feo y ella tan hermosa y garbosa. Pero hacían buena yunta porque ambos eran orgullosos y empretinados. Se instalaron en la antigua casa de doña Bernarda Aráoz de Roca, tía del ex presidente Julio A. Roca. La casa era como esas casas antiguas, techo de teja, baja, con corredores al interior y al exterior. El estrado era de madera en los corredores. En el centro había un patio lleno de naranjos, limas, citros (cidras) y arrayanes, plantas siempre verdes.

El niño mayor tenía doce años; se llamaba Emilio. Hoy es Escribano Mayor del Gobierno de Tucumán y ex senador de la Nación. El segundo, llamado Agustín, tenía nueve años. Murió cuando era capataz de los carros de limpieza de Córdoba. ¡Fíjate en los contrastes! El uno se fue muy arriba y el otro se vino abajo. Mi protagonista, o sea el tercero de los hijos, llevaba un nombre muy ilustre, el de uno de los grandes capitanes de la antigüedad que han dejado una estela luminosa de glorias. La filosofía moderna los llamaría criminales y asesinos. El niño se llamaba Aníbal Sal. Ve, hasta en los nombres de los seres mortales hay contrastes: el mismo nombre, a los unos los hizo ilustres, a los otros ridículos. El niño Aníbal era lindo como su madre. Era rubio; tenia ojos azules, cabellos castaños claros y enrulados. Era una preciosura aquella criatura afortunada, nacida en 1848. Su trajecito era una monada. Usaba pantaloncito de brin blanco, chaquetita azul y zapatitos de charol. Parecía un ángel del cielo que había bajado a la tierra para disfrutar la niñez y la juventud, pero para llorar también amargamente en la edad del adulto (viril) y siendo un idiota en su vejez. Mi madre ofreció a la señora de Sal sus servicios como cocinera, costurera o planchadora. Fue aceptada como planchadora y costurera. Siempre que mi madre iba a llevar el planchado o las costuras, me llevaba a mí, por no dejarme solo en nuestra covacha por temor de que le hiciera algún daño o zafarrancho con los muchachos vecinos, tunos como yo. La señora de Sal recibía a mi madre en la sombra del corredor. Nos sentábamos en el estrado de madera. El niño Aníbal me buscaba para correr y chivatear conmigo. La señora lo agarraba, por nada lo dejaba juntarse conmigo, ni tampoco podía pararse cerca de mí. Con la vista y con las manos le hacía seña para que no se me arrimase. Tenía razón. Mi facha imponía miedo. Mi camisa, única pieza que vestía, mi cara, mis manos, todo era el reflejo de la miseria y de la incuria. Parecía un demonio al lado de esa hermosa criatura.

Un día le pegué un malón a otro tuno como yo. Le arrebaté su trompo y eché a correr hacia mi guarida. Al llegar a ésa, me traía ya cerca al dueño del trompo. Yo le eché un cuzco muy garroneador y éste me lo sacó de encima, mordiéndole los garrones y yo me quedé con el trompo. Al otro día de esta hazaña pasé frente al zaguán de la señora de Sal haciendo bailar el trompo. El niño Aníbal me vio y me pidió el trompo para hacerlo bailar él también. Yo se lo di. Pero luego me dijo: “A este trompo me lo agarro yo para mí” y quiso entrar a su casa. Yo le atajé el paso reclamándole el trompo. El me quiso pegar. Listo yo, como un gato montés, lo asalté, lo eché en tierra y le arrebaté el trompo y eché a correr como un galgo. La señora había presenciado desde el interior la escena. Yo sentía unos gritos de “¡pícaro! ¡canalla!”, cuando yo lo daba en tierra al niño. Esos gritos había proferido la señora que me apostrofaba, cuando yo vapuleaba a su querubín. Luego ella mandó llamar a mi madre. Le increpó mi proceder. Mi madre le pidió perdón. Me buscó y me hizo agarrar con el mismo muchacho a quien yo le había arrebatado el trompo. El tenía tres años más que yo. Me llevó a la casa de la señora de Sal para que le pidiera perdón de rodillas al niño Aníbal y a la señora. Esta estaba furiosa. Los ojos azules le brillaban como los de una víbora de la cruz, cuando mi madre me hizo arrodillar a sus pies. Aquella señora gritó con voz de trueno: “¡Miserable vástago de la chusma y de la canalla plebe inmunda! ¿No te han enseñado a respetar a la nobleza? ¿No sabes —le dijo a mi madre que lloraba amargamente y de despecho—, no sabes enseñar a tu hijo mal habido que un plebeyo no debe poner la mano encima de un noble? Si no fuera por el asco que tengo de tocar la canalla, te deshacía a patadas, ¡miserable harapiento!”

Durante esa escena yo estaba de rodillas pidiendo perdón. Y mi infeliz madre lloraba sufriendo los duros epítetos de aquella mujer orgullosa. “¡Fuera de mi casa!”, gritó aquella señora noble convertida en un granero de despotismo.

Esta es la soberbia humana que hundió a Jerusalén y a Atenas. También a Roma, conquistadora y civilizadora, la hizo sucumbir la altanería de manera que llegó a ser la esclava de sus mismos vasallos. Y si esa señora altanera y humilladora de los desgraciados se levantara de su tumba y viera a su hijo que mimaba en 1854 ahora como yo lo vi en 1898... y viera también a aquel que era harapiento, a quien ella cargó tanto la mano, humillándolo más de lo que la naturaleza lo había humillado al venir al mundo... ¿Qué diría al ver a su hijo convertido en un idiota y al vástago de la chusma convertido en un hombre útil y trabajador de vida desahogada?

Mi madre me pegó una buena felpa, una vez que volvimos a nuestro rancho, pero no quiso volver más a la casa de la señora de Sal por más que ésta la mandó llamar, después que se le había ¡jasado la bilis.

Los que hemos sufrido mucho, tenemos mucho que contar... Demos un paso adelante. De 1854 pasamos a 1898. ¿Te acordás, mi hijo, de aquel atorrante que se presentó en nuestra casa en Buenos Aires en una tarde del mes de octubre de 1898? Por una casualidad nos encontrábamos toda la familia reunida en el vestíbulo. Hacía dos días que vos habías vuelto de tu campaña al Fuerte Roca como conscripto. Vos y tu hermano os ocupabais en la lectura de los diarios de la tarde y los demás estábamos prendidos al cimarrón. Aquel pobre atorrante llamó y preguntó si no vivía allí un señor tucumano. Se le contestó afirmativamente. Yo salí a ver qué se le ofrecía y me suplicó que le hiciera la caridad de socorrerlo con algunas piezas de ropas usadas. Al momento lo conocí. Era el niño mimado de la fortuna en 1854; era Aníbal Sal. Hacía muchos años que lo veía vagar por la ciudad explotando varios subterfugios para arrancar a los transeúntes algunos centavos. Yo siempre le auxiliaba con 20 centavos que aceptaba con gratitud y comedimiento. Estaba sumido en el fondo de la miseria y abandonado de los hombres. Conservaba aún algo de su cultura de tiempos felices. Recordarán que lo vestimos con ropa usada y le dimos dos pesos. El se fue lleno de gratitud. Yo no quise darme a conocer por no echar más amarguras en el alma de aquel infeliz que quizás pagaba culpas ajenas. El purgaba la soberbia de sus padres.

Recordarás que les conté la historieta que acabo de referir y les decía que quién sabía si alguno de ustedes no se veía sumido en la desgracia como ese pobre infeliz. ¡Oh arcanos misterios de la Providencia que te huelgas en hundir al afortunado y en elevar al oprimido!

La prosperidad y la abundancia mal dirigidas fueron la causa del desastre de la vida del niño Anibal. Algunos dejamos a nuestros hijos muchos aparatos sociales, muchas “arretrancas” relumbrosas y poco dinero para sostenerlas. No les enseñamos hábitos de trabajo. Con la sangre azul no se paga al panadero. El haber nacido en una cuna con blasones —como decía la orgullosa tucumana— no sanciona la abundancia ni evita llegar a ser un atorrante en la vejez. El origen humilde de los hombres no decreta sus estrecheces para siempre. El trabajo honrado acompañado de la integridad ennoblece la vida y glorifica a la Patria.

Recomiéndale a tu esposa, Gregorio, que no sea soberbia con los desvalidos. Que se acuerde del origen humilde de sus padres políticos. La soberbia podría acarrear la maldición del rielo sobre sus hijitos. Lo que acabo de narrar no es novela. Son recuerdos de mi niñez, de mi vida.

Hasta el año 1904 el viejo Aníbal andaba todavía vivo. El 9 de marzo de ese año, tres días antes que me embarcara para mi primer viaje a Europa, lo encontré en Retiro sentado en un banco de la plaza. Parecía un idiota, una momia humana con vida... y yo me iba a disfrutar en los últimos días de mi vida. Son las palabras del Redentor: “Muchos de los que fueron los primeros serán los últimos y muchos de los que fueron los últimos serán los primeros”.

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