Memorias de un Pobre Diablo

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios
Capítulo 24. Vida amarga y la justicia 

En la noche del 24 de junio de 1875, don Simón y don Antonino Coliqueo se hallaban de beberaje o de farra en mi casa de negocio. Serían las doce de la noche, cuando vino un indio a decirle a don Antonino que le habían arreado vacas de su rodeo, como cien animales y de los más gordos. La noche era de luna muy clara. A pesar del pepe que tenía, don Antonino se fue inmediatamente a su puesto, se cercioró del robo, echó una tropilla de caballos por delante y acompañado de un peón indio tomó rumbo al Bragado. Por el camino de San Emilio llegaron a la azotea de esta estancia. Allí Coliqueo preguntó a un español, que en aquel tiempo vivía solo en dicha azotea, si no había visto pasar un arreo esa noche. El español le contestó: “Sí, señor, han pasado como a las dos de la madrugada arreando una tropa llevándola en dirección a los mataderos viejos de estos pagos. Si usted es el dueño de la hacienda, váyase derecho, que allí la va a encontrar”.

Don Antonino siguió viaje con rumbo directo a la estancia de don Federico García (éste era el matadero viejo a que se refería el español). Coliqueo llegó como a las ocho de la mañana allí; rodeó un gran monte y se cercioró bien de que allí estaban sus vacas. Mudó caballo y dejó al peón que lo acompañaba para que estuviera a la expectativa cerca del monte con la orden de que si veía salir algún arreo de hacienda vacuna, la siguiera a cierta distancia sin comprometerse ni darse a conocer, porque eran capaces de matarlo y enterrarlo en el campo. Después de haber precisado estas órdenes, Coliqueo voló al Bragado, guardándose muy bien de darle cuenta al alcalde del cuartel, porque era cuñado de don Federico. Llegó al Bragado como a las once de la mañana. El juez de paz titular era don Guillermo (Dolí) y el sustituto era don Narciso. No estuvo don Guillermo. Coliqueo depuso su queja al suplente. Don Narciso se indignó de la acción infame de don Federico. “La justicia es para castigar a los malvados como este pícaro reincidente en muchos robos. Y don Federico roba sin necesidad, porque está rico. Hay un clamor constante en contra de este bribón. Tenemos el cuerpo del delito en la mano y lo vamos a hundir haciéndolo pagar a las vacas a peso de oro. Me felicito de que no esté Dolí al frente del Juzgado, porque es un poco aflojador, demasiado blando con esta clase de bribones con quienes hay que tener mano dura para castigarlos. Lo voy a rajar”, decía el santiagueño, bribón tan canalla y quizás más pícaro y ladrón que don Federico.

Coliqueo estuvo muy satisfecho al ver al juez tan predispuesto a ayudarlo a recuperar su hacienda. Llegó la hora de almorzar. Don Narciso invitó a Coliqueo a pasar a su casa a comer y que terminado el almuerzo, lo haría acompañar con el oficial de justicia y dos vigilantes para que fueran a la estancia de don Federico a que le entregaran su hacienda y condujeran preso al culpable. Antes de abandonar el juzgado para ir a comer, don Narciso pasó a la pieza del comisario donde escribió una orden reservada. Hecho esto, tomó a Coliqueo del brazo, lo llevó a su casa. Y entre el almuerzo y la charla estuvieron hasta las dos de la tarde. Luego fueron al juzgado y mientras se aprontaron el oficial y los vigilantes, fueron las tres de la tarde, hora en que se pusieron en marcha.

A las seis y media de la tarde llegaron a la estancia de don Federico; ya era de noche. Este recibió a Coliqueo y al oficial de justicia con el mayor agasajo. Impuesto del asunto y de la nota del juez, exclamó don Federico con el mayor desparpajo; “Sin pérdida de tiempo vamos a registrar el monte y el rodeo”. Así fue. Revisaron todo, monte, rodeo, galpones y no hubo ni un solo animal de Coliqueo. La noche era clara de luna. Coliqueo sudaba sangre de despecho. Comprendió que su hacienda había sido llevada a otra parte. A esa hora no era posible dar con el peón al que dejó de guardia. Eran las nueve de la noche, cuando regresaron de la inspección del monte y rodeo. Y para que el sarcasmo fuera completo, Coliqueo tuvo que aceptar la hospitalidad y el agasajo del ladrón de su hacienda. En efecto estaba cansado, muerto de sueño. La noche anterior no había dormido. Hizo tripa de corazón y aceptó la cena y aceptó la cama muelle y amplia que don Federico le preparó como diciéndole: come y duerme bien esta noche; que bien caro lo pagas. Don Antonino se durmió como un tronco. Al otro día le dio las gracias a don Federico por su hospitalidad y hasta tuvo la idea de pedirle perdón porque había dudado de su honradez. Pero él mismo había visto su hacienda en el monte, la mañana anterior. ¿Cómo dudar de sí mismo?

No supo qué partido tomar, si volver a Los Toldos o volver al Bragado. Tomó rumbo a Los Toldos. Habría andado como una legua, cuando lo alcanzó el indio al que había dejado de espía (observador) y le dijo que el día anterior, como a las cuatro de la tarde, había llegado a la estancia de don Federico un hombre a caballo desde las direcciones del Bragado. Y que a la media hora de haber llegado el hombre, salieron cuatro hombres del monte de la estancia arreando una tropa de hacienda como de trescientas cabezas con dirección a Chacabuco. Que las arrearon muy de prisa y que él les había seguido hasta el anochecer y luego había vuelto para darle cuenta, después de que se había cerciorado de que allí iban sus vacas.

Coliqueo cambió de rumbo, mudó caballo y se fue a Bragado. Dio cuenta al juez de todo lo sucedido. Don Narciso lo escuchó con la cara muy seria y le dijo: “Ahora corre por mi cuenta exclusiva como juez el aclarar este asunto. A don Federico no podemos hacer ningún cargo, no hemos encontrado en su estancia el cuerpo del delito. Pero voy a telegrafiar a Chacabuco para que, si estuvieran en ese partido en algunos corrales, los detengan”. Coliqueo esperó dos días en Bragado la contestación del telegrama. A los dos días recién telegrafió el comisario de Chacabuco diciendo que no había haciendas en el partido procedentes del Bragado.

La fumada fue de padre y señor mío, pues la orden que don Narciso había escrito en la comisaría antes de ir a comer con Coliqueo fue que por medio de un chasque dieran aviso a don Federico para que sacara la hacienda ajena y la llevara lejos. Entretuvo a don Antonino para darles tiempo a los que iban a arrear la hacienda y se fueran lejos, cosa de que, cuando Coliqueo y la policía llegaran a la estancia fuera de noche, lo que haría imposible la pesquisa.

Don Narciso prometió a Coliqueo seguir la pesquisa para recuperar sus vacas. Hasta la fecha (en 1907), hace 32 años, está esperando la vuelta de sus cien vacas gordas. Don Narciso y don Federico eran dos picaros que iban a medias en los robos. La mala justicia ha sido y es hoy día, a pesar de nuestros progresos, nuestra pesadilla. La mayoría de los jueces de paz son jugadores.

Si con los cristianos se han cometido injusticias, ¿por qué no con los indios infelices? Y si vos tenés simpatía por los indios es porque yo siempre te he contado la verdad, haciéndote ver qué injustos son los que denigran a estas desgraciadas víctimas de nuestras pillerías. No cometas nunca el pecado de odiarlos que fueron víctimas de nosotros los civilizados porque explotamos su ignorancia. Quizás yo seré el único pobre diablo que he estado entre los indios y que les tengo cariño. Hay muchos otros que han medrado con ellos como yo. Han sido pobres como yo y apenas han juntado algún dinero entre ellos, ya principiaron a menospreciarlos y achacarles cosas impías y hasta a conspirar en contra de sus intereses. La ingratitud es la independencia del corazón. Después de que nos hemos puesto platudos, nos apercibimos recién de que los indios son brutos sucios e ignorantes e infieles que no tienen patria ni religión. ¿Por qué no vimos esto antes de ir a meternos entre ellos? Ellos no nos mandaron a llamar y todos los que hemos ido a vivir entre los indios, no debemos haber sido gran cosa ni como comerciantes ni como hombres. El país es muy extenso y Los Toldos es muy pequeño, en relación al país. Nunca me cansaré de recomendarte a estos pobres que hasta hoy prefieren nuestra casa. Eso prueba que son agradecidos y saben apreciar a los que los aprecian.

Ya he descansado un poco de contarte mis pobrezas. Quiero retomar el hilo de mi narración. Seguiré mi vía crucis. Se me han extraviado muchos borradores y apuntes de mi peregrinación por este mundo. Muchos incidentes se quedaron en el olvido; no me fue posible retenerlos en mi memoria.

Anterior Siguiente